Grandeza y humildad: entretelones de la creación de la bandera



Luis Rimaro*


Tras la primera jura en Rosario, el Triunvirato desautorizó su uso, a pesar de sintonizar con los colores de la escarapela. Tras las campañas en el Paraguay y Alto Perú fue reconocida por el segundo Triunvirato.


Si Manuel Belgrano hubiera pedido algún milagro en las barrancas del Paraná, por cierto que contar con más soldados y mejor equipados era su prioridad. Eso no le fue concedido, pero Catalina Echeverría hizo lo suyo terminando a tiempo la costura, dos piezas en celeste y blanco, simples y prolijas como le fue solicitado, y avisó:

-¡Está lista Vicente, puedes dársela a Belgrano!

Su hermano ensilló el caballo y salió desde la Villa del Rosario hasta el campamento a orillas del río, cumpliendo con el encargo. Dicen que el pago que quiso Catalina fue estar presente aquel 27 de febrero de 1812 y ver la tropa haciendo el juramento frente al sencillo paño. Al enterarse el Triunvirato en Buenos Aires no autorizó el uso del símbolo, aunque estaba en sintonía con la reciente escarapela, y a vuelta de correo ordenó a través del secretario Rivadavia arriar esa bandera.

Belgrano se hizo cargo del compromiso asumido y partió con la tropa de pardos, morenos, criollos y mulatos milicianos hacia el Paraguay, como tiempo después lo haría hacia el Alto Perú, dos cruentas y difíciles campañas contra el avance realista, para resguardar el territorio de la naciente Patria. La nueva bandera, ya conformada por tres franjas, vuelve a jurarse en Jujuy, pero recién luego del triunfo en Tucumán pasó a ser reconocida por el Segundo Triunvirato.

En medio de la tenaz resistencia por no replegarse hacia Córdoba cediendo territorio como lo conminaban desde Buenos Aires, se produce en enero de 1814 en la Posta de Yatasto el trascendental encuentro entre el abogado/militar y José de San Martín, que llega para hacerse cargo. Belgrano poco tiempo atrás le había escrito:

“Entré a esta empresa con los ojos cerrados y pereceré en ella antes que volver la espalda… Espero en V. un compañero que me ilustre, que me ayude… Dios sabe que mis intenciones no se dirigen más que al bien general de la patria y sacar a nuestros paisanos de la esclavitud en que viven… Empéñese V. en llegar con el auxilio y en venir no solo a ser amigo, sino maestro, mi compañero y mi jefe.”

Una inmensa lección de grandeza y humildad en la entrega del mando y la bandera al recién nombrado jefe general del Ejército.

Ideas de avanzada

Luego regresa Belgrano a Buenos Aires para vivir intensamente sus últimos seis años y es cuando puede desplegar todas las banderas de sus conocimientos como político, diplomático, economista y periodista, dejando su legado leyes y tratados siempre orientados al desarrollo de la patria, a los primeros esbozos de los derechos humanos y la igualdad de las mujeres.

Asimismo plantea y lleva a la práctica el Régimen de Tierras Ociosas para que en el inmenso territorio de las Provincias Unidas se adjudiquen a los paisanos y habitantes de las Misiones, instalando también las primeras nociones sobre el respeto al medio ambiente en sus artículos de Defensa de la Naturaleza.

Todo en el contexto de una sociedad emergente del contexto colonial, con rasgos aun del centenario vasallaje, resabios de esclavismo y potencias extranjeras que despertaban a la Revolución Industrial con ambición de dominación económica.

Las banderas de Belgrano

Resultó trascendental su aporte en 1816 para la convocatoria del Congreso de Tucumán y en el pronunciamiento final de la Independencia de las Provincias Unidas, aunque no logró el consenso para establecer un sistema de monarquía constitucional con un Inca a la cabeza, en consonancia con el pensamiento de San Martín.

El Congreso, al reconocer la actitud asumida por Belgrano en 1812 , instituyó definitivamente a la bandera celeste y blanca como símbolo patrio.

La primera transgresión al color rojo de la tradición realista había sido consumada en 1810 por “los infernales” de French y Berutti, en los distintivos de color azul y blanco para identificar a los adeptos en la Plaza, más adelante el Triunvirato aceptaba el uso de la escarapela blanca y celeste.

A partir de allí, los símbolos patrios toman esos colores, según algunos, inspirados en el manto de la virgen y su relación con los colores borbónicos y coinciden en la poesía de las marchas patrióticas donde encontramos la bandera en un girón del cielo o en sus alas azules, semejantes al cielo y el mar, como cantamos en “Aurora”.

Las investigaciones cromáticas más recientes de científicos del Conicet encontraron luego del análisis al paño enarbolado en la Batalla de Tucumán la existencia del pigmento azul ultramar original del lapislázuli.

Por cierto que aquel emblema inicial que izó Belgrano tuvo una mitad blanca y la otra del color azul/celeste que pudo conseguir en alguna tienda la casi ignorada María Catalina Echavarría.

Pero su eterna artesanía no solo tiñó toda nuestra historia, sino que la audacia de Hipólito Bouchard al mando de la Fragata Argentina los condujo en lo alto de su mástil a combatir las posiciones realistas de las costas de Centroamérica, dando lugar a que las posteriores naciones, El Salvador, Nicaragua, Honduras y Guatemala, adoptaran los colores de aquel barco como homenaje al aporte en la lucha por sus libertades.

Para el ideario popular la bandera es una metáfora del cielo y de la patria y la impronta belgraniana aparece en las enseñas del Río de la Plata.

En la denominada Federal con su franja roja, también en la del Uruguay y en la casi totalidad del espectro de las provincias argentinas que, a medida que fueron conformando la República, adoptaron el azul celeste y blanco en su simbología identitaria.

Las más jóvenes como Río Negro y Neuquén continuaron ese legado hasta nuestros días, y el más reciente ejemplo data del 2010, cuando la Ciudad de Neuquén decide crear su propia bandera, donde aparece el celeste de los tres ríos sobre fondo blanco, como bella síntesis regional de la Confluencia.

El diseño de los símbolos patrios ahora se concursa y no hay que pasar por peripecias, ni rechazos del Gobierno como tuvo que afrontar Belgrano; estas banderas se han democratizado. Otros de sus fervientes anhelos siguen vigentes, ya hace doscientos años.

*Arquitecto de Cipolletti


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