Francia envuelta en la violencia sindical

Por Redacción

Emilio J. Cárdenas (*)

La imagen, brutal, recorrió el mundo en apenas unos segundos –esto es en tiempo real–. Se veía al gerente de Recursos Humanos de Air France, Xavier Broseta, ferozmente manoseado y literalmente desvestido por sus agresores, escapando de sus propias oficinas perseguido y descamisado a la fuerza. Sus agresores, un grupo de sindicalistas, protestaban por la decisión empresaria que el agredido gerente acababa de comunicar: la de unos 2.900 despidos –entre ellos, unos 300 pilotos– para ganar en productividad y achicar el gasto en una compañía asediada por la falta de rentabilidad. Pierre Plissonnier, a cargo de los vuelos de larga distancia, fue también víctima inesperada de una agresión igual de brutal. Siete funcionarios de la empresa quedaron heridos en la golpiza, uno de ellos de gravedad. Para el propio François Hollande esa fue una “agresión inaceptable”, con consecuencias inevitables para la imagen del país. Es así. Toda Francia ha quedado lamentablemente mancillada por la absurda agresión, que naturalmente nos trae a la memoria muchos momentos de la historia francesa en los que prevaleció la violencia descontrolada. Air France es, recordemos, la excelente línea aérea de bandera francesa. Sus accionistas son, muy mayoritariamente, privados: un 83%. El Estado francés tiene el 17% restante del capital accionario de la empresa. Air France es, a su vez, accionista del 2% de la empresa de bandera italiana Alitalia. La escena de la golpiza, humillaciones y vejaciones me recordó las acciones salvajes que alguna vez ensombrecieron el escenario gremial argentino desde 1966 hasta fines de la década de los 70, hasta con tomas de rehenes: los directivos de las empresas quedaban secuestrados en las propias fábricas, cercados por paredes amenazadoras hechas con barriles de combustible. Otra reacción salvaje e inaceptable en un mundo que cree estar civilizado. Esa violencia gremial fue, cabe advertir, prolegómeno de la ola de furor y descontrol que luego se desató en la Argentina, incluyendo la violencia de Estado y la guerrilla totalitaria, enfrentamiento que derivó en un “conflicto armado interno” que azotó fuertemente –en los 70– a la sociedad argentina y que aún no ha sido siquiera reconocido en su integridad por la Justicia de nuestro país. Luis Alberto Romero llama gráficamente a este fenómeno la “normalidad violenta de los 70” porque, en sus palabras, “el ejercicio de la violencia se transformó en el recurso habitual para dirimir los conflictos internos”. Ese es el gran riesgo a controlar de lo sucedido en Francia: el del contagio. La violencia puede ciertamente ser viral, contagiosa en extremo. Expansiva, además. Un funcionario público será ahora el nuevo director de Recursos Humanos de Air France: Gilles Gateau. Pero las tratativas sobre la reestructuración empresaria y laboral que está en marcha seguirán entre la empresa y los “dirigentes” sindicales. Sin la participación directa del Estado que, no obstante, atento a la enorme gravedad de lo sucedido seguirá seguramente muy de cerca la evolución del peligroso conflicto, de modo de evitar que pueda degenerar, otra vez, en dirección a la violencia y a las gravísimas humillaciones descalificadoras. Preocupante en extremo. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas