Espiral
Hace algo más de un año, compartía con usted mi cambio de casa. Un año es tiempo suficiente para saber en qué consiste la diferencia entre aquella casa y ésta. Rejas. Esa es la diferencia. Mucha reja. A tono con los tiempos, dirá usted. Y, sí. En realidad, cuando miro cada edificio enorme, o cada casita de barrio, me admiro -me aterro- del común denominador: rejas. Asegurando jardincitos, ventanas, puertas, cualquier espacio por el que pueda filtrarse la temida amenaza. Sin embargo, cuando elegí esta casa no fue por la cantidad de rejas. Fue porque era más chica, estaba bien ubicada, seguía en mi barrio, cerca de la casa de mi hermana Margarita, y sí, quizás hubo como un telón de fondo: la expresión, reiterada por la antigua dueña y por el chico de la inmobiliaria: “es segura”. Usted se va y sabe que no pueden entrar por ningún lado. Usted está y sabe que no pueden entrar por ningún lado. Bien. ¿Y entonces? Entonces, que es cierto, la vida es una espiral, no sé si ascendente o descendente, supongamos que es una mezcla de espiral y cinta de Moebius, esa forma sin principio ni fin y a la vez, siempre distinta y siempre la misma. Tan confusos pensamientos vienen a cuento porque como suele hacer, el pasado -mi pasado- viene a visitarme sin previo aviso, se acomoda, enciende un cigarrillo, y me dice ¿qué hay, Beba? Otra vez juntos. Juntas. Como usted sabe, o espero que sepa, se está sustanciando el juicio al grupo comando que fusiló a un grupo de guerrilleros y guerrilleras en la base Almirante Zar, en Trelew, el 22 de agosto de 1972. Así que, apenas repuesta de la vuelta a Bahía Blanca, la declaración de la muerte de Daniel Bombara en la tortura -fui la única testigo y participante activa, diríamos, sobreviviente-, apenas repuesta, le decía, volvió Trelew. Para mucha gente, es parte de la justicia, la que tenía que llegar, como está llegando a tantos, a este grupo comando y a mis compañeras y compañeros muertos. Para mí, es mucho más. Personas queridas, jóvenes eternamente, con las que compartí casi un año de días de viento y mate, de charlas y vigilancias -porque estábamos en la paciente tarea de organizar la fuga-, de guitarreadas -porque había una guitarra, y la enarbolaba Mariano Pujadas, y yo siempre le pedía “cantá Balderrama”-. Y las carcajadas desafiantes de Susana Lesgard. Y la lógica argumental implacable de María Antonia Berger. Gestos, miradas, nombres, muchos nombres. Así que mientras el pasado me mira y me pasa la factura (y me la pasa en los huesos, y es una factura muy alta), vuelvo al asunto de las rejas. De pronto me di cuenta de que estoy viviendo en una casa como en la cárcel: rejas en las ventanas, puertas seguras, patio interior enrejado en el techo ¡qué loco! La diferencia es que, esta vez, yo tengo la llave. No es poco. ¿O es poco? Nadie lo vive así, claro. Por el contrario, destacan que tengo que estar tranquila, mirá lo que pasa, no sabés cuándo te va a tocar, vos cerrás la puerta, te vas y listo, así es el asunto ahora, Beba, esas cosas. Y me cuentan lo que hicieron en sus domicilios, y lo que les pasó, y lo que le pasó a esa familia… Y yo me siento subiendo y bajando en la espiral, donde el pasado me alcanza, aunque es pasado, y yo lo sé, ¡no hay comparación posible!, yo lo sé… dígaselo a él, al pasado-presente, que acomoda las piernas arriba de la silla, enciende otro pucho, y se ríe.
MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com
en clave de y
Hace algo más de un año, compartía con usted mi cambio de casa. Un año es tiempo suficiente para saber en qué consiste la diferencia entre aquella casa y ésta. Rejas. Esa es la diferencia. Mucha reja. A tono con los tiempos, dirá usted. Y, sí. En realidad, cuando miro cada edificio enorme, o cada casita de barrio, me admiro -me aterro- del común denominador: rejas. Asegurando jardincitos, ventanas, puertas, cualquier espacio por el que pueda filtrarse la temida amenaza. Sin embargo, cuando elegí esta casa no fue por la cantidad de rejas. Fue porque era más chica, estaba bien ubicada, seguía en mi barrio, cerca de la casa de mi hermana Margarita, y sí, quizás hubo como un telón de fondo: la expresión, reiterada por la antigua dueña y por el chico de la inmobiliaria: “es segura”. Usted se va y sabe que no pueden entrar por ningún lado. Usted está y sabe que no pueden entrar por ningún lado. Bien. ¿Y entonces? Entonces, que es cierto, la vida es una espiral, no sé si ascendente o descendente, supongamos que es una mezcla de espiral y cinta de Moebius, esa forma sin principio ni fin y a la vez, siempre distinta y siempre la misma. Tan confusos pensamientos vienen a cuento porque como suele hacer, el pasado -mi pasado- viene a visitarme sin previo aviso, se acomoda, enciende un cigarrillo, y me dice ¿qué hay, Beba? Otra vez juntos. Juntas. Como usted sabe, o espero que sepa, se está sustanciando el juicio al grupo comando que fusiló a un grupo de guerrilleros y guerrilleras en la base Almirante Zar, en Trelew, el 22 de agosto de 1972. Así que, apenas repuesta de la vuelta a Bahía Blanca, la declaración de la muerte de Daniel Bombara en la tortura -fui la única testigo y participante activa, diríamos, sobreviviente-, apenas repuesta, le decía, volvió Trelew. Para mucha gente, es parte de la justicia, la que tenía que llegar, como está llegando a tantos, a este grupo comando y a mis compañeras y compañeros muertos. Para mí, es mucho más. Personas queridas, jóvenes eternamente, con las que compartí casi un año de días de viento y mate, de charlas y vigilancias -porque estábamos en la paciente tarea de organizar la fuga-, de guitarreadas -porque había una guitarra, y la enarbolaba Mariano Pujadas, y yo siempre le pedía “cantá Balderrama”-. Y las carcajadas desafiantes de Susana Lesgard. Y la lógica argumental implacable de María Antonia Berger. Gestos, miradas, nombres, muchos nombres. Así que mientras el pasado me mira y me pasa la factura (y me la pasa en los huesos, y es una factura muy alta), vuelvo al asunto de las rejas. De pronto me di cuenta de que estoy viviendo en una casa como en la cárcel: rejas en las ventanas, puertas seguras, patio interior enrejado en el techo ¡qué loco! La diferencia es que, esta vez, yo tengo la llave. No es poco. ¿O es poco? Nadie lo vive así, claro. Por el contrario, destacan que tengo que estar tranquila, mirá lo que pasa, no sabés cuándo te va a tocar, vos cerrás la puerta, te vas y listo, así es el asunto ahora, Beba, esas cosas. Y me cuentan lo que hicieron en sus domicilios, y lo que les pasó, y lo que le pasó a esa familia… Y yo me siento subiendo y bajando en la espiral, donde el pasado me alcanza, aunque es pasado, y yo lo sé, ¡no hay comparación posible!, yo lo sé… dígaselo a él, al pasado-presente, que acomoda las piernas arriba de la silla, enciende otro pucho, y se ríe.
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