Hacia el abismo

Un camino que la sociedad actual emprendió y, por lo que se visualiza, sin retorno.



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COLUMNISTAS

El posmodernismo la ubicó al borde del abismo con sus políticas de consumo masivo e irresponsable, con la desinformación como práctica cotidiana, con la negación del conocimiento en forma sistematizada, con el aislamiento científico decretado y con la destrucción de la cultura del trabajo, entre muchos otros factores. La sociedad actual se encuentra al borde de este abismo luchando por no caer al vacío, entendiéndose como vacío la falta de solidaridad social, el individualismo a ultranza, la indiferencia por el otro, la pérdida de valores humanos como el amor, la lealtad, el sacrificio y la voluntad de servir como ciudadanos responsables y respetuosos de sí y entre sí.

Muchos son los cambios establecidos para llegar a esta situación y empujar a la sociedad hacia el abismo. Algunos ejemplos son claros: el “compre fácil y ya” en lugar de la “cultura del ahorro y la previsión”, la difusión de “programas voyeuristas y superficiales” a cambio de los de “conocimiento y formativos”, el presupuesto del “fútbol para todos” que desplazó al de la “información para todos” (la suspensión de compras de información científica extranjera por parte de nuestras universidades es un cabal ejemplo), “el tener más” por el “saber más”, el subsidio al “no trabajo” que destruyó la “cultura al trabajo”… Los ejemplos sobran y todos éstos construirán una sociedad sin “conocimiento” que, se sabe, marca el abismo donde caerá cada uno de nuestros ciudadanos.

Para dar una idea cabal de lo que pasa cuando el conocimiento se destruye o se oculta (por falta de políticas o de recursos o por envidia o soberbia mandataria), la historia de Ignác Semmelweis (1818-1865) será muy ilustrativa. Este médico logró disminuir en más del 70% la mortalidad de mujeres parturientas que ocurrían en un hospital de Viena. La historia cuenta que en ese hospital la muerte por infecciones posparto en uno de sus pabellones era muy alta. Las parturientas eran atendidas por médicos y estudiantes de medicina. No pasaba lo mismo en el otro pabellón, donde las mujeres eran atendidas por parteras o matronas. Las diferencias en la mortalidad eran sustanciales en contra del pabellón atendidos por médicos. Este médico, con el solo hecho de observar el escenario, preocupado por lo que sucedía y sobre todo reconociendo y aceptando la realidad que le tocaba vivir, se percató de que los mismos profesionales que atendían los partos realizaban las autopsias de las mujeres fallecidas. Se ha de recordar que en esa época el concepto de infección y de la presencia de bacterias era totalmente desconocido. Siguiendo con la historia, y observando esta diferencia con matronas (que no hacían autopsias), asoció (pensó) que el problema se originaba por algo tóxico que los médicos llevaban con sus manos desde los cadáveres a las mujeres sanas. Fue así que normativizó el lavado de manos luego de cada autopsia y antes de hacer el examen manual a las parturientas. Rápidamente la mortalidad descendió en más del 70%. Un conocimiento nuevo que salvó vidas y que aún se utiliza, no sólo en la medicina sino en la vida diaria.

Lamentablemente, la historia no termina allí. Sus jefes (las autoridades del hospital) no aceptaron este procedimiento por la poca explicación que Semmelweis ofrecía. Además, los propios colegas, resistentes al cambio y sobre todo a incorporar una maniobra más a sus tantas diarias, dejaron de hacerlo. La mortalidad nuevamente aumentó y rápidamente se olvidó esta novedosa y saludable práctica. Semmelweis fue contra el sistema, operó en contra de la costumbre, quiso interponerse al abismo en el que estaban cayendo las pobres mujeres a las que les tocaba internarse en ese sector. Terminó su vida solo y en la pobreza total.

Éste es un ejemplo claro y contundente de lo que ocurre cuando un conocimiento es ocultado, ignorado o directamente no formulado. La comodidad, la envidia, la soberbia de la autoridad de negar la realidad, en este caso lo ocultó. La indiferencia hacia esas mujeres se pagaba con la vida y el sufrimiento. Una sociedad sin conocimiento está signada a caer en el abismo. La ignorancia estructural sostenida y establecida como norma la llevará a la esclavitud, dejando en manos de otros su futuro individual y colectivo.

Se deberá reflexionar en esta historia y evitar que esto suceda. La construcción social deberá basarse en el aprendizaje y en la aplicación de los conocimientos que de él surjan. Y esto se logrará con un cambio de modelo: valorar el “saber” y desterrar el “tener”; cambiar el “consumo masivo e inútil” por un “consumo necesario y responsable”; repartir el recurso de un “fútbol para todos” con espacios de “cultura para todos” (con igual o mayor presupuesto); en vez de “subsidios para no trabajar”, políticas de recuperación de “la cultura al trabajo”; en vez de facilismo superficiales y voyeurismo televisivo, generar más escenarios creativos y formativos y de debate ciudadano, buscando una sociedad del conocimiento que ayude a alejarla del abismo.

(*) Especialista en Clínica Médica.

Magíster en Educación


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