Impaciencia peligrosa

Redacción

Por Redacción

Desde el punto de vista de los mandos militares angloamericanos, la guerra contra Saddam Hussein está avanzando a un ritmo que les parece más que satisfactorio: en menos de una semana conquistaron buena parte del territorio iraquí y se aseguraron el dominio absoluto del aire sin sufrir demasiadas pérdidas propias ni causar la muerte de tantos civiles como muchos habían previsto. Desde el punto de vista del grueso de los medios de comunicación, tanto los angloamericanos como los del resto del mundo y por lo tanto de los políticos, en cambio, la campaña resultó ser inesperadamente difícil, las pérdidas han sido grandes, los «errores» que ocasionaron la muerte de civiles fueron imperdonables y la resistencia iraquí ha resultado ser tan fuerte que parecería que a pesar de -o a causa de- su brutalidad, Saddam disfruta del apoyo entusiasta de la mayoría abrumadora de sus compatriotas.

Hasta hace muy poco, la interpretación militar de la evolución de la guerra en Irak hubiera importado mucho más que la adoptada por los medios porque, antes de difundirse los detalles de los desastres, fracasos y tragedias personales, la lucha ya hubiera terminado. En la actualidad, empero, los militares aliados tienen que preguntarse a cada momento cuál será la reacción de la opinión pública nacional e internacional ante episodios que pueden aún estar en marcha a sabiendas de que cualquier duda o ambigüedad de su parte será aprovechada enseguida por los deseosos de hacer pensar que son incompetentes, cuando no asesinos inhumanos. Como si esto no fuera suficiente, ya sabrán que los medios suelen ser perfeccionistas: a juicio de un militar experimentado, el que una ciudad haya sido tomada no quiere decir que todos los focos de resistencia hayan sido eliminados, pero en opinión de un comentarista televisivo la presencia de un solo francotirador bastaría como para descalificar los informes oficiales.

Por estar en contra de esta guerra la mayoría fuera de Estados Unidos y el Reino Unido, países en los que quienes se le oponen frontalmente todavía constituyen una minoría, el facilismo que caracteriza a virtualmente todos los medios de comunicación, incluyendo a los que en términos generales están en favor de la invasión por creer que es necesario poner fin cuanto antes al régimen de Saddam, no ha motivado demasiados comentarios, pero la impaciencia así manifestada, el deseo de que todo concluya prolijamente en un lapso sumamente breve, no puede sino plantear graves problemas a los gobernantes de las principales potencias occidentales. Si bien George W. Bush y Tony Blair insisten en que nada los hará retroceder aunque la guerra dure varios meses, de fortalecerse mucho más la oposición interna podrían verse ante la opción ya de conformarse con un arreglo que Saddam o sus simpatizantes pudieran tomar por un triunfo, ya de dejar de preocuparse por las bajas civiles por querer una victoria casi inmediata. Ambas «salidas» tendrían resultados devastadores.

Dadas las circunstancias, el mejor desenlace sería un triunfo rápido y relativamente incruento de las armas anglonorteamericanas que serviría para tranquilizar a quienes temen que el mundo está por precipitarse en un período signado por la anarquía. Un final negociado sería celebrado por muchos que son contrarios a esta guerra, pero de propagarse por el Medio Oriente y otras zonas del mundo la convicción de que los norteamericanos ni siquiera están en condiciones de derrotar a un régimen tiránico como el de Saddam Hussein en un país atrasado como Irak, las consecuencias serían con toda seguridad nefastas. Asimismo, una victoria fulminante lograda a costa de la vida de centenares de miles de civiles inocentes podría abrir una brecha insalvable entre las potencias anglosajonas por un lado y el resto del mundo, sobre todo los países musulmanes, por el otro, eventualidad que sólo convendría a quienes han hecho de su odio hacia Estados Unidos una obsesión. Por eso, la impaciencia extrema que, por ignorancia, falta de perspectiva histórica, antinorteamericanismo instintivo o la costumbre de asumir siempre una postura crítica, están generando tantos medios de difusión tendría secuelas sumamente desafortunadas si incide en la evolución de una guerra que, bien que mal, ya es una realidad.


Desde el punto de vista de los mandos militares angloamericanos, la guerra contra Saddam Hussein está avanzando a un ritmo que les parece más que satisfactorio: en menos de una semana conquistaron buena parte del territorio iraquí y se aseguraron el dominio absoluto del aire sin sufrir demasiadas pérdidas propias ni causar la muerte de tantos civiles como muchos habían previsto. Desde el punto de vista del grueso de los medios de comunicación, tanto los angloamericanos como los del resto del mundo y por lo tanto de los políticos, en cambio, la campaña resultó ser inesperadamente difícil, las pérdidas han sido grandes, los "errores" que ocasionaron la muerte de civiles fueron imperdonables y la resistencia iraquí ha resultado ser tan fuerte que parecería que a pesar de -o a causa de- su brutalidad, Saddam disfruta del apoyo entusiasta de la mayoría abrumadora de sus compatriotas.

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