Gente como uno

Por Redacción

SEGÚN LO VEO

La nuestra es la edad de “la gente”, ese aglomerado social que, sin poseer las virtudes heroicas que en opinión de los progres encarnaba “el pueblo” de antes es, a pesar de cierto tufillo burgués, bueno por antonomasia. Para quienes aspiran a una carrera en política, saber congraciarse con “la gente” diciéndole que serán capaces de “solucionar sus problemas” es fundamental, pero los personajes más atractivos no siempre se destacan por su eficiencia. Felizmente para ellos, a muchos les importa menos la capacidad profesional o las eventuales ideas de un candidato a un puesto electivo que su presunto “carisma”, o sea, su “don de gentes”. Es por este motivo que tantos políticos se esfuerzan por convencernos de que son personas comunes que nunca soñarían con creerse superiores a nadie; “no soy más que un tipo”, decía Carlos Menem cuando era presidente.

El resultado de la contienda entre Gabriela Michetti y Horacio Rodríguez Larreta sorprendió a quienes habían dado por descontado que ganaría la senadora porque a su juicio era más simpática que el jefe de Gabinete porteño. Será que en la Capital Federal el electorado está dispuesto a perdonarle a un político su supuesta falta de magnetismo, si bien muchos explicarían la anomalía atribuyéndola a que Mauricio Macri le había prestado a Horacio su propio “carisma”, que sería aún más poderoso que el atribuido a Gabriela.

No se trata de un fenómeno limitado a la Argentina. En todas las grandes democracias, sin excluir a Francia, un dirigente ambicioso procurará hacer creer que sus gustos son los de “la gente” y jurará ser fanático de un equipo deportivo, de béisbol en Estados Unidos, de fútbol en el resto del planeta. La ilusión de intimidad que buscan los políticos está detrás de la costumbre difundida de llamar a los líderes por su nombre de pila o, cada vez más, por un diminutivo.

En los países anglosajones, tal forma de acercarse a la gente es rutinaria: los presidentes estadounidenses James Carter y William Clinton se hicieron llamar Jimmy y Bill; en Reino Unido, Anthony Blair es Tony y David Cameron quiere ser Dave a secas para que nadie recuerde sus vergonzosos antecedentes aristocráticos. En América Latina, sería penosamente retrógrado anteponer “su excelencia” al nombre y apellido de un presidente: lo moderno es llamarlo “Pepe”, Dilma o Cristina.

De ser un político un intelectual auténtico, a menudo tratará de ocultar sus propias preferencias culturales. Parecer “elitista” es mal visto: los asesores de imagen dejan saber a sus clientes que les convendría mucho más fingir entusiasmarse por una banda de rock que confesarse apasionado por la música clásica. En cambio, un político que pocos tomarían por un intelectual genuino puede permitirse algunos disparates. A Cristina le es dado opinar acerca del valor relativo del pensamiento de filósofos alemanes determinados sin correr muchos riesgos, además de desafiar (en junio del 2008, al hablar ante un público conformado por docentes) “a todos a que lean el Quijote tal cual fue redactado por Cervantes; nadie lo entendería, era otra la lengua castellana a la que tenemos hoy”.

Pero la presidenta es un caso especial. Sus admiradores no se sienten deslumbrados por sus dotes intelectuales sino por el poder que ha acumulado. Aunque algunos dicen que tiene “carisma”, otros sospechan que su autoridad se basa menos en la cualidad mágica que tanto fascinaba a Max Weber que en “la caja”, en los miles de millones de dólares que, para frustración de sus adversarios, maneja a discreción, mientras que los hay que, impresionados por el renacimiento político espectacular que protagonizó luego de la muerte súbita de su marido, aseguran que es invulnerable porque es una viuda.

Aunque Cristina no parece tener demasiado interés en hacer pensar que comparte los gustos del vulgo, el movimiento que encabeza ha hecho de “la democratización” de todas las instituciones una prioridad. Para que sean más populares, llena organismos públicos como la Cancillería, el Banco Central, la neonata Agencia Federal de Inteligencia y empresas supuestamente autónomas como Aerolíneas Argentinas de miles de individuos que carecen de la calificación mínima que tradicionalmente es considerada imprescindible. Al gobierno le gustaría someter al Poder Judicial al mismo proceso, de ahí el nombramiento de cohortes de conjueces, pero hasta ahora la Corte Suprema ha logrado resistirse a los intentos de “democratizarla”.

Cuando los kirchneristas hablan de “democratización”, lo que tienen en mente es el reemplazo de funcionarios que han cumplido los viejos requisitos elitistas por otros que, por haber tenido la mala suerte de vivir en una sociedad tan terriblemente injusta como la argentina, no han podido terminar ni siquiera el nada exigente ciclo secundario. Partidarios de los “valores villeros”, los militantes de La Cámpora se han propuesto nivelar hacia abajo para que la Argentina sea por fin un país más equitativo, uno a su altura.

Sería reconfortante poder creer que la sustitución del ideal meritocrático de “igualdad de oportunidades” por el de “igualdad de resultados” sólo fuera propia de democracias inmaduras, pero la misma tendencia es fuerte en Estados Unidos y está manifestándose en Europa. Por razones comprensibles, a líderes de grupos minoritarios les encanta la noción de que, en todas las organizaciones significantes, los cargos más prestigiosos deberían ser repartidos de tal modo que reflejen la conformación étnica, religiosa, social y sexual de la sociedad. Asimismo, les parece escandaloso que en las universidades estudiantes pertenecientes a ciertos grupos no se vean debidamente representados. Aunque Cristina nos ha advertido que es peligroso exponerse a la influencia malsana de ideas foráneas, muchas iniciativas kirchneristas, como la que nos dio el “matrimonio igualitario”, se originaron en Estados Unidos.

¿Está a favor de la democratización la gente? Sólo en aquellos ámbitos -los de la política, la Justicia, la educación, la economía- que no le parecen realmente importantes. Pocos han protestado contra la proliferación de funcionarios que, dicen los tradicionalistas, son analfabetos, o la voluntad oficial de entregar Aerolíneas a los militantes de La Cámpora, pero el país estallaría de furia si el gobierno tratara de hacer más representativa de la población la selección nacional de fútbol, incluyendo en la nómina cuotas adecuadas de mujeres, gordos, drogadictos, desocupados crónicos y otras presuntas víctimas de discriminación. De aplicarse principios deportivos en todos los ámbitos de la vida nacional, la Argentina no tardaría en salir del letargo que durante tanto tiempo la ha mantenido postrada, pero escasean los motivos para creer que esté por intentarlo.

JAMES NEILSON

JAMES NEILSON