Horror en Noruega
No bien se hizo evidente que el responsable del coche-bomba en el centro de Oslo y, lo que fue mucho más terrible, de la matanza de casi setenta jóvenes laboristas en la pequeña isla de Utoya (cercana a la ciudad), no fue un islamista sino un noruego nacionalista hostil al islam, muchos comenzaron a atribuir las atrocidades que perpetró a quienes se han manifestado preocupados por las consecuencias en Europa de la inmigración masiva de las décadas últimas. No les ha sido difícil, ya que en un manifiesto larguísimo, de 1.500 páginas escritas en inglés, que difundió por internet poco antes de cometer los atentados más sanguinarios que haya conocido Noruega desde la Segunda Guerra Mundial, Anders Behring Breivik citó copiosamente a muchos autores de blogs, artículos periodísticos y libros muy críticos del islam, el multiculturalismo, la corrección política y la actitud a su juicio complaciente de las elites políticas europeas y norteamericana. Pero no se trata de actitudes limitadas a la “ultraderecha”. Las comparten no sólo la mayoría de los ciudadanos comunes europeos sino también la canciller alemana Angela Merkel, el primer ministro británico David Cameron y el presidente francés Nicolas Sarkozy que hace poco coincidieron en que el “multiculturalismo” había fracasado y que la formación de grandes comunidades musulmanas sí planteaba muchos problemas, razón por la que en algunos países se ha aprobado legislación que prohíbe el uso del burka islámico. En cuanto a la brecha entre “las elites” y los demás que figura en el escrito del asesino, también se ve denunciada por los nada derechistas “indignados” españoles que, hace un par de días, celebraron una manifestación en el centro de Madrid con carteles que rezaban “Elites, cortadas del pueblo”. Que militantes de la izquierda europea hayan procurado aprovechar lo hecho por Breivik para advertir contra los riesgos acarreados por el giro hacia la derecha que se ha dado en muchos países del viejo continente puede entenderse; de haberse tratado de un ultraizquierdista, los conservadores hubieran reaccionado del mismo modo. Pero si lo que quieren es impedir que se discutan los problemas sociales ocasionados por la inmigración en gran escala de comunidades de valores distintos de los tradicionales, sus esfuerzos serían contraproducentes porque servirían para intensificar la sensación de que a la clase política no le interesan las opiniones de la gente común. Como tantos otros terroristas solitarios, comenzando con el extremista ecológico estadounidense que se llamaba “Unabomber”, Breivik tomó preocupaciones ampliamente difundidas por evidencia que muchos apoyarían la “guerra preventiva” contra el statu quo que cree haber iniciado. Parecería que se ha equivocado, ya que la reacción de sus supuestos aliados frente al atentado en Oslo y la masacre de jóvenes en un campamento del laborismo oficialista ha sido de horror sin atenuantes. Durante buena parte del siglo XX, Europa fue asolada por adherentes de ideologías fascistas, comunistas y nacionalistas, persuadidos de que sus convicciones les daban el derecho a matar a decenas de millones de personas, de suerte que es natural temer que con Breivik haya irrumpido una variante nueva de tales credos. Por fortuna, no se dan demasiados motivos para suponer que Europa esté en vísperas de un estallido de odio equiparable con los que causaron tanto dolor en el pasado no tan lejano. Hasta ahora los servicios de inteligencia no han detectado organizaciones significantes de ultraderecha dispuestas a llevar a cabo actos de terrorismo, pero de resultar que Breivik no recibió la ayuda de nadie el peligro sería aún mayor. El que un fanático presuntamente aislado haya podido matar a casi ochenta personas en un país tan tranquilo como Noruega y que otros, de ideas parecidas o diametralmente opuestas pudieran verse tentados a emularlo enfrenta a los responsables de la seguridad ciudadana con un desafío sumamente difícil. Sus agentes están acostumbrados a infiltrar células terroristas o, al menos, a mantenerse al tanto de lo que están haciendo, pero ni siquiera en un país totalitario podrían familiarizarse con el pensamiento de cada individuo o distinguir entre los muchos que tienen ideas extravagantes sin que se les ocurriera actuar en consecuencia por un lado y, por el otro, aquellos que, como Breivik, son plenamente capaces de hacerlo.