Espacio vacío
A casi seis meses de las elecciones presidenciales previstas para el 23 de octubre, el panorama político nacional se ha simplificado de manera notable. Ricardo Alfonsín ha logrado triunfar, con facilidad sorprendente, en la interna radical, eliminando a Julio Cobos y Ernesto Sanz, mientras que todo hace pensar que Mauricio Macri ha optado por intentar seguir gobernando la Capital Federal, aunque entenderá que su decisión de bajarse de la carrera presidencial será tomada por un síntoma de debilidad que sus adversarios no vacilarán en aprovechar. Todavía quedan en pie las candidaturas de Elisa Carrió, Eduardo Duhalde, Alberto Rodríguez Saá y Felipe Solá, pero pocos apostarían mucho a los tres peronistas disidentes, mientras que las posibilidades de la fundadora de la Coalición Cívica distan ser brillantes. Así, pues, siempre y cuando no se produzcan novedades significantes en las semanas próximas, parecería que en octubre los votantes tendrán que elegir entre la presidenta Cristina Fernández de Kirchner –la que todavía no ha formalizado su propia candidatura– y los representantes de distintas variantes del progresismo. Puesto que Cristina insiste en afirmarse más progresista que cualquiera, en tal caso el resultado no dependerá de las pretensiones ideológicas de los candidatos principales, sino de sus respectivas imágenes y del grado de confianza que logren motivar. Por ahora cuando menos, pues, lo más probable es que Cristina gane con cierta comodidad a pesar de los errores gruesos cometidos a diario por el gobierno que encabeza. Macri nunca ha sido considerado un peso pesado político, pero por lo menos representa una alternativa al predominio de los comprometidos de uno u otro modo con el statu quo corporativista y populista que se vio consolidado a mediados del siglo pasado y que, si bien las consecuencias del orden resultante han sido desastrosas para el país, ha sobrevivido a todos los intentos de desbaratarlo. No obstante sus limitaciones evidentes, Macri parece ser consciente de la necesidad urgente de estimular las actividades del sector privado para que el país pueda desarrollarse a base de algo más que las exportaciones de commodities de origen agrario. Por lo tanto, de estar el ingeniero porteño entre los presuntamente presidenciables, la campaña electoral hubiera girado en torno a un debate serio entre los candidatos de opiniones que podrían calificarse de levemente izquierdistas por un lado y, por el otro, los partidarios de la centroderecha, como sucede en todos los demás países democráticos. En la Argentina, empero, nadie parece dispuesto a ocupar dicho espacio. Antes de la llegada al poder de los Kirchner, el ex radical Ricardo López Murphy pareció destinado a hacerlo, pero todos sus intentos en tal sentido fracasaron. También se vieron defraudadas las esperanzas que muchos habían depositado en el santafesino Carlos Reutemann. Aunque el país cuenta con media docena de políticos respetados de posturas que en otras latitudes serían consideradas típicas de conservadores moderados, su negativa a reunir fuerzas, atribuible al estado caótico de los “movimientos” principales, lo ha privado de una agrupación que, a juzgar por la experiencia ajena, debería estar en condiciones de tomar periódicamente el relevo de quienes suelen ubicarse hacia la izquierda del mapa político. Dadas las circunstancias, el próximo gobierno tendrá que ser más conservador que el actual, ya que se verá constreñido a poner fin al aumento constante del gasto público, frenar la inflación antes de que alcance un ritmo totalmente inmanejable y tomar medidas acaso duras en defensa de la seguridad ciudadana. Aunque de vez en cuando pueden detectarse indicios de que Cristina podría estar preparándose para desempeñar el papel así supuesto, parecería que no le gusta la idea de resistirse a las presiones de los deseosos de “profundizar el modelo” atacando al sector privado y adoptando actitudes cada vez más autoritarias hacia quienes se oponen al rumbo que ha emprendido su gobierno. De existir alternativas convincentes al kirchnerismo, el triunfalismo a menudo prepotente así manifestado le costaría muchos votos, pero en el clima de resignación que se ha difundido últimamente, de ahí los pasos al costado de un precandidato presidencial tras otro, no le perjudicará demasiado.