Internas frustradas
A juicio de muchos, el que tanto los radicales como los peronistas federales hayan fracasado en su intento de celebrar elecciones primarias anticipadas plantea la pregunta: ¿estarían en condiciones de gobernar el país dirigentes políticos que ni siquiera pueden organizar algo tan rudimentario como una interna? En ambos casos, el intento se frustró debido a la negativa a continuar de los candidatos que temían perder. Aunque el radical Ernesto Sanz y el peronista Eduardo Duhalde tenían buenos motivos para suponer que los eventuales resultados de las internas en que participaban no reflejarían la voluntad mayoritaria de su presunta clientela electoral, su forma de reaccionar perjudicó no sólo a sus respectivas imágenes personales sino también a las de la fracción partidaria en la que militan. Incluso lograron perjudicar a agrupaciones que les son ajenas ya que, con astucia, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y otros voceros oficiales se han habituado a tratar el “rejunte opositor” como si fuera cuestión de un solo partido conformado por personajes de opiniones y actitudes claramente incompatibles. Conscientes de que el tiempo está jugando en su contra, una vez más los radicales están procurando reunificar su partido fragmentado. Para lograrlo, Sanz y el vicepresidente Julio Cobos tendrían que resignarse a apoyar la candidatura de Ricardo Alfonsín a pesar de sus dudas acerca de su capacidad. Entienden que el ascenso muy rápido, según las normas de la UCR, de Alfonsín se debe principalmente a su parecido físico con su padre, el último de los caudillos radicales, pero a pesar de sus esfuerzos no han conseguido convencer a sus correligionarios que les convendría ser un tanto más exigentes. Asimismo, mientras que Sanz y Cobos se ubican en la franja centroderechista del universo radical, Alfonsín quiere aliarse con políticos como el socialista santafesino Hermes Binner que han cultivado un perfil más izquierdista e incluso con el nacionalista de izquierda Fernando “Pino” Solanas. En cuanto a Duhalde, parece coincidir con Cristina en que, a pesar de las diferencias apenas salvables entre los distintos partidos, la oposición sí podría actuar como un bloque y que por lo tanto sería posible armar un frente que abarcara desde Binner hasta el jefe del gobierno porteño Mauricio Macri, un político que se supone el representante más cabal de “la derecha” democrática. Asimismo, el ex presidente interino jura que de acuerdo con por lo menos una encuesta de opinión es segundo en la intención de voto, detrás de la presidenta, pero es poco probable que muchos le crean. De todos modos, por ahora cuando menos, el apoyo atribuido por los encuestadores a los rivales en potencia de Cristina es meramente anecdótico, puesto que ninguno ha conseguido acercarse al más del 30% ostentado por la presidenta a partir de la muerte repentina de su marido. Opositores optimistas han señalado que varios meses antes de celebrarse las elecciones presidenciales más recientes aún había muchos precandidatos tanto demócratas como republicanos, de suerte que no debería ser preocupante la confusión imperante en el campo opositor local. Sin embargo, en Estados Unidos fue de prever que las internas de los únicos dos partidos que se tomaban en serio seguirían como se había programado, y que los eventuales ganadores disfrutarían del respaldo de virtualmente todos los afiliados. Por desgracia, en nuestro país la situación es muy distinta. Aquí, los grandes partidos parecen irremediablemente divididos, con algunas fracciones aliadas con el gobierno, mientras que los más chicos, además de ser igualmente quebradizos, dependen demasiado de la popularidad de sus fundadores y jefes. Por lo tanto, no hay ninguna posibilidad de que las internas que están en marcha terminen asemejándose a las que ya son rutinarias en Estados Unidos. A menos que prosperen los intentos de formar un frente multipartidario convincente, pues, el oficialismo –siempre y cuando Cristina decida postularse para la reelección– continuará llevando las de ganar en las elecciones fijadas para octubre, merced no tanto a sus propios méritos cuanto a la ausencia de una alternativa que brinde la impresión de estar en condiciones de asegurar el mínimo imprescindible de gobernabilidad.
