Hijos
Unas semanas atrás, Ignatius Loier faltó al trabajo. Fue un miércoles de esa primavera adelantada que abrigó Buenos Aires. Era mediodía y, en un enorme jardín, no tomaba sol: acompañaba a un gran amigo que a los 31 años se quedó huérfano. En medio de la solemnidad tuvo lugar para una íntima emoción. Una ebullición interna lo conmovió cuando el cajón era sepultado. Detrás de las gafas negras no se le notó. Pero al día siguiente le contó a su amigo que haber estado con su hija en el velorio lo había hecho reflexionar sobre unas cuantas cosas, “más allá de la huevada obvia sobre el ciclo de la vida, los que se van y los que vienen”. –Una vez más me pregunté para qué uno tiene hijos –le dijo Loier–. Para no estar solo de viejo, para cumplir con un mandato social, para recuperar el gusto por jugar como cuando éramos chicos… –Hay gente que los tiene con la idea de consolidar o encaminar un matrimonio. Para huir de su casa. O porque es lo que toca: casamiento, casa, auto y, bueno, sigue un hijo. Ni se lo preguntan, lo hacen. Incluso, como una manera de protegerse, casi instintiva. –Un amigo no quiere hijos porque no tiene esperanza en el mundo, cree que sería seguir sumando problemas –dijo Loier. –Eso es medio de cagón, suena a excusa. Además, se puede aplicar a casi todo lo quieras encarar y tenga riesgo de error. Una amiga dice que ella siempre supo que va a ser madre, entre otras razones, porque tiene ese superpoder mágico de fabricar hijos. Cuando le hablo de los hijos y el mundo, se enoja y me grita que un hijo no es plantar un árbol: “Hay que ser realistas. Ser idealistas tiene buena prensa pero es una porquería”, dice ella. Tener hijos es tener esperanza en el futuro. –En mi caso –dijo Loier–, buena parte de mis razones tiene que ver con traer al mundo a alguien que sume, que llegue a ser una buena persona. Criando o intentando criar una buena persona uno hace un aporte enorme, mucho más grande de lo que cree, a la humanidad. Suena grandilocuente pero creo que es así. Y más aún cuando uno ve el daño que hacen quienes están del lado más oscuro de la vida. –Tendría hijos porque es una experiencia que quiero vivir, creo que debe ser grandioso. Lo veo, o más bien lo anhelo, como parte del proceso evolutivo de una relación sana de pareja. Y sé que esto no es la norma. Igual, en este contexto pesimista también me parece lindo confiar en un futuro mejor, apostar. Pero mi amiga dice que tengo un pensamiento de 1920. –Cuando hablo de un aporte al mundo –interrumpió Loier– no pierdo de vista que un hijo tiene su vida propia y es imperfecto por definición, porque es humano. –Pero lo humano puede, aunque no siempre lo haga, producir cosas maravillosas. Mirá los viejos de Lennon: el mundo fue y es un lugar mejor con la música de los Beatles.
Juan Ignacio Pereyra