Gooooooool
Columna semanal
LA PEÑA
Jamás fuimos buenos futbolistas. Sólo nos gustaba jugar y con eso alcanzaba para pegarle a la pelota. No recuerdo goles, o demasiados goles, salvo cuando fui el dueño de la pelota, que mis amigos me dejaban convertir para que no abandonara el partido. Lo mío era la bici, pero me gustaba el fútbol.
A mis amigos les pasaba lo mismo, uno o dos eran de los que sabían algo de fútbol, el resto sólo le ponía empeño.
Le poníamos ganas, aunque eso no alcanzaba y evitábamos sumarnos a partidos donde el ridículo podía ser grande. Por eso elegíamos los jugadores de manera tal que ninguno sobresaliera, que fuera entre iguales, porque no tenía sentido ir a flagelarnos para que todos se divirtieran a costilla nuestra.
Estábamos entre los que nadie quería en su equipo, es decir, cuando llegaba el momento de elegir jugadores para tal o cual cuadro, como solíamos decirle, siempre quedábamos relegados. Y sólo para completar el número nos convocaban. El gordito al arco, el flaco a la defensa y jamás metíamos un delantero en el equipo.
Nos retaban todo el tiempo, nos gritaban cuando nos metían un gol y hasta nos insultaban cuando un defensor no podía frenar un delantero.
Fue así que cortamos por lo sano, no ponemos más pelota, no jugamos y listo, nos dedicamos a lo nuestro. Pero nos tiraba el fútbol.
Pasaron varios días del último partido y nos juntamos un verano en la calle con los cuatro más pataduras. Empezamos con algunos toques, imaginamos que estábamos en el nivel de Kempes, por entonces de moda, y nos fuimos entusiasmando para hacer un picado. No permitimos que nadie más se sumara.
Y el partido se armó de tal manera que entre los cuatro hicimos una verdadera fiesta del fútbol de los que menos saben. Pero no nos sacamos ventajas. Terminó cero a cero la cuestión y tuvimos que ir a los penales.
Buscamos en la vereda los árboles que estuvieran más cerca entre sí y ahí establecimos el arco imaginario.
Empezamos a patear, dos de cada lado era poco y decidimos que ganaría el mejor de cinco penales por bando.
Uno y otro y otro y llegamos al último penal uno a uno. Me tocaba patear a mi y decidí que ese día terminaban mis frustraciones de futbolista.
Tomé carrera como de diez metros, miré a los cuatro ángulos del arco y le di casi como si fuera la última vez. El arquero voló pero no pudo contener. Goooooooool Gooool, salí corriendo, grité por toda la cuadra, di vuelta a la manzana para que todos supieran que por mi gol estaba definido el partido. Los vecinos y los pocos que andaban en la calle me miraban sin entender mi locura. Y volví agitado, cansado, pero feliz al punto de partida, a los árboles, al arco del triunfo.
Una interminable fila de caras serias me miraban. Y yo feliz diciéndole al mundo que fui el autor del gol del triunfo.
Pregunté por qué estaban todos tan serios. Se miraron mis amigos y me dijeron: rompiste el vidrio de la ventana y la pelota cayó sobre la mesa donde estaban almorzando los vecinos. Rompiste un plato y volaron los tallarines. El sifón de vidrio se salvó de casualidad.
Imaginé por un instante que ni todo el daño causado sería del tamaño de las humillaciones que sufrí en otros partidos y que ese tiro penal me salió del alma buscando la gloria, aunque sólo mis amigos hayan presenciado semejante hazaña.
El vecino sabía de mis frustraciones futboleras. Ni siquiera me retó, sólo atinó a abrazarme y decirme “metiste el gol de tu vida”. No tuve que pagar ni vidrio ni plato ni tallarines. Y en mi casa nunca supieron de los daños causados. Lo que no pude disimular fue la alegría, más grande que los vidrios rotos.
jorge vergara
jvergara@rionegro.com.ar