Explicaciones inútiles
Para los interesados en preguntarse por la razón del desplome espectacular de la economía argentina, hay un respuesta muy sencilla: todo es culpa de la crasa irresponsabilidad de la clase política local que por lo tanto ha sido blanco de una serie al parecer interminable de reproches. Asimismo, la causa fundamental de las convulsiones financieras que están agitando al Brasil es, se dice, igualmente evidente: todo se debe a la proximidad a la presidencia de Luiz Inácio da Silva, mejor conocido como «Lula». Dicho de otro modo, si tomáramos al pie de la letra lo que dicen muchos economistas, consultores, políticos y funcionarios del Primer Mundo, de no haber sido por la conducta de un puñado de personajes, tanto nuestro país como su gran vecino estarían disfrutando de un período de prosperidad sin nubes en el horizonte. Dicha tesis tendrá su atractivo para los deseosos de asegurarse de que sus propios países no podrían precipitarse en una situación comparable, pero convendría que quienes están a cargo de organismos como el Fondo Monetario Internacional consideraran la posibilidad de que el asunto sea un poco más complicado de lo que a juzgar por sus declaraciones públicas parecen creer. Al fin y al cabo, antes de que el FMI decidiera, por razones comprensibles, que no tenía por qué seguir enviando más dinero a la Argentina, sus representantes habían elogiado a los responsables de manejar la economía, felicitándose por sus aciertos con palabras muy parecidas a las utilizadas hoy en día para aludir al presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso y sus colaboradores.
De todos modos, mal que bien, ni nuestra clase política, cuyas deficiencias son patentes, ni Lula, político que últimamente se ha comportado como un dechado de moderación y que lidera un partido que parece más pragmático que ideológico, son ajenos a las sociedades de las que surgieron. Por el contrario, son productos de una cultura política que está profundamente arraigada en toda la región. Puesto que los frutos de dicha cultura política han sido tan pobres, es de esperar que se modifique mucho en los próximos años, pero no es muy probable que los cambios sean positivos si los países principales de la región se vean virtualmente expulsados del sistema financiero mundial por no estar en condiciones de pagar a tiempo las deudas externas enormes que se las han arreglado para acumular. Aquí en América Latina hemos aprendido que la «globalización» plantea una multitud de retos que son sumamente exigentes, pero en los países ricos de América del Norte, Europa occidental y Asia oriental, pocos parecen haber entendido que ellos también tendrán que reconocer que las estrategias que funcionaban adecuadamente en otras épocas se han desactualizado. Por cierto, los paquetes de ayuda que suele ofrecer el FMI a fin de frenar la corrida financiera de turno están resultando ser absurdamente pequeños: ya es habitual que los «mercados» los devoren en un par de semanas, de suerte que es claramente preciso crear otros mecanismos porque de lo contrario muchos otros países se hundirán. En cuanto al proteccionismo de Estados Unidos, la Unión Europea y el Japón, las ventajas políticas locales que suponen serán minúsculas en comparación con los costos a largo plazo no sólo para los países atrasados sino también para los más avanzados.
Es fácil justificar la convicción de que los políticos latinoamericanos son con escasas excepciones malos: pocos días transcurren sin que se dé un nuevo motivo para dudar de su idoneidad. Sin embargo, no existen muchas razones para creer que sus homólogos del «Primer Mundo» sean tan radicalmente distintos como suele imaginarse. En Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia y el Japón abundan los ejemplos de corrupción, de clientelismo, de miopía, de demagogia y de entusiasmo por teorías políticas raras. Además, la evolución reciente de los mercados bursátiles primermundistas, sobre todo aquellos de Alemania y el Japón -dos países que hasta hace poco eran célebres por la sensatez y eficiencia de sus gobernantes-, hace pensar que un mal presuntamente limitado a la Argentina podría declararse muy pronto en los sitios más inesperados, fenómeno que de concretarse nadie en sus cabales atribuiría al «contagio».
Para los interesados en preguntarse por la razón del desplome espectacular de la economía argentina, hay un respuesta muy sencilla: todo es culpa de la crasa irresponsabilidad de la clase política local que por lo tanto ha sido blanco de una serie al parecer interminable de reproches. Asimismo, la causa fundamental de las convulsiones financieras que están agitando al Brasil es, se dice, igualmente evidente: todo se debe a la proximidad a la presidencia de Luiz Inácio da Silva, mejor conocido como "Lula". Dicho de otro modo, si tomáramos al pie de la letra lo que dicen muchos economistas, consultores, políticos y funcionarios del Primer Mundo, de no haber sido por la conducta de un puñado de personajes, tanto nuestro país como su gran vecino estarían disfrutando de un período de prosperidad sin nubes en el horizonte. Dicha tesis tendrá su atractivo para los deseosos de asegurarse de que sus propios países no podrían precipitarse en una situación comparable, pero convendría que quienes están a cargo de organismos como el Fondo Monetario Internacional consideraran la posibilidad de que el asunto sea un poco más complicado de lo que a juzgar por sus declaraciones públicas parecen creer. Al fin y al cabo, antes de que el FMI decidiera, por razones comprensibles, que no tenía por qué seguir enviando más dinero a la Argentina, sus representantes habían elogiado a los responsables de manejar la economía, felicitándose por sus aciertos con palabras muy parecidas a las utilizadas hoy en día para aludir al presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso y sus colaboradores.
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