Hemos progresado
Análisis
Carlos torrengo carlostorrengo@hotmail.com
Octubre de 1978. Un almirante argentino llega clandestinamente a Lima. Misión: en nombre de la dictadura militar argentina informar a la dictadura militar peruana que nuestro país camina hacia la guerra con Chile, gobernado por otra dictadura. Razón: el diferendo del canal de Beagle. Pero no se agota ahí la misión del marino. Con cautela, debe sondear el espíritu del poder militar peruano para, en el marco de la guerra que toma forma, inquiete a Chile en la frontera que comparten ambos países. ¿Cómo? Movilizando sus por entonces modernas unidades blindadas. Y sus modernos cazas Sukhoy. Todo material provisto por la URSS menos de una década atrás. Situar toda esa ferretería en la provincia de Tacna, en el sur peruano. Ahí, cara a cara con la provincia chilena de Arica. El nombre de ese espacio estruja el corazón de los peruanos. A puro coraje, bayoneta y cañón, Chile les arrrebató Arica en el siglo XIX. Guerra en la que Bolivia perdió su salida al mar. El objetivo argentino abrevaba entonces en el sentimiento de desgarro peruano. Y tenía su sentido estratégico: que Chile se preocupara por su frontera norte. Movilizara fuerzas. Y así, quizá, debilitara su poder en la Patagonia, teatro clave del choque con la Argentina. La dictadura peruana aceptó el convite de sus pares argentinos. Y con escasa discreción, desplegó escalonadamente su parafernalia. Chile, cauto, tenía prevista la maniobra. Entonces, colocó a uno de sus mandos más formados –general Torres– en el Norte. Más de 20.000 hombres desparramados entre el desierto y salitre. Consigna: aguantar la embestida. Pero no hubo embestida porque no hubo guerra. La racionalidad de unos pocos mandos argentinos y la prudencia del Chile de Augusto Pinochet se impusieron entre sus propios guerreros. Luego, la historia conocida: la mediación del Vaticano. Y la resistencia de la dictadura argentina en aceptar el fallo desfavorable. Pero hubo Malvinas. Y la democracia, aquí y más allá, ganó la partida. La vida se impuso a la muerte. Y ahora, a muchos años de aquellas tormentas de guerra, Chile y Perú renuevan el pacto con la vida. Aceptan el fallo de la Corte Internacional de Justicia sobre un diferendo que lleva un siglo. Hemos progresado.