Hartazgo general

Redacción

Por Redacción

El presidente Eduardo Duhalde no es el único que está «harto» del intercambio de lindezas y de amenazas apenas veladas entre distintos representantes de su gobierno y los funcionarios del Fondo Monetario Internacional. Todos, trátese de argentinos exasperados por la prolongación de una etapa traumática o de dirigentes de otros países que quisieran ver encauzada cuanto antes una crisis que los más encuentran incomprensible, comparten el mismo sentimiento porque es evidente que es un diálogo de sordos. Mientras que el objetivo de Duhalde consiste en cambiar lo menos posible por entender que cualquier intento serio de su parte de afrontar las dificultades del país sería aprovechado enseguida en su contra por sus muchos adversarios políticos, lo que quiere el FMI es limitar al mínimo los perjuicios para la economía mundial de la implosión argentina.

Aunque el FMI tiene forzosamente que privilegiar factores macroeconómicos que a menudo parecen ajenos a las prioridades de la gente, por razones políticas le es necesario preocuparse por el futuro bienestar de los habitantes del país, de suerte que no le convendría exponerse a la acusación de ser artífice de la depauperación de millones de personas impulsando medidas que a lo sumo sólo servirían para que una Argentina arruinada, sin posibilidades de recuperarse, dejara de plantear problemas a los demás. En cambio, no existen muchos motivos para suponer que el grueso de nuestra clase política haya pensado en las implicancias a largo plazo de sus propuestas o, lo que es más frecuente, de las maniobras emprendidas a fin de asegurar que si hay «costos políticos» los encargados de pagarlos sean otros. Según parece, a nuestros dirigentes no les interesa ver más allá de las encuestas de opinión de mañana.

La negativa malhumorada del gobierno de Duhalde a procurar formular una estrategia que fuera un tanto más ambiciosa que las destinadas a permitirle sobrevivir algunos meses más está en la raíz de este extraño conflicto en el que la Argentina está enfrentándose con el resto del mundo, sin excluir a nuestros vecinos Uruguay y Brasil, países cuyos líderes sin duda aluden con mayor dureza en privado que en público a las deficiencias de sus homólogos locales. Todas las presiones, declaraciones agraviantes y manifestaciones de disgusto que han procedido últimamente de Estados Unidos y Europa se han inspirado en la frustración que ha provocado la actitud estérilmente terca que han asumido Duhalde y ciertos miembros de su gobierno en defensa de su presunto derecho a no hacer nada.

Es que dadas las circunstancias hasta un «plan» fantasioso tendría más méritos que la pasividad que ha sido la marca de fábrica de la gestión de Duhalde una vez concretada la «pesificación asimétrica». Por lo menos constituiría una señal de que el gobierno está resuelto a actuar con el vigor y la contundencia que reclama la situación del país. Sin embargo, Duhalde y sus acompañantes, casi todos vinculados con el peronismo bonaerense, han decidido concentrarse en aguantar como si fuera cuestión de una especie de competencia deportiva, no del gobierno de un país que hasta hace poco era considerado uno de los más prometedores del mundo pero que para estupor tanto de sus propios habitantes como de los extranjeros ha optado por aferrarse a la parálisis, resignándose a ser gobernado por personas que, sin tratar de disimularlo, anteponen sus intereses corporativos a aquellos del conjunto. Como es natural, los responsables del FMI -los que, no lo olvidemos, cuentan con el respaldo de todos los gobiernos del Primer Mundo, ninguno de los cuales ha estado dispuesto a romper filas para ayudarnos antes de que la auditoría nos haya otorgado su sello de aprobación- se han sentido desconcertados por las tácticas negociadoras novedosas de los duhaldistas. En muchas ocasiones, se han visto desafiados por gobiernos consustanciados con credos económicos heterodoxos, pero hasta ahora no les ha tocado tratar con uno que se haya enorgullecido de su incapacidad para formular planes coherentes, erigiéndose en paladín del derecho soberano de los países manejados por ineptos de recibir los paquetes de ayuda internacional que tradicionalmente van a los que al menos intentan trabajar con cierta racionalidad.


El presidente Eduardo Duhalde no es el único que está "harto" del intercambio de lindezas y de amenazas apenas veladas entre distintos representantes de su gobierno y los funcionarios del Fondo Monetario Internacional. Todos, trátese de argentinos exasperados por la prolongación de una etapa traumática o de dirigentes de otros países que quisieran ver encauzada cuanto antes una crisis que los más encuentran incomprensible, comparten el mismo sentimiento porque es evidente que es un diálogo de sordos. Mientras que el objetivo de Duhalde consiste en cambiar lo menos posible por entender que cualquier intento serio de su parte de afrontar las dificultades del país sería aprovechado enseguida en su contra por sus muchos adversarios políticos, lo que quiere el FMI es limitar al mínimo los perjuicios para la economía mundial de la implosión argentina.

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