¿Es viable la Europa que conocemos?
SEGÚN LO VEO
Los europeos no tienen derecho a sentirse sorprendidos por la llegada atropellada a las costas del Mediterráneo de centenares de miles de personas que huyen de países devastados por el fanatismo religioso, el atraso económico y la corrupción de elites insaciables. En un discurso que pronunció ante la Asamblea General de la ONU en 1974, el presidente argelino Houari Boumédiène, les advirtió que “un día millones de hombres abandonarán el hemisferio sur para irrumpir en el hemisferio norte. Y no lo harán precisamente como amigos. Porque irrumpirán para conquistarlo. Y lo conquistarán poblándolo con sus hijos. Será el vientre de nuestras mujeres el que nos dé la victoria”.
Aunque el mensaje no pudo haber sido más claro, casi todos los europeos se mofaron de lo que tomaron por una baladronada típica de tercermundistas. ¿Por qué preocuparse? Eran demasiado ricos y poderosos como para temer a una invasión de harapientos analfabetos y, de todos modos, suponían que los hijos de quienes lograran irrumpir adoptarían las costumbres y creencias propias de una civilización superior, transformándose en buenos franceses, británicos, holandeses o alemanes.
¿Superior? Depende de lo que uno quiera decir. Conforme a las pautas habituales que suelen manejar los funcionarios de organismos internacionales, no cabe duda alguna de que Europa, rica, libre, democrática, tecnológicamente avanzada y dueña de fuerzas militares mortíferas, sí es superior al África del Norte famélico y conflictivo que, como estaba de moda en aquel entonces, el adusto mandamás argelino ubicaba en el “hemisferio sur”. Sin embargo, en términos biológicos o, si se prefiere, darwinianos, dista de serlo. Por cierto, no es fantasioso en absoluto creer que un día el “sur” podría absorber al “norte” que, a pesar de las muchas ventajas que ha adquirido a través de los siglos, parece decidido a despoblarse. En tal caso, mostraría ser más “exitoso”.
De tener razón los demógrafos profesionales, ya es demasiado tarde para que los griegos, italianos, españoles, rusos y alemanes, además de japoneses, reviertan las tendencias que los están llevando a la extinción. Puede que en las décadas iniciales del siglo XXII aún haya algunos, pero se trataría de una minoría de ancianos abandonados a merced de los nuevos inquilinos de las tierras que durante milenios habían ocupado sus antepasados. Hasta hace relativamente poco, la espiral de la muerte así supuesta no motivaba preocupación pero, al frenarse las economías de la Eurozona, muchos se enteraron de que los esquemas benefactores creados en circunstancias muy diferentes no podrían mantenerse por mucho tiempo más. Había llegado la hora del repliegue, de reconocer que no sería posible continuar como antes, pero la mayoría se resiste a entenderlo.
Boumédiène y otros, como aquel libio extravagante Muammar Gaddafi que en diversas ocasiones también afirmó que Europa no tardaría en postrarse ante Alá merced al “vientre” de las mujeres musulmanas, no carecerían de aliados. Sin proponérselo, los multiculturalistas que se especializaban en llamar la atención sobre las deficiencias de su propia cultura y los presuntos méritos de todas las demás, feministas resueltos a liberar a sus hermanas de su papel tradicional de esposa y madre y los convencidos de que en el mundo entero se impondrían automáticamente los valores del Occidente laico y racionalista, ayudarían a quienes soñaban con la conquista demográfica del Viejo Continente. También lo harían empresarios que querrían mano de obra barata, progresistas y abogados que se opondrían a cualquier intento de discriminar entre los deseosos de afincarse en Europa por motivos políticos, religiosos o culturales y los que, con resignación, insistirían en que no hay forma de cerrar las fronteras.
Boumédiène, Gaddafi y compañía no fueron los únicos en prever que Europa terminaría incorporándose al “Tercer Mundo” a causa de la adhesión de las clases dominantes a ideales magnánimos. Tampoco fueron los primeros. Ya en 1973 el francés Jean Raspail había escrito una novela profética, “El campamento de los santos”, en la que narraba la odisea de una flota que llevaba un millón de hindúes paupérrimos de Calcuta a la costa mediterránea de Francia donde, no bien desembarcaban, comenzaban a apoderarse de todo cuanto encontraban en su camino bajo la mirada compasiva de eclesiásticos y progresistas laicos que tomaban en serio lo de la fraternidad universal. Durante años el libro de Raspail fue criticado con ferocidad como un brulote ultraderechista, cuando no fascista, pero en la actualidad las escenas que previó están repitiéndose todos los días en la isla italiana de Lampedusa y otros lugares de la costa europea. Desde el más allá, Boumédiène y Gaddafi sonríen.
En las últimas semanas, los políticos y referentes intelectuales europeos se han visto obligados a hacer frente a una serie de dilemas éticos. Aunque muchos, tal vez una mayoría, se aseveran a favor de la inmigración, saben que hay que fijar un límite no sólo porque la población nativa está nerviosa sino también porque entienden que, si vienen demasiados, sus propios países terminarán asemejándose a los lugares de los cuales están huyendo los refugiados. Sin embargo, fijar cualquier límite -diez millones por año, cuarenta millones…- significaría negarse a permitir que entren otros que serían igualmente merecedores de caridad. En cuanto a la idea de salvar vidas impidiendo que las embarcaciones zarpen de la costa norafricana y enviar cañoneras a la zona supondría pisotear los derechos soberanos de Libia y sus vecinos, algo que muchos europeos preferirían no tener que hacer.
Por lo demás, sería a lo sumo un recurso momentáneo. A menos que los europeos consigan corregir el desequilibrio demográfico que, a ojos de quienes hablan de una conquista inicialmente pacífica de sus países, ha hecho del Viejo Continente una presa tan tentadora, no les será dado defenderlo indefinidamente. Pero, claro está, para que nacieran más europeos sería necesaria una revolución social, cultural y económica que, como todas las revoluciones, entrañaría la pérdida de derechos recién consagrados que muchos creen irrenunciables. Aunque en última instancia parecería que el proyecto progresista que comenzó con la Ilustración no es viable porque, al privilegiar la libre voluntad de todos con tal que no perjudiquen directamente a otros individuos, ha desembocado en una caída estrepitosa de la tasa de natalidad, ha resultado ser tan atractivo que, en opinión de los comprometidos con él, sería mejor resignarse al suicidio colectivo que intentar modificarlo para que lo que quede pueda perpetuarse.
JAMES NEILSON
JAMES NEILSON