“Exponemos y cuidamos la obra de Hitler”
Graciela Nabel de Jinich sostiene que la misión de la cual está a cargo no es otra que sumar en función de enseñar la significación atroz del Holocausto y hacerlo distante del odio, “simplemente con la verdad”.
entrevista a la directora del Museo del Holocausto
Carlos torrengo
carlostorrengo@hotmail.com
–¿Qué lectura se debe hacer de esas tarjetas que hay en el museo rezando: “Abierto por duelo”…
–Qué somos, existimos y mostramos por qué sucedió el Holocausto. Tenemos gente muy creativa para difundir de qué se trata este lugar… esa tarjeta ganó el Pemio Clarín en el campo de creatividad de difusión institucional… También tenemos otra que desde lo gráfico muestra los bigotes, no la cara, de Dalí… engominados, arqueados hacia arriba. En sucesivos perfiles se van aplanando hasta terminar en el bigote de Adolfo Hitler: cortito, prolijo, disciplinado. Todo acompañado por una reflexión: “A los 18 años, Adolf Hitler intentó ser artista. Lamentablemente, hoy su obra está en nuestro museo”… En realidad, acá exponemos, cuidamos la obra de Hitler: el Holocausto.
–¿Lo visitan alemanes?
–¡Sí, claro! Incluso diplomáticos de la embajada alemana en la Argentina. Vienen a reuniones de naturaleza institucional, conferencias, etc. Nos visitó el embajador que cesó hace poco. Yo he visitado Alemania, invitada por el mismo gobierno…
–Pensar que Golda Meier nunca quiso visitar Alemania…
–La comprendo…
–¿Qué no es este museo de cara al nazismo?
–Un espacio donde no se promueva el odio. No nos movemos con golpes bajos. Lo nuestro es didáctico, digamos. “La imagen más que las palabras”, decía Juan Grasso, ese hombre que tanto hizo por la fotografía, el cine documental… en ese concepto pivotea nuestra tarea. No invadimos al visitante, no lo desbordamos… acompañamos su mirada sobre el material, reflexionamos, no lo apuramos, no le preguntamos “¿alguna pregunta?” Mostramos lo sucedido a millones de seres, su exterminio en manos de racistas en un tiempo, en un lugar que por la magnitud de lo sucedido seguirá estando y estando hoy, mañana…
– En Argentina hay muchos sobrevivientes del Holocausto. ¿Vienen?
– Sí, pero están viejitos. Incluso durante un tiempo solían acompañar las visitas guiadas que tenemos. Cuando concluían, ellos hacían alguna reflexión personal fundada en su propia experiencia, era ayudar a la elaboración íntima del visitante sobre lo que sucedió y vio aquí sobre lo sucedido. Mire, el sobreviviente es, en tanto relato o potencial relato de lo vivido, un proceso muy particular.
–¿Cómo es eso?
–El sobreviviente requiere un tiempo histórico y uno personal para volver sobre el tema, hablar. Un acto de elaboración íntima que, en toda su naturaleza, solo él conozca intensamente. No es común quedarse –por caso– solo, haber perdido toda la familia en los campos… estar años expuestos permanentemente a ser destruidos, asesinados…
–“Pulsión terminante a la erradicación”, dice Simone Weil, quien muy piba fue llevada a un campo de concentración…
–¡Claro, la vida como nada! Y pesa en los sobrevivientes. En una entrevista que tuvimos con Spielberg, el director de cine y creador de la “Fundación Soha”, él nos decía que de su experiencia en tratar este tema surgía que muchos sobrevivientes comenzaron a hablar por contagio… “Él contó esto, yo tengo esto otro para contar”. Y nos decía que cuando filmó “La lista de Schindler” en Cracovia, se le acercaban sobrevivientes diciéndole… “¿Por qué trae actores si yo puedo contarle todo?”…y así se armaba historia, memoria… ¡No debe ser fácil tampoco volver a La Perla, la Esma!
–Jorge Semprún, que padeció los campos, decía que un día habría un último testigo. ¿Cómo piensa usted ese tema?
–Y decía algo: “En los campos, la muerte nos atravesaba todos los días”… ¿Cómo lo pienso? La memoria seguirá y seguirá siendo muy fuerte.
–Los museos suelen promover ciertas gestualidades en el visitante: sorpresa, admiración, miedo, no sé. ¿Qué le deja a usted en llamarle la atención el ver a la gente interactuando con el museo?
–Los silencios… sí, sí. Especialmente en aquellos que de hecho descubren aquí el horror que conlleva lo que están viendo… Es un silencio denso, construido vía una atención muy definida.
–¿Puede inferirse el silencio como revoltijo interno que define un antes y un después en el visitante?
–No sé… hablo de lo puntual: de ese silencio aquí, en recorrida, de la mirada… de cierto aliento contenido, si usted quiere…
–Muy mecánica y vulgar la pregunta, pero ¿se puede entrar al museo siendo racista y salir no racista?
–¡No sé, no sé!… Pero la pregunta abre datos, hechos. Tiempo atrás vino un curso de un colegio secundario. Cátedra y alumnos con buena formación. En la visita, la guía siente que una de las chicas le dice a una compañera: “Yo con éstos (por los judíos), no les tengo nada. Pero sí con los bolivianos”. Por supuesto que la guía no dijo nada, nosotros no debatimos. Pero sus reflexiones se acentuaron siempre en relación con el daño a lo humano que implica el racismo, la segregación, el prejuicio sobre lo distinto. Cuando terminó la visita la chica se le acercó y con lágrimas en los ojos, la abrazó.
–¿Pasa en forma seguida este tipo de anécdotas?
Al fin de cada jornada del museo, siempre reflexionamos sobre lo que nos pasó… Como esa pareja de muy poco tiempo atrás. Llegó con tres nenes de 3, 5 y 7 años, más o menos. Me pareció que para los más chicos, bueno, el museo no les iba a decir mucho. Pero no para el mayor, quizás no fuera positivo. Se lo dije con mucho tacto, no le iba a pedir que retirara al nene. No hacemos eso. Él reaccionó desde un dejo defensivo: “Somos los padres”, o sea, “decidimos qué ven o no”. Luego llamó a su esposa, juntó los tres nenes y con altura me dijo: “Somos testigos de Jehová. Queremos que comiencen a ver lo que se hizo con los testigos de Jehová en los campos de concentración”… Porque sí: el Holocausto fue contra la humanidad, no sólo contra los judíos. También sobre los Testigos, los gitanos, disidentes, discapacitados.. Fue contra la vida…
Martín Heer
entrevista a la directora del Museo del Holocausto
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