Festejo muy prematuro
Según Eduardo Duhalde, los malos tiempos ya han quedado atrás porque «todos los analistas económicos» prevén que en adelante la economía crecerá. Aunque es natural que el presidente haya querido brindar la impresión de que gracias a su sabiduría el país ha empezado a salir del pozo en el que se precipitó hace menos de un año, su voluntad de declararse satisfecho con una mejora tan exigua como la detectada, proclamando: «Señores, se terminó la recesión en la República Argentina», es de por sí preocupante. Puede que en cierto sentido técnico Duhalde tenga razón, pero puesto que el eventual aumento, que con toda seguridad sería modesto, se produciría después de una caída superior al 13%, al ritmo vaticinado tendrían que transcurrir varios años antes de que recuperáramos los niveles de hace apenas doce meses, lo cual, es innecesario decirlo, no sería suficiente como para atenuar mucho los costos del colapso fenomenal que hemos experimentado. Si bien podría considerarse positivo el hecho de que pareciera que por fin el país ha llegado a una «meseta», conformarnos con un producto per cápita que de acuerdo con las normas latinoamericanas es sumamente mediocre no debería entusiasmar a nadie. Por cierto, sería absurdo creerlo un buen pretexto para dejar las cosas como están. Para colmo, hasta Duhalde entenderá que la tranquilidad relativa que impera desde hace algunos meses puede atribuirse en gran parte al congelamiento de las tarifas de los servicios públicos: tarde o temprano, será forzoso «sincerarlas», lo que planteará un desafío mayúsculo al próximo gobierno que se verá acusado de anteponer los intereses de las empresas multinacionales a aquellos de la gente que, obvio es decirlo, no tiene ningún deseo de pagar más por la luz, gas y teléfonos.
Claro está que el propósito de Duhalde consiste en hacer creer a sus compatriotas que su gestión ha sido un éxito rotundo porque, luego de haber heredado un país en caída libre, podría entregar a su sucesor uno que ha iniciado un proceso de crecimiento. Sin embargo, no es nada probable que muchos se dejen engañar por dicha interpretación de lo que ha ocurrido: según la misma lógica, un gobierno responsable de una caída dos o tres veces mayor tendría derecho a felicitarse después de que el país tocara fondo. Es que a pesar de encabezar un «gobierno de transición» que, se suponía, intentaría hacer el «trabajo sucio» para que otro elegido pudiera comenzar su gestión en circunstancias favorables, Duhalde no ha hecho ningún esfuerzo por impulsar los cambios sin los cuales el país jamás podrá comenzar a aprovechar bien sus recursos humanos y materiales. Lo mismo que gobiernos anteriores que se negaron a reconocer que la convertibilidad no podría sobrevivir a menos que tomaran medidas destinadas a asegurar que el país estuviera en condiciones de convivir con la estabilidad monetaria, el actual ha optado por una estrategia minimalista, en su caso limitándose a devaluar «asimétricamente» el peso, castigando a los ahorristas y ayudando a los deudores, para después dedicarse a negociar con el FMI con la esperanza, hasta ahora vana, de que «el mundo» termine enviando el dinero que les ahorraría a sus gobernantes la necesidad de emprender reformas drásticas que podrían ocasionarles costos políticos.
Por desgracia, a juzgar por la oferta electoral no sorprendería que el próximo gobierno resultara ser una versión acaso más demagógica, más dispuesta a reivindicar tesis contestatarias, del duhaldista, es decir, que se interesara más por defender «conquistas» sectoriales de épocas ya remotas que por procurar llevar a cabo los cambios que nos permitirían prosperar en un orden mundial que parece destinado a hacerse más exigente por momentos. Aun cuando se iniciara otra etapa signada por la abundancia de recursos financieros disponibles para invertir en mercados «emergentes», la reconversión que tanto se ha postergado sería muy difícil, pero a esta altura parece más probable que la sequía actual se prolongue e incluso que se haga mucho peor. Por lo tanto, es urgente que los dirigentes políticos traten de pensar seriamente en las alternativas genuinas frente al país, pero, como el propio Duhalde, la mayoría parece descreer de la posibilidad de aspirar a algo un tanto más ambicioso que estabilizar la pobreza.
Según Eduardo Duhalde, los malos tiempos ya han quedado atrás porque "todos los analistas económicos" prevén que en adelante la economía crecerá. Aunque es natural que el presidente haya querido brindar la impresión de que gracias a su sabiduría el país ha empezado a salir del pozo en el que se precipitó hace menos de un año, su voluntad de declararse satisfecho con una mejora tan exigua como la detectada, proclamando: "Señores, se terminó la recesión en la República Argentina", es de por sí preocupante. Puede que en cierto sentido técnico Duhalde tenga razón, pero puesto que el eventual aumento, que con toda seguridad sería modesto, se produciría después de una caída superior al 13%, al ritmo vaticinado tendrían que transcurrir varios años antes de que recuperáramos los niveles de hace apenas doce meses, lo cual, es innecesario decirlo, no sería suficiente como para atenuar mucho los costos del colapso fenomenal que hemos experimentado. Si bien podría considerarse positivo el hecho de que pareciera que por fin el país ha llegado a una "meseta", conformarnos con un producto per cápita que de acuerdo con las normas latinoamericanas es sumamente mediocre no debería entusiasmar a nadie. Por cierto, sería absurdo creerlo un buen pretexto para dejar las cosas como están. Para colmo, hasta Duhalde entenderá que la tranquilidad relativa que impera desde hace algunos meses puede atribuirse en gran parte al congelamiento de las tarifas de los servicios públicos: tarde o temprano, será forzoso "sincerarlas", lo que planteará un desafío mayúsculo al próximo gobierno que se verá acusado de anteponer los intereses de las empresas multinacionales a aquellos de la gente que, obvio es decirlo, no tiene ningún deseo de pagar más por la luz, gas y teléfonos.
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