Familias, colaboración y big data para transformar la educación

educación

Todos coinciden en que la baja tasa de egresados de la escuela secundaria es un problema que se acentúa. Algunos señalan que sólo la mitad de los que ingresan a primer año finaliza el ciclo medio. En mis investigaciones y diálogos, y principalmente a través de las opiniones y experiencias recogidas en un focus group configurado en Facebook (”Hagamos algo por la educación”), los datos obtenidos muestran que sólo 30 de cada 100 estudiantes terminan a tiempo el secundario. La situación es mucho más grave de lo que aparenta.

Los sistemas oficiales de recopilación de datos que pueden ayudar a explicar éste y otros fenómenos no son fáciles de obtener. En mi búsqueda, que comenzó en las escuelas públicas de la Ciudad de Buenos Aires, pude acceder a estadísticas oficiales en forma on-line que son del 2013 (”Matrícula alumnos escuela pública y privada, formación media”). Esa estadística se nutre de la información que las escuelas vuelcan en forma manuscrita en un cuadernillo donde indican cuántos alumnos comienzan y finalizan en cada uno de los niveles del colegio -cinco o seis años, según sean comerciales o técnicos-.

El cuadernillo se completa durante el año siguiente a la finalización del ciclo lectivo, a partir de abril, para esperar los resultados de las últimas mesas de exámenes que se toman en marzo. Se hacen dos copias: una se envía al Ministerio de Educación y la otra queda en la escuela. La que va al ministerio se carga en la base de estadísticas oficiales. Todo este procedimiento artesanal explica en parte la demora: casi dos años después de finalizar el ciclo lectivo 2013 podemos acceder hoy a los datos oficiales.

Surge entonces la pregunta obligada: ¿podemos pensar en otras formas de obtener esa información que nos den una radiografía on-line de la escuela secundaria con el fin de resolver a tiempo los problemas que enfrenta el sistema?

Colaboración, familias y big data

El sistema de enseñanza media de la Ciudad de Buenos Aires -por tomar un ejemplo- forma anualmente a 200.000 alumnos que asisten a 500 escuelas secundarias (públicas y privadas, datos aproximados, 2013). Ese universo de estudiantes genera alrededor de 100 millones de instancias de evaluación por año (pruebas, trabajos prácticos, exámenes orales, recuperatorios, etcétera). Podríamos decir que cada instancia, además de representar una nota, es un indicador de calidad de la enseñanza recibida. Esta frase puede sonar polémica porque da para preguntar si el que alguien reciba, por ejemplo, un tres en Historia es consecuencia de una mala enseñanza o simplemente de que ese estudiante en particular no estudió. Lo que sí vale -lo que nos interesa en el fondo de esta idea- es conocer la tendencia y las particularidades de esos 100 millones de datos para intervenir rápidamente con soluciones y no tener que esperar dos o más años hasta contar con la información.

Tecnologías conocidas como “data mining”, que tienen la capacidad para identificar recurrencias, relaciones y tendencias en grandes volúmenes de datos -lo que se conoce como “big data”-, son herramientas actuales que se pueden emplear para mejorar la educación media.

Retomando el ejemplo del tres en Historia, algunas preguntas que podrían surgir al disponer de ese banco de datos son: ¿hay alguna tendencia de aplazos en esa materia? ¿Se da en un único barrio, en una misma comuna? ¿Sucede en un mismo año o se repite en otros? ¿Se circunscriben a un distrito escolar? ¿Sucede en turno tarde o mañana? ¿Pasa más en escuelas públicas o privadas? ¿Se da en algún mes en particular? ¿Todas las escuelas tienen la misma cantidad de instancias de evaluación? ¿Cuáles son los promedios?

Todas esas preguntas tendrían una respuesta inmediata y nos darían la posibilidad de intervenir a tiempo en los problemas que afronta el sistema educativo. Por otra parte, esa información sería abierta a toda la comunidad, a gobiernos, ONG, instituciones públicas y privadas, universidades y centros de investigación. Cada uno podría analizar e interpretar libremente los datos con diferentes fines, como por ejemplo:

• El Ministerio de Educación, para saber casi en tiempo real cómo es el desempeño en las escuelas secundarias, de modo de poder asistir eficazmente a colegios, distritos escolares, barrios o escuelas que muestran promedios bajos de notas, baja tasa de egresados, etcétera.

• A empresas (responsabilidad social empresaria) y ONG las ayudará a conocer dónde se necesita apoyo, para direccionar mejor sus esfuerzos en capacitación, formación, empleo, etcétera.

• Para universidades e investigadores estaríamos generando una potente base de datos para que puedan nutrir sus investigaciones en educación de manera mucho más ágil. Analizar, comprender y visualizar esa información será una potente herramienta para transformar y mejorar el sistema educativo.

• Para las propias escuelas, para que sus directivos y la comunidad puedan conocer rápidamente cómo es el desempeño del colegio y proponer cambios o mejoras en las áreas o disciplinas que peor funcionen.

Las familias como protagonistas del cambio

Por último, necesitamos definir quién o quiénes serán los responsables de actualizar la información, de asumir el compromiso de ingresar todas y cada una de las instancias evaluatorias que atraviesan los estudiantes. Aquí entran en juego las familias.

Las familias reciben del Estado la educación formal de sus hijos; otras dan su confianza a la enseñanza privada. De una u otra forma, todas pagan para que eso suceda, ya sea a través de sus impuestos y/o la cuota mensual del colegio. Son las primeras en manifestar su preocupación por la calidad de la enseñanza que reciben sus hijos y muestran interés en colaborar para mejorar lo que está pasando. Si no pueden interactuar más con la escuela es porque el sistema educativo no está preparado para eso. Las reuniones de padres, que se hacen muy pocas veces en el año, son tal vez el único canal de diálogo directo con el colegio. Por otra parte, la escuela utiliza muy bien los límites simbólicos que la protegen del exterior. La puerta de acceso no sólo señala por dónde se entra y se sale: marca territorio. Lo que sucede adentro, lo bueno o lo malo, surge principalmente de estructuras verticalistas que no siempre están dispuestas a ser permeables a las ideas del afuera.

Por ésas y muchas otras razones, las familias quieren sumar sus inteligencias para mejorar el sistema que educa a sus hijos. Serán entonces las que tomarán a su cargo la tarea de ingresar en forma anónima el resultado de las diferentes instancias evaluatorias que van obteniendo sus hijos e hijas durante el ciclo lectivo, utilizando para ello una plataforma web abierta, colaborativa y de alcance nacional. Así podremos construir esa gran base de datos que nos ayudará a transformar la educación pública y privada del país.

Si hay algo que la tecnología nos demostró, es el éxito que se consigue cuando la colaboración entre pares es canalizada hacia la concreción de objetivos comunes. Wikipedia, Innocentive y OpenIDEO son conocidos ejemplos que funcionan a base de la inteligencia de la comunidad. ¿Por qué no replicar esos modelos para mejorar la educación?

Seguramente las familias sumarán ideas para que esa plataforma ayude a identificar otras variables que es necesario hacer visibles. Lo harán también como una forma concreta de participación ciudadana, necesaria para cambiar lo que las grandes burocracias no pueden lograr.

Cristián Parodi

Impulsor en educación y responsabilidad social empresaria

Cristián Parodi


Comentarios


Familias, colaboración y big data para transformar la educación