Expectativas y locuras

Jill Lepore es profesora de Historia Americana en la universidad de Harvard y escritora prestigiosa. Su último libro explica con el subtítulo que se trata de “Una historia de la vida y de la muerte” y en el capítulo final de los ocho sobre diversas manías sociales que viven en su país redondea datos acerca de un personaje célebre y un asunto escatológico que la habían ocupado un par de veces en sus notas para “The New Yorker”. El tema es la llamada “cryonic immortality”, inmortalidad criónica, que el diccionario Cambridge define como “el proceso de mantener un cuerpo humano muerto congelándolo hasta que la ciencia haya avanzado a tal grado como para ser capaz de llevar esa persona de vuelta a la vida”. (Recuerda aquello de que Walt Disney procuró sobrevivir a través de un procedimiento de ese tipo, una leyenda que es falsa, invento de uno de sus biógrafos). El personaje es Robert C. V. Ettinger, el fundador del movimiento para la difusión de un anhelo que es distintivamente moderno y propio de un mundo capitalista: la obsesión con preservar la vida personal a cualquier costo. Todo comenzó periodísticamente para la autora en el 2009, cuando visitó al personaje en sus instalaciones de Michigan donde los cuerpos congelados de su madre, sus dos esposas y otros noventa y dos “pacientes” esperaban la resurrección cabeza abajo en grandes freezers llenos con nitrógeno líquido. El Cryonics Institute (existe un competidor, la Alcor Life Extension Foundation) ocupa una extensión en el parque industrial de Clinton Township y su gerente es uno de los más de ochocientos miembros que esperan ser congelados cuando mueran. En el área de los freezers la cronista pudo ver catorce cilindros con capacidad para seis pacientes cada uno, todos ocupados excepto cuatro. Relatará luego que Ettinger, quien había comenzado sus operaciones a fines de los 1970 y ya contaba con 90 años, tenía dispuesto igual destino para él. Cuando muriese, la sangre sería drenada de su cuerpo, inyectado un anticoagulante en las arterias y perforada su calavera, luego de lo cual sería colocado en un recinto hermético de nitrógeno líquido a menos trescientos veinte grados Fahrenheit. Esperaba ser descongelado un día entre cincuenta y doscientos años desde ahora por científicos dueños de una tecnología evolucionada y omnipotente. Dos años después, en ocasión de la muerte del fundador del movimiento, ocurrida en su hogar de Michigan a mediados del 2011, la periodista completó con la nota “Obituary for an Immortal” los antecedentes personales del fundador del movimiento. Escribió que Ettinger, nacido en 1918, le había referido que en 1944, siendo subteniente en el ejército durante la guerra, había estado a un tris de la muerte cuando fue alcanzado por un proyectil de mortero que le afectó ambas piernas. Había pasado cuatro años en un hospital militar, sufriendo una cirugía tras otra y pensando sobre la vida y la muerte. En su cama del hospital comenzó a escribir ficciones y uno de sus cuentos fue publicado en una revista de ciencia ficción en 1948. Contaba la historia de un tal H. D. Haworth, un viejo de 92 años cuyos médicos lo habían mantenido vivo con una operación tras otra. Cuando murió, un científico lo puso en un freezer. Tres siglos después, Haworth se despertó a un mundo perturbado y terrible. En 1964, Ettinger publicó “The Prospect of Immortality”, un libro que tuvo gran difusión, y en los 70 empezó a congelar seres muertos. Quería salvar vidas. En el Cryonics Institute congeló en 1977 a su madre y tiempo después a sus dos esposas, una en 1987 y la otra en el 2000; quería encontrarse con ellas otra vez. Dice la periodista que una vez le preguntó sobre él mismo. ¿Alguna vez se había preocupado de que quizá, como Haworth, su personaje de ciencia ficción pudiera despertar en un mundo tan sombrío como éste? “No –le respondió–, eso es sólo para la gente mala. El futuro para la gente buena es mejor”. Fue congelado como lo quería y a la misma edad que su personaje de ficción. En el libro ahora publicado, en cuyo último capítulo recapitula sus notas periodísticas sobre el asunto, Jill Lepore comenta la impotencia de Ettinger para explicar claramente lo que esperaba de su vida post mórtem. Enfrentado con la pregunta de si realmente él quería ser revivido en compañía de los viejos enfermos que había congelado –junto con una docena de mascotas–, recaía en las fantasías de la religión tradicional. No serían esos cuerpos los que experimentarían la resurrección sino cuerpos transformados por la ciencia del futuro en organismos “jóvenes, fuertes e incansables”. Quizá a este iluso de la inmortalidad le hubiera aprovechado leer lo que hace casi tres siglos publicó Jonathan Swift en el capítulo sobre Luggnagg de “Los viajes de Gulliver”, donde describe la existencia de los asquerosos y desgraciados “estrudbruges”, que sufrían infinitas calamidades por no morir nunca. O, más modernamente, lo que sugirió Jorge Luis Borges en “El inmortal” con la existencia de una miserable estirpe de trogloditas que devoraban serpientes, no hablaban, no morían y no inspiraban temor sino repulsión. Tal vez esas lecturas le habrían enfriado su entusiasmo por la resurrección de muertos. (*) Doctor en Filosofía

Héctor Ciapuscio (*)


Formá parte de nuestra comunidad de lectores

Más de un siglo comprometidos con nuestra comunidad. Elegí la mejor información, análisis y entretenimiento, desde la Patagonia para todo el país.

Quiero mi suscripción

Comentarios