Europa entre el pasado y el futuro

Por Redacción

JAMES NEILSON

Las noticias que nos llegan desde el sur de Europa son desoladoras. En Grecia, Italia, España y Portugal se cuentan por millones las familias que, luego de haber disfrutado de ingresos adecuados, ya han caído en lo que, conforme a las pautas locales, es la extrema pobreza. Pocas saldrán de ella: aun cuando andando el tiempo las economías de los países del mezzogiorno europeo lograran reanudar el crecimiento, las perspectivas frente a los rezagados continuarían siendo sombrías. ¿A qué se debe esta realidad tan ingrata? Atribuirla a “la austeridad”, a los “ajustes” cada vez más severos que están en marcha, no sirve para mucho; de agotarse el dinero, hasta el gobierno más solidario se verá obligado a reducir el gasto público. La situación sería distinta si los griegos, italianos, españoles y portugueses pudieran imprimir su propio dinero, lo que, si bien no mejoraría el desempeño relativo de la economía de sus países, por lo menos atenuaría el impacto inmediato de su incapacidad para seguir el ritmo marcado por sus socios del norte, pero, claro está, no podrían hacerlo sin abandonar antes el euro. Se trata de una alternativa que, a juicio de la mayoría de los europeos del sur, tendría consecuencias tan terribles que sería mejor no plantearla, pero, como nos recordó el destino de la convertibilidad, se necesita algo más que el apoyo popular para mantener funcionando un esquema que ha dejado de ser viable. A diferencia de lo que sucedió con la convertibilidad, un expediente que se adoptó con el propósito de poner fin a décadas de inflación, con frecuentes picos hiperinflacionarios, que habían depauperado un país que se suponía debería estar entre los más prósperos del planeta, la lógica detrás del euro es esencialmente política. Según sus artífices, la moneda común haría de la Unión Europea un conjunto más coherente que, merced al “poder blando” basado en la superioridad intrínseca de sus instituciones, sus leyes y su compromiso con la paz, se erigiría en un rival digno de Estados Unidos. Se trataba, pues, de un proyecto político voluntarista, uno que, como tantos otros, terminaría provocando más problemas que beneficios. Antes de la introducción del euro, muchos escépticos advirtieron que a la larga no podría funcionar porque los distintos países europeos no compartían la misma cultura legal, social y económica. Puesto que los griegos y españoles no eran alemanes u holandeses, tarde o temprano se producirían tensiones debido a la mayor productividad de los norteños. Asimismo, mientras que en Estados Unidos casi todos hablan el mismo idioma y hasta los jornaleros están acostumbrados a trasladarse desde regiones deprimidas a otras más pujantes, en Europa escasean los dispuestos a dejar atrás el terruño para probar suerte en países extranjeros. Además, los que sí estarían dispuestos a arriesgarse suelen ser profesionales bien calificados o jóvenes de espíritu emprendedor, personas de la clase que ninguna sociedad puede darse el lujo de perder. Para los emotivamente comprometidos con el euro, la moneda común significaría la consolidación de un proyecto que impediría que el Viejo Continente experimentara nuevamente los horrores del pasado reciente. Algunos insisten en que, de fragmentarse la Eurozona, pronto estallarían guerras fratricidas con decenas de millones de víctimas mortales. Sin embargo, los riesgos que enfrentan los europeos hoy en día tienen muy poco que ver con los de la primera mitad del siglo pasado, cuando Alemania aspiraba a erigirse en una superpotencia mundial conquistando a sus vecinos. En la actualidad los desafíos son otros; son los planteados por el envejecimiento rápido de poblaciones enteras; la caída, sin precedentes en tiempos de paz, de la tasa de natalidad; lo difícil que está resultando absorber a grandes comunidades de inmigrantes procedentes del norte de África y el Oriente Medio que, en términos generales, no manifiestan deseo alguno de integrarse; la dependencia militar de Estados Unidos y la falta de confianza de las elites en los méritos de las tradiciones culturales propias. Así las cosas, es escapista limitarse a impulsar la unidad europea como si fuera cuestión de una prioridad absoluta, de un objetivo que, de alcanzarse, aseguraría a todos los habitantes del continente un futuro libre de sobresaltos. Los comprometidos con el euro no son los únicos que están preocupados por lo que está ocurriendo. Aun más angustiados, si cabe, están los muchos que se sienten perjudicados por lo que toman por un experimento de ingeniería social emprendido por quienes suponían que la mejor forma de superar el creciente déficit demográfico consistiría en importar a decenas de millones de personas oriundas de países del Tercer Mundo. Para desacreditar a quienes protestan contra la inmigración masiva y temen que podría dar lugar a conflictos comunales parecidos a los que están provocando tantos estragos en otras partes del mundo, los progresistas actualmente dominantes los califican de “ultraderechistas”; algunos lo son, pero muchos sólo quisieran defender su propio estilo de vida que se ve amenazado por la transformación de sus barrios en zonas en que ni siquiera los policías, bomberos o médicos se animan a entrar. A su modo, son nacionalistas decididos a defender lo que creen es lo suyo contra el “multiculturalismo”, pero dadas las circunstancias su actitud es comprensible; en la Argentina y otros países latinoamericanos sería considerada perfectamente normal. ¿Podrá recuperarse Europa de los males que la están debilitando o es que, como muchos dan por descontado, ya ha llegado a su fin medio milenio de protagonismo? Es poco probable. Son tan grandes los desafíos demográficos, sociales y económicos que enfrenta que lo más razonable sería coincidir con los pesimistas que prevén que en las décadas próximas la Unión Europea desempeñe un papel marginal en un mundo regido por China y Estados Unidos, siempre y cuando la superpotencia reinante no se hunda también. Con todo, nada está escrito. Es concebible que los europeos logren reaccionar a tiempo, aunque para hacerlo tendrían que preocuparse menos por el riesgo hipotético de reeditar los desastres del pasado y más, mucho más, por los que podrían producirse en los años próximos.

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