Fuegos naturales

Redacción

Por Redacción

CLAVE DE Y

Aún con las tardes de calor, aún con el recuerdo de cuarenta grados diarios, ya repta el otoño. En las mañanas donde se inicia el laborar humano, saluda sin subterfugios, y la piel se eriza con un frío anticipado. Me gustan estos días, esta primavera al revés. Y en las acortadas tardes, disfruto caminar por el bosquecito neuquino entre bardas y pinos porque su relativa altura alcanza para un panorama de distintos paisajes: sus curvas y contracurvas sorprenden detalles y lejanías nuevas aunque sean siempre las mismas. Quizás usted tenga también su isla verde, su protegido refugio donde se atenúan ruidos y motores y otros sonidos, otros colores, renuevan los sentidos. En esta época, si usted tiene la ventura de caminar por un lugar un poco elevado, y si tiene cuidado en la marcha, y la lentifica, dejando de lado, en un lapso mágico, la rígida receta del paso rápido o el trote constante; si deja de charlar con su compañía caminante y mira el cielo, el amplio, interminable cielo, entonces asistirá a una función de fuegos naturales; no sé si más, sí tan maravillosa como ese supremo invento humano, los fuegos artificiales. Sólo que no sé quién los enciende, ni cuándo empieza, ni cuándo termina. Dura lo que una quiera, dura en lo personal, sin apuro, sin la efímera rapidez que llena el espacio y lo vacía al miso tiempo; sin vallas ni peligros de explosión. ¡Y eso que se trata de la despedida del sol! No sé cuántos millones de grados, regulados artísticamente en un festival de colores que se desplazan, giran, cambian despacio, pero no tanto como para no verlos al volver de nuevo la vista: a ese borde dorado de la nube ahora lo desplaza un violáceo pastel, y el dorado se va concentrado allá, donde el generador del espectáculo se despide. Esto tienen las tardecitas de marzo, este anticipo de otoño: se puede abarcar -es un decir; todo lo abarcable que sea posible- el amplio despliegue de fuegos naturales. Justamente ayer el espectáculo fue particularmente conmovedor. Por el oeste, un glorioso y plácido atardecer, cada vez menos amarillo, cada vez más naranja. Por el este, un ramo disperso de nubes, devolviendo en espejo la despedida, todo el arco iris en sus oquedades y redondeces. De alguna de estas moles, las más agrisadas, se desprendía una cortina, que se mecía al compás de una lluvia transcurriendo por allá, a varios quilómetros. ¡Y generando un arco iris! Color más color, casi demasiado. A mi alrededor, muchas personas seguían en lo suyo. Quizás se extrañaron de una caminante que se parara mirando el cielo, moviendo la cabeza para todos lados… quizás alguno hizo lo mismo, buscando qué era, un avión, un barrilete… sin ver lo que había que ver, el festival gratuito, repetido, nunca igual, de fuegos naturales. Estar rodeada de colores es algo fantástico, y estar rodeada de trinos, al mismo tiempo, es más fantástico todavía. A esa hora, todos los pájaros se congregan en los pinos, planean, juegan, se buscan, se encuentran, y empieza un concierto de pitidos para el cual no dan nuestros oídos. Por alguna relación, necesitando la empatía de la experiencia, vino a mi presente ese rato antes de saludar a la bandera en la escuela, ¿recuerda? El reencuentro y la despedida, el anecdotario de la casa y del día escolar, un trinar con guardapolvos blancos esperando que la celeste y blanca subiera o bajara. Como el sol. Como los pájaros. Hace poco le comentaba de “La modernidad líquida” de Zygmunt Bauman, esa explicación de un mundo cada vez menos rígido, menos sólido. En estas tardes de cielo y barda, creo que fluimos, todos los seres, siempre. Quizás se pueda hacer un corte para discriminar mejor, como hace don Zygmunt. Pero el todo danza, siempre. Sólo que hay momentos en que una lo sabe.

MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com


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