Hipocresía rutinaria

Redacción

Por Redacción

Tal y como viene sucediendo desde hace varias décadas, el que la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, entidad que tiene su sede en Ginebra, esté por celebrar su ?debate? anual en torno de la situación imperante en Cuba, ha motivado fuertes intercambios de opinión en nuestro país sobre la conveniencia o no de seguir votando por una condena o abstenerse. Como ya es tradicional, los más inclinados a cohonestar la persecución feroz de todo síntoma de disenso que sea registrado en la isla son personajes que suelen afirmarse horrorizados ante cualquier atropello real o aparente a los derechos humanos que se produce aquí, mientras que quienes impulsan una condena incluyen a individuos habitualmente favorables a ?la mano dura? y que nunca se han preocupado en absoluto por los derechos ajenos. Los motivos de tanta hipocresía no constituyen un misterio. Sucede que a muy pocos les importa el destino de los cubanos: desde su punto de vista, no son ?hermanos? sino meras abstracciones. Para la mayoría, no se trata de oponerse a la conducta del régimen más brutal del hemisferio occidental o de reivindicarla, sino de la relación de la Argentina con Estados Unidos. En efecto, a juicio de muchos radicales, progresistas, militantes izquierdistas, peronistas nacionalistas y otros, apoyar a Fidel es un deber porque en opinión de estos paladines de la democracia latinoamericana el que sea considerado un enemigo de Estados Unidos es de por sí más que suficiente como para justificar cualquier acto de represión interna, por salvaje que éste fuera.

Consciente de que aprovechar la oportunidad para hacer gala de sus sentimientos antinorteamericanos podría permitirle congraciarse con los ?progresistas? locales que dominan tantos medios de difusión, el presidente interino Eduardo Duhalde ha dejado saber que está pesando las ventajas de modificar la actitud argentina, la que desde hace muchos años ha sido de condena a las violaciones de los derechos humanos en Cuba, optando por la abstención. Tal cambio le habría resultado relativamente fácil si en Cuba se hubieran dado algunas señales de que por fin la dictadura ha comenzado a mostrarse un poco más tolerante para con los intelectuales opositores pero, de más está decirlo, esto no ha ocurrido. Por el contrario, el régimen, a sabiendas de que la ?comunidad internacional? miraba fijamente hacia Irak, se ha endurecido notablemente. Ayer fueron fusilados tres hombres luego de un juicio sumarísimo por haber secuestrado una lancha una semana antes. Asimismo, acaban de recibir sentencias draconianas, de entre 12 y 27 años de reclusión en las fétidas cárceles castristas, 43 disidentes por el crimen de no compartir las ideas totalitarias propias de la dictadura. De aplicarse la misma lógica perversa en nuestro país, los únicos políticos e intelectuales que conservarían su libertad serían aquellos que no vacilarían en reivindicar la metodología ?antisubversiva? que fue empleada por la dictadura militar con tal de que las víctimas pudieran ser calificadas de ?mercenarios? supuestamente vinculados con Estados Unidos.

Tanto aquí como en el resto de la región abundan los que hablan sin cesar de la ?solidaridad latinoamericana?, cuando lo único que tienen en mente es encontrar un pretexto para solidarizarse con su dictador favorito, Fidel. Para los que piensan de este modo, el simbolismo supuesto por oponerse a iniciativas, por dignas que ellas fueran, que podrían complacer a Washington, vale infinitamente más que la libertad para votar, opinar o viajar de los cubanos. Tan obsesionados están por su hostilidad hacia Estados Unidos que les parece perfectamente natural traicionar a latinoamericanos de carne y hueso, negándoles su ayuda cuando más lo necesitan y brindando su apoyo moral a los matones de una dictadura decididamente más despiadada que la encabezada por Jorge Rafael Videla, contribuyendo así a asegurar que los años finales del castrismo sean más brutales de lo que sería el caso si no hubiera ninguna duda de que los cubanos oprimidos pudieran contar con la plena solidaridad de todos los pueblos libres del continente. Por cierto, la eventual transformación de la tiranía castrista en una democracia como la de la Argentina no les gustará del todo: para tales personajes, sería mejor que los cubanos quedaran para siempre bajo las botas de un régimen que tiene el mérito a sus ojos insuperable de ser antinorteamericano.


Tal y como viene sucediendo desde hace varias décadas, el que la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, entidad que tiene su sede en Ginebra, esté por celebrar su ?debate? anual en torno de la situación imperante en Cuba, ha motivado fuertes intercambios de opinión en nuestro país sobre la conveniencia o no de seguir votando por una condena o abstenerse. Como ya es tradicional, los más inclinados a cohonestar la persecución feroz de todo síntoma de disenso que sea registrado en la isla son personajes que suelen afirmarse horrorizados ante cualquier atropello real o aparente a los derechos humanos que se produce aquí, mientras que quienes impulsan una condena incluyen a individuos habitualmente favorables a ?la mano dura? y que nunca se han preocupado en absoluto por los derechos ajenos. Los motivos de tanta hipocresía no constituyen un misterio. Sucede que a muy pocos les importa el destino de los cubanos: desde su punto de vista, no son ?hermanos? sino meras abstracciones. Para la mayoría, no se trata de oponerse a la conducta del régimen más brutal del hemisferio occidental o de reivindicarla, sino de la relación de la Argentina con Estados Unidos. En efecto, a juicio de muchos radicales, progresistas, militantes izquierdistas, peronistas nacionalistas y otros, apoyar a Fidel es un deber porque en opinión de estos paladines de la democracia latinoamericana el que sea considerado un enemigo de Estados Unidos es de por sí más que suficiente como para justificar cualquier acto de represión interna, por salvaje que éste fuera.

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