Humildad excesiva

Redacción

Por Redacción

En otros tiempos, el gobierno nacional de turno, lo mismo que la mayoría de los dirigentes políticos, sin excluir a los opositores, se esforzaba por convencer al resto del mundo de que la Argentina era un país pujante, culto y sin más problemas que los habituales en todas partes, pero el encabezado por Eduardo Duhalde parece tener ideas muy distintas. Lejos de querer minimizar nuestras dificultades, cuando no habla para el consumo interno se ha mostrado propenso a subrayarlas por suponer que de este modo logrará conmover al FMI y las autoridades estadounidenses para que le manden «dólares frescos». Aunque el gobierno duhaldista no cuenta con la aprobación de más que una minoría reducida, son muchos los ciudadanos que están dispuestos a colaborar con su intento de hacer que la Argentina figure como un país víctima que no está en condiciones de hacer frente a circunstancias adversas: como es notorio, oscilar entre la euforia triunfalista y la depresión autodenigrante es una costumbre arraigada.

Si sólo fuera una cuestión de la voluntad férrea de los dirigentes de analizar el estado del país sin concesiones de ninguna clase, podría considerarse positivo el pesimismo que lo ha dominado a partir de mediados del año pasado, pero en verdad es tan poco realista como eran las fantasías anteriores. Mientras duró la euforia, tanto los políticos como muchos otros actuaban como si creyeran que por haber sido la Argentina «condenada al éxito», para citar a Duhalde, no les sería necesario hacer algo. Ya que el pesimismo extremo es considerado de rigor, las mismas personas siguen haciendo gala de su pasividad atribuyéndola a que la situación es tan atroz que esforzarse sería totalmente inútil. De más está decir que el escapismo así supuesto se ha visto reflejado en la conducta de los políticos más ambiciosos que según parece han elegido dedicarse por completo a las internas y a las maniobras preelectorales. En lugar de cerrar filas para que el país pudiera disponer de un auténtico gobierno de transición, han continuado exagerando sus diferencias mutuas.

El interés al parecer escaso del gobierno duhaldista por la reputación internacional del país nos ha costado mucho más que algunos comentarios ácidos formulados por candidatos presidenciales brasileños, banqueros alemanes, funcionarios estadounidenses y voceros del FMI. También habrá contribuido a que las autoridades españolas hayan comenzado a someter a visitantes argentinos a una especie de examen financiero en los aeropuertos con el propósito de devolver enseguida a Ezeiza a los considerados insolventes. Asimismo, la Justicia danesa se ha negado a permitir que un argentino radicado en Dinamarca traiga de visita al país a sus dos hijas por suponer que la Argentina es demasiado riesgosa. En otras palabras, en Europa está consolidándose la idea de que la Argentina es un país tan miserable y violento, que convendría ponerla en cuarentena. Se trataría de una imagen en buena medida subjetiva -al fin y al cabo, en muchas zonas de Europa y de Estados Unidos las condiciones sociales no son tan diferentes-, que podría suponernos muchos problemas adicionales.

Nadie ignora que el corralito y el default festivo acompañado por un colapso económico fueron una catástrofe, pero por una multitud de motivos le convendría al país que la clase política en su conjunto entendiera que a más de nueve meses de la debacle ya debería haberse recuperado de la consternación inicial para afrontarla con madurez y entereza. Por injusto que les parezca, la colaboración externa no se concretará porque otros nos sientan lástima, sino de resultas de la convicción de que a pesar de las dificultades la Argentina posee los recursos humanos precisos para reencauzarse. Por fortuna, en el país hay muchos sectores que han rehusado bajar los brazos y que están logrando adaptarse a las circunstancias, de ahí las mejoras relativas que se han producido en los meses últimos, pero los resueltos a no dejarse abrumar por la situación en la que nos encontramos aún no incluyen a muchos políticos, sin duda porque con las elecciones en el horizonte la mayoría cree que el pesimismo extremo les resultará más provechoso que la voluntad de afrontar los problemas más graves con el propósito realista de solucionarlos o, por lo menos, atenuarlos.


En otros tiempos, el gobierno nacional de turno, lo mismo que la mayoría de los dirigentes políticos, sin excluir a los opositores, se esforzaba por convencer al resto del mundo de que la Argentina era un país pujante, culto y sin más problemas que los habituales en todas partes, pero el encabezado por Eduardo Duhalde parece tener ideas muy distintas. Lejos de querer minimizar nuestras dificultades, cuando no habla para el consumo interno se ha mostrado propenso a subrayarlas por suponer que de este modo logrará conmover al FMI y las autoridades estadounidenses para que le manden "dólares frescos". Aunque el gobierno duhaldista no cuenta con la aprobación de más que una minoría reducida, son muchos los ciudadanos que están dispuestos a colaborar con su intento de hacer que la Argentina figure como un país víctima que no está en condiciones de hacer frente a circunstancias adversas: como es notorio, oscilar entre la euforia triunfalista y la depresión autodenigrante es una costumbre arraigada.

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