Huerfanito
Juan Ignacio Pereyra pereyrajuanignacio@gmail.com
–Che, ¿qué van a hacer en las fiestas? –preguntó Isidoro Reyes. –Pasamos con la familia de ella y la mía, obvio, ¿por qué? –respondió Ignatius Loier. –Qué sé yo, para saber… –Mirá, ya empieza a dar lástima el huerfanito. El silencio se apoderó del ambiente. Acostumbrado a un coro de risas tras sus chistes, Loier se dio cuenta de que esta vez algo no había funcionado. Su mujer lo acuchilló con la mirada. Reyes, en general un contestador incorregible, se quedó callado. Latana Buendía le agarró la mano y, en una mueca indefinida, osciló entre una tenue sonrisa y la pena. “¡¿Cómo le vas a decir eso?! ¡Sos un animal!”, lo retó a Loier su mujer. Pocas horas antes, Reyes había comenzado a experimentar la orfandad a la que Freud se refiere como la fecha más importante en la vida de un hombre: el día que muere su padre. La desaparición de su progenitor es también el reflejo de un espejo en el que el hombre se enfrenta a su propia muerte, un recordatorio más de que nadie es inmortal. Luis Chiozza, ese psicólogo que para Reyes es una eminencia poco explorada, dice que los padres al morir dan la última lección a sus hijos y que la forma en que se van completa la educación que les dan. “Comprendemos, de una manera nueva, el doloroso significado de la expresión ‘nunca más’”, sostiene. Y afirma que, aunque sea adulto, el hombre se siente huérfano. Reyes tenía la sensación de que en cámara lenta había recibido un piña de la que, a lo largo de la enfermedad de su padre, había tenido sobrados avisos que llegaría. Concluyó, por un momento, que los duelos anticipados no siempre eliminan la potencia de los actos biológicos. Pensó en esa frase que dice que sin los padres se empieza a ser un hombre. Entendió que, en medio de ese contexto, el humor de su querido amigo fue como si le hubieran pegado otra cachetada –más suave– pero mientras dormía la siesta. Tres meses después, en la semana de las primeras fiestas de Reyes como “huerfanito”, recordaron aquel episodio. Loier, convencido de que no había dicho nada desatinado, hizo su descargo: “Yo lo quiero mucho a Reyes y solo hago estos chistes con mi familia, en la que hubo muchas muertes tempranas y me acostumbré a ese tipo de humor”. Hablaron sobre el humor como catalizador del dolor. Indagaron acerca de si frente a la tragedia el humor funciona como un modo voluntario de enfrentarla o si es que no hay otro remedio más efectivo. Coincidieron en que es también una manera de subvertir la fatalidad y la tristeza. Un atajo para atravesarlas y digerirlas. Una alternativa para evitar el naufragio ante las preguntas que demoran o no encuentran una respuesta. La posibilidad de elegir la sonrisa y no el drama. –Se llora de reír pero no se ríe de llorar –dijo Reyes. –Para Pirandello –citó Loier– el humor viene de una cuidadosa reflexión que genera una suerte de compasión, dando lugar a una sonrisa comprensiva. –Dale, pedile perdón –le exigió a Loier su mujer. –Bueno, si te molestó te pido perdón –dijo Loier a regañadientes. –Así no se pide perdón –lo pellizcó su mujer. –Perdoname Isidoro. –Tampoco me lo ordenes –dijo Reyes. –¿Me perdonarías? –Claro que te perdonaría… pero no sé si lo voy hacer.