El saber que no se sabe: qué hay detrás de los presentimientos

Un reencuentro inesperado y una corazonada materna abren la puerta a una pregunta recurrente: ¿qué ocurre en nuestro cerebro cuando sentimos que sabemos algo antes de poder explicarlo? Entre la neurociencia, la interocepción y el misterio de las decisiones que nacen del cuerpo.

Redacción

Por Redacción

Por Rossana Martínez (@rym.management)



Hace tiempo hice de los domingos mi día especial, ese que dedico a la familia. Pero aquel domingo fue distinto.

Tengo la sensación de que algo va a pasar -dijo mamá, mientras estábamos en la cocina, tomando nuestra eterna infusión de manzanilla después de su pasta infaltable.
Yo seguí hablando de otras cosas. Hasta que volvió a insistir:

Es que siento que algo va a suceder. Y entonces me recordó aquel relato de Gabriel García Márquez, algo muy grave va a suceder en este pueblo.

Te entiendo, má. A veces aparecen esas sensaciones -le dije-. Por las dudas, no vaya a ser cosa que suceda como en el cuento.
A la tardecita llegó, de sorpresa, su hermana desde el exterior. Hacía quince años que no se veían. La casa se transformó en una algarabía de lágrimas, abrazos y esa alegría que parece querer recuperar de golpe todo el tiempo perdido.

Volví a casa y, rompiendo mi rutina de domingo, abrí la computadora y comencé a investigar: ¿qué sabe hoy la neurociencia sobre la intuición?

Alguna vez nos pasó. Un escalofrío recorre la piel. Algo en el cuerpo parece advertirnos antes de que podamos explicar qué sucede. Los franceses llaman a ese estremecimiento frisson. Nosotros, presentimiento.

Alertas: Cuando la piel se eriza o el pulso se acelera antes de que la razón pueda explicar qué sucede.


¿Qué ocurre en nuestro cerebro cuando sentimos que sabemos algo antes de poder explicar por qué?

Albert Einstein decía: “A veces siento que estoy en lo cierto. No sé qué lo estoy”.
Décadas después, Daniel Kahneman y Gary Klein estudiaron algo fascinante: la intuición no siempre aparece de la nada. El cerebro guarda experiencias, aprende de lo vivido y utiliza esa información frente a situaciones nuevas. Lo presente puede combinarse con lo aprendido y la respuesta aparecer antes de que podamos explicar cómo llegamos a ella. Cuanta más experiencia y comprobación, más información tiene el cerebro para orientarnos.

Es como cuando vamos al médico: nos observa, nos escucha y pide estudios para confirmar o descartar aquello que sospecha. La intuición también se nutre de información que el cerebro fue guardando para utilizarla después.

Los trabajos de la neurocientífica Nazareth Castellanos ayudan a comprender otro aspecto: el cerebro no trabaja aislado del cuerpo. Algunas “corazonadas” pueden pensarse a la luz de la interocepción, ese diálogo por el cual el cerebro recibe e interpreta información del propio organismo.

Entonces apareció otra pregunta: ¿debemos hacerle caso a nuestra intuición? ¿Hasta dónde confi ar en lo que nos dice el cuerpo: el estómago, la piel, un escalofrío?

En 2010, un estudio hizo jugar a un grupo de personas con cartas sin explicarles la mejor manera de ganar. Mientras jugaban, los investigadores medían sus latidos y la transpiración de sus dedos. ¿Qué descubrieron? Que el cuerpo parecía adelantarse: reaccionaba frente a algunas elecciones antes de que la persona pudiera explicar conscientemente por qué elegía o evitaba una carta.

Registrar mejor lo que ocurre en nuestro cuerpo puede ayudarnos a tomar decisiones intuitivas, pero el cuerpo no es un oráculo infalible.

Y no pude certifi car desde la ciencia lo que sintió mamá aquel mediodía. Sí hubo algo que me quedó más claro: el
cerebro guarda información para cuando la necesita y, a veces, parece indicarnos por dónde ir antes de que nosotros mismos sepamos por qué. Otras veces, como con aquella corazonada de mamá, todavía nos encontramos frente a ese extraño fenómeno de sentir certeza sin poder explicarla.

Eso que sabemos sin saber. Tal vez algún día sepamos también por qué. Por lo pronto, a otra cosa, mariposa.


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Por Rossana Martínez (@rym.management)

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