«Hay que desalojar el prejuicio con que nos manejamos»
Ex rector de la Universidad Nacional de Córdoba. En su libro último -"Repensar América Latina"- propone que el continente busque mirarse hacia adentro en procura de establecer una identidad más acorde con su historia.
– En su libro, usted sostiene que para repensar América Latina hay que cambiar de mirada sobre nosotros mismos, inclusive poniendo bajo lupa la fiabilidad de observaciones acumuladas ¿Esta necesidad viene de la fatiga de fracasos que arrastramos?
– Viene desde la dialéctica que sacude a nuestro tiempo. Estamos ante un desplazamiento vertiginoso de un orden histórico. Los datos de este fenómeno son por demás elocuentes. Con solo mirar lo sucedido a partir de 1989, se percibe rápidamente que envejecieron muchos de los instrumentos con los cuales veníamos interpretando la realidad. En consecuencia, se requiere de nuevos instrumentos para desmenuzar la realidad y construir perspectivas. Estamos inmersos en la sociedad del «puro movimiento», sociedad muy atada a lo que en el libro llamo el «consumo descartable», que como fenómeno condiciona incluso una renovación estética perpetua. Esto está muy claro en el arte que predomina o consume hoy la sociedad, por tomar un ejemplo.
– Siguiendo ese razonamiento, si Goya viviese y pintase ahora los fusilamientos de «El Tres de Mayo de 1808», ¿sería muy reducida la atención que le prestarían?…El hombre de la camisa blanca y la lámpara que tanto atraen en ese cuadro, sumarían cero…
– No sé cuál sería la actitud ante esa posibilidad, pero sí noto que lo imperante en la sociedad actual, en lo que a miradas se refiere, es el movimiento, la imagen instantánea… o mucho más. Yo digo en el libro que todo se consuma y consume con y en la propia mirada. Y lo que es movimiento, no se fija… pasa y sigue.
– ¿Hay que inferir que de la sociedad del «puro movimiento» al vacío analítico, no media nada?
– Sí, hay un inmenso vacío analítico. Y las ciencias sociales, en las cuales me muevo, deben hacer cargo sobre el tema… les concierne. Tenemos que superar restricciones en las que nos movimos quienes nos interesamos por el desarrollo de las ideas.
– ¿Restricciones impuestas por esquemas preconcebidos, ideológicos?
– Inclusive ideológicas, pero también es cierto que no devienen de un único punto. Hay que entender lo que nos sucedió como sociedad nacional y latinoamericana. Toda esa madeja hay que entenderla a partir de revisar las ideas y proposiciones con las que se viene examinando la evolución de nuestras sociedades. En el libro digo que entender eso no es una tarea sostenida por un ejercicio abstracto de pura lógica de consistencia del discurso académico. No, no. Hay que trabajar en el tema desde muchos lados: la historia, la subjetividad… las tensiones que son propias de la evolución de nuestros países, etcétera y más etcéteras.
– Eso implica ir contra lo que suele aún ser muy habitual a la hora de explicarse la evolución de nuestra historia: el reduccionismo de causas.
– Ni más ni menos. Es realmente primario avanzar en una explicación desde el sentido o la causa única.
– Cuando en su libro usted explora las ideas y proposiciones con que fuimos interpretados los latinoamericanos, emerge casi como «disgustado» con Europa… con los dictados del eurocentrismo sobre nuestras sociedades. Desde esta perspectiva, su libro alienta el recuerdo de aquello del Bolívar de García Márquez, cuando se irrita ante los consejos del francés Bonplan y le responde: «Déjennos hacer nuestro propio medioevo». ¿Qué lo perturba de la mirada europea sobre Latinoamérica?
– No, no… no estoy disgustado. Tam
poco me perturba esa mirada. Yo reflexiono desde una realidad palpable: no bien sucedido el descubrimiento, Europa trata de entender lo que tiene ante sí -o sea, esto que a la larga será América Latina- a partir de la propia mitología europea. Desde este punto de arranque, implícitamente, los europeos desconocen que están ante civilizaciones y culturas que tienen sus propias consistencias, sus propias y bien formadas identidades, propios mitos y su propia simbología, etcétera. Los europeos se hacen los gallos ciegos. Y esto se refleja incluso en el siglo XIX cuando, por caso, Hegel sostiene que América Latina no puede alcanzar lo «absoluto» -para decirlo en términos de Hegel- porque este continente no tiene historia. Una apreciación injusta, porque hasta que llegó la conquista aquí había historia y de la muy rica. Pero Hegel la ignoraba. No la conocía ni la imaginaba. Yo digo en el libro que lo suyo era «apropiación del Logos desde una región europea que involucraba un planeta tan ignorado como desconocido».
– Bueno, pero admitamos que en algo Hegel no se equivocó, porque en sus «Lecciones preliminares de filosofía de la historia», acierta cuando sostiene que América Latina es una tierra impregnada de golpes de Estado, caudillismo, militarismo…
– Sí, sí… no lo niego. Esa es también la visión que Marx, por caso, tiene de Simón Bolívar. Lo define algo así como un caudillo sátrapa lleno de defectos que no le augura nada bueno a América Latina… A todo este tipo de pensamiento europeo, la independencia misma del continente se le presentó como una interrupción del proceso civilizador… Pero mire, todavía en el siglo XX, la primera y fantástica construcción de la historia… «Historia de las Civilizaciones», que escribe Toymbe, todavía allí no se registran las civilizaciones indoamericanas. Recién ahora, ya sobre fines del siglo XX, Helio Jaguaribe sitúa en el rango de coexistencia a las tres grandes civilizaciones indoamericanas con las grandes civilizaciones mediterráneas y otras.
