Eso no se hace
la peña
jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar
Desde una posición de modernidad, Lalo Mir intenta rescatar a diario viejas costumbres que caracterizaron por años a los argentinos. Logra esa fusión imaginaria, siempre en tiempos de radio, que nos permite ir de a ratos hacia atrás y por momentos ver el presente y sus vertiginosos cambios. Pero no es del programa de Lalo Mir –“Lalo por hecho”– que quiero hablar sino de algunas ideas que intento rescatar para este espacio costumbrista. Planteó a sus oyentes contar todo lo que de chicos no los dejaban hacer y recibió decenas de respuestas, muchas de ellas absolutamente insólitas. Muy ingeniosas algunas, otras muy divertidas y, la verdad, me pareció un buen ejercicio de memoria rescatar algunas cosas que nos tenían vedadas de chicos. • El clásico no cruzar la calle sin mirar. Claro que en un pueblo donde los autos pasaban cada una hora sonaba un tanto exagerado. • No jugar con fuego. Hasta que una vez con mis hermanos decidimos jugar, cocinar papas fritas en una especie de carpa que habíamos montado y se prendió fuego todo. El único quemado del caso fui yo. • No llevar a nadie en el caño de la bicicleta de hombre porque podía poner el pie entre los rayos. A pesar de la recomendación lo hicimos y varias veces terminamos en el suelo. • No tirarle naranjas verdes, de las que se ponen para sombra en las veredas, al cura de la iglesia del frente de casa. • A uno de mis amigos le tenían prohibido prestar los juguetes, pero sí le permitían jugar con los juguetes de otro. • Una oyente dijo que no la dejaban peinarse con raya al medio porque las nenas usaban flequillo. • No salir de la escuela e ir a una confitería donde había mesas de pool. • No hacerse la rata o chupina, como le dicen en Córdoba, o la yuta, como la llaman en el norte del país. • No tirarles piedras a las palomas, sobre todo cuando se posaban en el reloj de la iglesia. • No usar pantalones largos hasta que llegamos a los 13 años. • No sacarle la Gillette a la afeitadora de nuestro padre para sacarle punta al lápiz y volver a ponerla en la afeitadora. • No comer la comida del comedor escolar porque eso era para los que no tenían. Lo triste era que el aroma a guiso era irresistible. • No tomar soda, era para los más grandes. • No comer la porción más grande, era de mala educación. • No leer Pepe Sánchez en la revista “Intervalo” porque hablaba todo en doble sentido. • No quedarse hasta tarde viendo tele. • No poner los sándwiches de dulce de batata y queso en el bolsillo porque se aplastaban. Igual lo hacíamos. • No comer mandarinas sin permiso y llenar la cáscara con papel de diario para que no se den cuenta. • No hablar en una cena si eran todos mayores. Los chicos se callan, decían. • No tomar mucha gaseosa en los cumpleaños ni parecer desesperados por la comida. • No comer mielcitas porque aseguraban que eran pura química. • No mojar el pan en la leche porque era una “chanchada”. • No comerse el pan en el camino cuando nos mandaban a la panadería. • No llevar revistas ni libros al baño. • No invitar a comer a amigos sin avisar en casa. • No inventar cumpleaños varias veces al año para recibir más regalos, como hacía una de mis hermanas. Visto así parecía una lista interminable, pero no resultaba tan traumático, sobre todo sabiendo que tenía cierta flexibilidad.