A juicio de muchos, el que tanto los radicales como los peronistas federales hayan fracasado en su intento de celebrar elecciones primarias anticipadas plantea la pregunta: ¿estarían en condiciones de gobernar el país dirigentes políticos que ni siquiera pueden organizar algo tan rudimentario como una interna? En ambos casos, el intento se frustró debido a la negativa a continuar de los candidatos que temían perder. Aunque el radical Ernesto Sanz y el peronista Eduardo Duhalde tenían buenos motivos para suponer que los eventuales resultados de las internas en que participaban no reflejarían la voluntad mayoritaria de su presunta clientela electoral, su forma de reaccionar perjudicó no sólo a sus respectivas imágenes personales sino también a las de la fracción partidaria en la que militan. Incluso lograron perjudicar a agrupaciones que les son ajenas ya que, con astucia, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y otros voceros oficiales se han habituado a tratar el “rejunte opositor” como si fuera cuestión de un solo partido conformado por personajes de opiniones y actitudes claramente incompatibles. Conscientes de que el tiempo está jugando en su contra, una vez más los radicales están procurando reunificar su partido fragmentado. Para lograrlo, Sanz y el vicepresidente Julio Cobos tendrían que resignarse a apoyar la candidatura de Ricardo Alfonsín a pesar de sus dudas acerca de su capacidad. Entienden que el ascenso muy rápido, según las normas de la UCR, de Alfonsín se debe principalmente a su parecido físico con su padre, el último de los caudillos radicales, pero a pesar de sus esfuerzos no han conseguido convencer a sus correligionarios que les convendría ser un tanto más exigentes. Asimismo, mientras que Sanz y Cobos se ubican en la franja centroderechista del universo radical, Alfonsín quiere aliarse con políticos como el socialista santafesino Hermes Binner que han cultivado un perfil más izquierdista e incluso con el nacionalista de izquierda Fernando “Pino” Solanas. En cuanto a Duhalde, parece coincidir con Cristina en que, a pesar de las diferencias apenas salvables entre los distintos partidos, la oposición sí podría actuar como un bloque y que por lo tanto sería posible armar un frente que abarcara desde Binner hasta el jefe del gobierno porteño Mauricio Macri, un político que se supone el representante más cabal de “la derecha” democrática. Asimismo, el ex presidente interino jura que de acuerdo con por lo menos una encuesta de opinión es segundo en la intención de voto, detrás de la presidenta, pero es poco probable que muchos le crean. De todos modos, por ahora cuando menos, el apoyo atribuido por los encuestadores a los rivales en potencia de Cristina es meramente anecdótico, puesto que ninguno ha conseguido acercarse al más del 30% ostentado por la presidenta a partir de la muerte repentina de su marido. Opositores optimistas han señalado que varios meses antes de celebrarse las elecciones presidenciales más recientes aún había muchos precandidatos tanto demócratas como republicanos, de suerte que no debería ser preocupante la confusión imperante en el campo opositor local. Sin embargo, en Estados Unidos fue de prever que las internas de los únicos dos partidos que se tomaban en serio seguirían como se había programado, y que los eventuales ganadores disfrutarían del respaldo de virtualmente todos los afiliados. Por desgracia, en nuestro país la situación es muy distinta. Aquí, los grandes partidos parecen irremediablemente divididos, con algunas fracciones aliadas con el gobierno, mientras que los más chicos, además de ser igualmente quebradizos, dependen demasiado de la popularidad de sus fundadores y jefes. Por lo tanto, no hay ninguna posibilidad de que las internas que están en marcha terminen asemejándose a las que ya son rutinarias en Estados Unidos. A menos que prosperen los intentos de formar un frente multipartidario convincente, pues, el oficialismo –siempre y cuando Cristina decida postularse para la reelección– continuará llevando las de ganar en las elecciones fijadas para octubre, merced no tanto a sus propios méritos cuanto a la ausencia de una alternativa que brinde la impresión de estar en condiciones de asegurar el mínimo imprescindible de gobernabilidad.
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