Gobernabilidad se escribe con K
Parecería que, para el diputado Néstor Kirchner, carecen de importancia detalles como el colapso de su propia popularidad y la de su esposa, la presidenta Cristina, o la pérdida de la mayoría automática en el Congreso a la que se había acostumbrado. A pesar de contar con la aprobación de menos del 30% de los consultados por los encuestadores, sigue actuando como si el grueso de la población lo apoyara con el fervor de antes. En cuanto al Congreso, ya sabe que le es fácil paralizarlo aprovechando las divisiones opositoras para impedir que funcione como es debido. Asimismo, aunque muchos oficialistas se preguntan si les conviene continuar respaldando a un dirigente tan cuestionado como Kirchner, pocos se atreven a desobedecer sus órdenes. Tampoco le supone problemas no tener ningún cargo formal en el gobierno encabezado por su mujer, ya que todos los ministros, secretarios y subsecretarios, además, claro está, de la mismísima presidenta Cristina, saben muy bien que es el jefe y que su palabra es ley. Se ha creado, pues, una situación que es realmente extraordinaria, una en que un mero diputado dispone de más poder real que cualquier presidente a partir del derrocamiento de Juan Domingo Perón hace más de medio siglo. Incluso dictadores como Jorge Rafael Videla tuvieron que prestar atención a las opiniones de los demás jefes militares, pero Kirchner, rodeado como está por personajes cuidadosamente seleccionados por su voluntad de subordinarse, se siente libre para hacer cuanto se le antoje. Puede que, luego del traspié electoral que sufrió a mediados del año pasado, el “primer caballero” haya pensado que en adelante tendría que aprender a operar en el marco previsto por la Constitución, pero pronto entendería que no le sería necesario hacerlo, puesto que podría desafiar con impunidad a la oposición parlamentaria, y al “partido judicial”. Aun cuando, por una vez, los diputados y senadores contrarios al kirchnerismo lograran dar sanción a leyes destinadas a obligar al gobierno a permitir que el Congreso cumpla con lo que en teoría debería ser su papel en el sistema político vigente, la presidenta, instigada por su marido, procuraría gobernar a través de los ya rutinarios decretos de necesidad y urgencia, mofándose de las protestas de la oposición por confiar en que no tendrían consecuencias concretas. Acaso lo único que Néstor Kirchner no podrá hacer sea alejar por algunos meses o años más la fecha fijada por las elecciones presidenciales próximas. Pase lo que pasare, se celebrarán antes del fin del 2011. De persistir hasta entonces el clima político actual, Kirchner no tendría ninguna posibilidad de mantenerse en el poder porque tanto él como su esposa serían derrotados por un margen humillante, pero, a juzgar por su conducta, los santacruceños apuestan a que andando el tiempo la ciudadanía compare su “vocación de poder” con la debilidad dubitativa de los eventuales candidatos opositores para llegar a la conclusión de que sería mejor no arriesgarse votando por una alternativa. Aunque a esta altura parece poco probable que la mayoría se resigne a ser gobernada por los Kirchner hasta diciembre del 2015, el que la pareja se haya mostrado dispuesta a ensayar una estrategia tan agresiva es muy pero muy alarmante. Significa que el gobierno está en manos de personas conscientes de que sería de su interés que la mayoría creyera que en cualquier momento el país podría experimentar un nuevo desastre debido a la incapacidad de quienes integran al “rejunte opositor” para manejarlo con un mínimo de autoridad. Será por eso que no parecen preocuparles a los Kirchner el aumento constante de la tasa de inflación, la falta de seguridad ciudadana, el aislamiento internacional creciente, “la crispación” y otros factores que en buena lógica deberían perjudicarlos, ya que contribuyen a crear un clima en que la gobernabilidad, en el sentido más rudimentario de la palabra, podría considerarse prioritaria. Puede que la oposición fragmentada, aleccionada por lo que ha ocurrido en las semanas últimas, consiga encontrar la manera de obligar a los Kirchner a manifestar más respeto por las formas. Es de esperar que ello ocurra; caso contrario nuestra democracia maltrecha se deteriorará todavía más.