Hanoi cumple mil años
La ciudad de Hanoi, en Vietnam, acaba de cumplir sus primeros mil años. La celebración, cuando en América Latina algunos acabamos de conmemorar nuestros bicentenarios, nos sugiere cuán profunda es la historia del mundo. Desfiles, conciertos, propaganda gubernamental y miles de banderas rojas con la estrella amarilla en el centro contribuyeron a generar el natural clima festivo. Vietnam –al que pronto visitará una nueva “misión” comercial argentina– es un país en evolución; esto es, en busca de su identidad. Aun dominado por el Partido Comunista, que concentra todo el poder en sus manos. Por ello la mirada siempre dura del “padre de la patria”, Ho Chi Minh, que todo lo encabeza desde los murales y la gigantografía. Más allá de su imponente mausoleo, en todas partes. Hace ya 35 años terminaba –en Vietnam– una guerra particularmente dura con la derrota de Estados Unidos que permitió la reunificación del país. Lo curioso, sin embargo, es que Vietnam –como China, país del que los vietnamitas históricamente desconfían– ha abrazado económicamente al capitalismo. Con buen éxito. Dejando atrás la experiencia fallida del socialismo económico, Vietnam ahora crece vertiginosamente. Más aún, casi tumultuosamente y con cierto desorden. El Congreso del Partido Comunista local acaba de confirmar el rumbo. Mientras tanto, una prensa férreamente controlada por el Partido Comunista no permite que desde el sector privado aparezca sugerencia alguna de contenido político. Hay un solo discurso: el oficial. Los demás no existen. Ni se toleran. No hay disenso. No es posible otra opción que la del partido. Hanoi es una importante ciudad que aloja a unos seis millones de personas. Se la “oye” crecer, con la sensación de que ello ocurre casi sin control. Vertiginosamente. Como si, de pronto, se quisiera recuperar el tiempo inusualmente perdido en las largas décadas del comunismo. La economía local avanza aun en medio de un mar de corrupción y favoritismos, típico del autoritarismo. La pobreza sigue vigente y es ciertamente visible. Pero lentamente asoma una nueva clase media que pronto comenzará a cambiar el país, siempre desconfiando de la vecina China. Hanoi ha logrado preservar, con buen gusto, parte de su pasado edilicio. Los viejos caserones franceses de la época de la colonia siguen en pie, particularmente en el centro de la ciudad. En el oeste, en cambio, crecen nuevos edificios, de modernos perfiles. El contraste es verdaderamente notable y evidencia la transición. Las calles de Hanoi son angostas, para alojar un parque automotor ruidoso y creciente. El tráfico –nervioso– parece no tener normas ni cánones de ningún tipo. Todo vale, en medio de un creciente abarrotamiento. Ocurre que la tranquilidad de ayer está dejando paso al frenesí clásico de las grandes urbes. Quizás por ello la sensación de que hasta la limpieza, proverbial en Vietnam, es –a veces– algo escasa en Hanoi. Así y todo, un aniversario alegre, celebrando un pasado que encuentro particularmente profundo, al menos cinco veces más antiguo que el nuestro. Y con los ojos puestos en un futuro que la población de Hanoi está diseñando afanosamente con su labor de todos los días, casi sin descanso. De allí que, casi sin advertirlo, está construyendo y escribiendo su futuro. La larga rivalidad y desconfianza para con China sigue profundizándose. La disputa de soberanía sobre el Mar del Sur de China se acaba de llenar de rispidez. China ha llamado a licitación sobre áreas cercanas a la costa de Vietnam, ya licitadas y adjudicadas por este país (a Exxon y a Gazprom). La consecuencia podría ser la parálisis exploratoria, a estar al comentario del vocero de Exxon sobre esta situación: “La soberanía es una cuestión que sólo los gobiernos pueden resolver”. Y es así. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
EMILIO J. CÁRDENAS (*)