Espejismo europeo

Por Redacción

Puesto que sólo los más románticos podrían tomar al Brasil por una alternativa válida a Estados Unidos, muchos que por motivos comprensibles quisieran que el país se liberara del abrazo «carnal» de la superpotencia creen que deberíamos intentar acercarnos más a la Unión Europea, bloque que en teoría por lo menos estará en condiciones de disputarle el liderazgo internacional. Sin embargo, aunque en el corto plazo podría convenirnos aprovechar la rivalidad política y económica entre Estados Unidos y Europa, como modelo esta última deja mucho que desear. Mal que les pese a los convencidos de que lo que califican de «neoliberalismo» está en retirada en todas partes, en Europa la doctrina así estigmatizada acaba de anotarse otro triunfo al aceptar el Partido Socialdemócrata alemán la necesidad de recortar los muchos beneficios sociales propios del Estado de bienestar existente. Huelga decir que los ajustes propuestos por el canciller Gerhard Schröder serán resistidos por el ala izquierda del partido y por los sindicatos, pero tarde o temprano se concretarán. Asimismo, es igualmente previsible que resulten vanos los esfuerzos vigorosos de los estatales franceses por frustrar las reformas previsionales nada ambiciosas exigidas por el gobierno del presidente Jacques Chirac y que en el futuro los cambios sean muchísimo más traumáticos. Aunque la mayoría abrumadora de los alemanes y franceses, para no hablar de los italianos, está en favor de conservar el sistema que durante décadas la ha protegido contra «el mercado», ya no cabe duda de que éste terminará imponiéndose, realidad que debería servir de advertencia para los dirigentes de países como el nuestro.

La razón más evidente de la debacle por venir del Estado de bienestar europeo que hasta hace relativamente poco pareció invulnerable es demográfica. Como el Japón, Europa está envejeciéndose con tanta rapidez, que la clase «activa» pronto no estará en condiciones de mantener la «pasiva»: en la actualidad, en Francia y Alemania hay casi tres trabajadores por cada jubilado, pero dentro de diez años sólo habrá dos. Aún más desesperante es la situación en España e Italia: antes del 2050 habrá más jubilados que empleados. Otro factor tiene que ver con la movilidad de los mejor preparados y más talentosos: la libertad de movimiento en Europa, más la transformación del inglés en el idioma internacional por antonomasia, ha supuesto que una proporción creciente de los integrantes de este sector propende a trasladarse ya al Reino Unido, ya a Estados Unidos. Puede entenderse, pues, el pesimismo que sienten muchos europeos continentales. Según un informe difundido por el Instituto Francés de Relaciones Internacionales, incluso con el aporte de los países ex comunistas de Europa central y oriental, la Unión Europea pesará cada vez menos en la balanza económica mundial, cayendo del 22% actual al 12% o menos en menos de medio siglo. Así, pues, existen motivos bien concretos para prever que la brecha que ya separa a Estados Unidos y su rival transatlántico seguirá ampliándose.

Se equivocan los que suponen que, por ser tan difíciles y tan angustiantes los problemas inmediatos que tenemos que afrontar, no deberíamos dejarnos preocupar por asuntos geopolíticos de este tipo. La «crisis» en la que el país está atrapado desde hace más de cincuenta años se debió en gran medida a que la clase dirigente de mediados del siglo XX no supo y no quiso prever cómo sería la evolución socioeconómica de las partes más dinámicas del mundo, razón por la que apostó a «modelos» corporativos ya anticuados, con resultados calamitosos. Sería trágico que los sucesores de quienes nos condenaron al atraso optaran por intentar reeditar aquí esquemas sin duda muy atractivos que ya parecen haber cumplido su ciclo en sus países de origen. Si bien es claramente necesario hacer lo posible por asegurar que todos tengan la posibilidad de disfrutar de los beneficios propios de cualquier sociedad civilizada moderna, también lo es pensar nuevamente en la mejor forma de garantizarlos, ahorrándonos así las muchas frustraciones que nos significaría adoptar una vez más esquemas europeos en el momento en el que los europeos mismos están por consignarlos a la historia.


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