– ¿Qué conclusión saca del sesgo que tiene el pensamiento eurocentrista sobre esa pila de siglos?
– Que a los europeos les costó aceptar la existencia de civilizaciones y culturas, que siendo diferentes a las propias tuvieran identidad muy definida. El eurocentrismo les negó toda consideración en términos de civilización.
– ¿Fue un negar neutro?
– En el campo de las relaciones no hay nunca un negar del otro que sea neutro. La negación de los europeos se fundó en la necesidad de aplastar a las civilizaciones-testimonio e instalar aquí una única mirada: la del conquistador. Por mucho de todo esto que nos viene de nuestra historia como continente, es que hoy los latinoamericanos tenemos que repensarnos como bloque histórico, y desde ahí ver cómo seguir en la historia. Si nosotros no lo hacemos, alguien seguramente dirá qué tenemos que hacer.
– ¿Cómo avanzar en ese rumbo?
– Nada será fácil. Por lo pronto, hay que forjar cultura para que desalojemos de nosotros el prejuicio con que nos manejamos en toda América Latina…
– Tarea compleja es ir contra una cultura que por momentos parece cada vez más arraigada. ¿O no?
– Sí, en momentos de crisis y consecuentes degradaciones, el prejuicio se expresa con mucha fuerza. Pero hay que luchar contra el prejuicio. Es imprescindible para construir lazos de solidaridad sólidos. En el libro hablo de los prejuicios de índole racial, pero también hay que luchar contra los de índole cultural, que confunden los discursos.
– Usted dice en un tramo del libro que
las miradas que nos miran no son erróneas por exógenas… ¿O sea, el error está en la conclusión que se extrae de esas miradas?
– Por eso y por el prejuicio en que se funda esa mirada… El prejuicio eurocentrista sobre nosotros está muy amortiguado, es cierto. Pero no lo es menos que subsiste. ¿O en España no le dicen «sudacas» a los sudamericanos? Mire, luchar contra el prejuicio en cualquier parte del planeta es una condición imprescindible para mejorar la calidad de relación del conjunto. Ese es el valor de esa lucha.
– Estamos hablando mucho de «repensar» lo que somos en América Latina, pero ¿qué alcance tiene ese «repensar»?
– Por lo pronto es redescubrir, buscarnos desde la especificidad de nuestras identidades, nuestras culturas y prácticas sociales, todo en el marco de una diversidad dinámica, de aceptación del otro. De ahí en más, encontrarnos con Europa, no desde el legado de sus fundamentos conquistadores, sino de todo lo que podemos hoy tener en común. Europa también tiene responsabilidades del estilo con el que se definieron muchas cosas en América Latina.
– Cada vez que se reflexiona desde esa perspectiva, emerge el caso de Francia. Hace 40 años cometió atrocidades terribles en Argelia, y en en ese mismo tiempo las exportó a Argentina como mecanismo de represión. Fue ayer nomás, no hablamos de la Revolución Francesa. Nosotros sacamos todo afuera en esa materia y legítimamente Francia denunció las violaciones a los derechos humanos que se producían aquí. Pero allá, recién hace dos años se reconoce lo que ellos cometieron en Argelia, y esto es porque sus torturadores y asesinos cuentan sus memorias. Recién después, el reconocimiento oficial y la disculpa debida a los argelinos. Usted vivió muchos años en Francia, ¿qué le sugiere esa conducta?
– Bueno, ese disimulo y sanción forman parte de cierta cultura europea que bien podría definirse como que lo que hacen los demás está mal, pero si lo hacemos nosotros, está bien. Pero lo importante es que cada uno a su tiempo, aquí y allá, reconoce que en un tramo de la historia operó mal.
– Volvamos al descubrimiento de nosotros mismos que usted propone. Avanzar en esa línea implica mantener vivo el paradigma de la educación como núcleo imprescindible para facilitar la reflexión. ¿Pero no está quebrado en nuestro continente el paradigma de la educación?
– Bueno, sucede que la crisis del paradigma educativo está en directa relación con la necesidad de redefinir su sentido y su práctica en el marco del proceso de cambio de la mirada sobre nosotros mismos que tenemos que hacer.
– De la lectura de su libro se extrae una pregunta: ¿usted duda de los logros que tuvo en estas sociedades la expansión del sistema educativo?
– El tema es así: hay generaciones enteras que, en sus más y sus menos, lograron hacer hacer de la educación pública una formidable herramienta de inserción social y consecuente movilidad. Si uno mira el proceso de alfabetización de América Latina percibe que, al margen de Haití, la alfabetización fue un esfuerzo que tiene mucho de parejo e intenso en todo el continente. Pero también es cierto que todo ese proceso se tornó impotente a la hora de defender a sus portadores del flagelo del desempleo y la exclusión que implica no lograr más empleo….Tener un título puede no valer nada, ser estéril…
Carlos Torrengo