Jueces bajo fuego
Mientras que los militantes kirchneristas se esfuerzan por eliminar del Poder Judicial a juristas que podrían ocasionarles dificultades en un futuro no muy lejano, sus adversarios procuran hacer lo mismo con los dos jueces más emblemáticos de los tiempos que corren: Norberto Oyarbide y Eugenio Zaffaroni. Por lo pronto, el más vulnerable del dúo parece ser el juez federal Oyarbide, un personaje que debe su notoriedad a su estilo de vida rumboso y a su costumbre de sobreseer a oficialistas en apuros, como hizo con rapidez insólita en diciembre del 2009 al matrimonio Kirchner en la causa de enriquecimiento ilícito que enfrentaba. Tales intervenciones motivaron muchas críticas aunque no le ocasionaron demasiados problemas ya que siempre ha contado con el respaldo de los militantes oficialistas, pero puede que no le sea tan fácil defenderse contra los más interesados en sus actividades extracurriculares que en su forma particular de interpretar las leyes. Según el periodista Jorge Lanata, el magistrado más famoso del país y su pareja, un exárbitro de básquet, armaron varias sociedades financieras lucrativas y será por eso que frenó el allanamiento que había ordenado de otra, Propyme, luego de recibir una llamada telefónica del subsecretario legal y técnico del gobierno nacional, Carlos Liuzzi. Sea como fuere, no cabe duda de que Oyarbide se las ha arreglado para adquirir una reputación inapropiada para un juez de la Nación. Puede que hayamos dejado atrás el estereotipo tradicional conforme al cual los jueces deberían ser personas solemnes y un tanto pedantes de conducta intachable, pero ello no quiere decir que conviniera abandonarlo por completo. El caso de Zaffaroni es más preocupante que el protagonizado por Oyarbide, un magistrado cuya influencia sociopolítica es limitada. De acuerdo común Zaffaroni, un juez de la Corte Suprema a punto de jubilarse, es un jurista prestigioso cuyas ideas han incidido mucho en el pensamiento oficial. Sin embargo, si bien ha logrado congraciarse con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y miembros de su reducidísimo círculo áulico, es dueño de una trayectoria sinuosa que, de tratarse de otra persona, le hubiera merecido el desprecio de todos los vinculados con la causa “nacional y popular”, comenzando con Madres de Plaza de Mayo, ya que fue un juez del Proceso que juró fidelidad a la dictadura castrense y que por lo tanto rechazó automáticamente los hábeas corpus presentados por los familiares de desaparecidos. Felizmente para Zaffaroni y para el jefe del Ejército, el general César Milani, los kirchneristas suelen estar más que dispuestos a perdonar a los conversos por lo que hicieron en los años setenta del siglo pasado. Sin embargo, aún más graves que los vínculos con el Proceso han sido sus presuntas actividades como propietario de departamentos usados para la prostitución. El juez dice que no sabía nada de lo que hacían los inquilinos; de tratarse de un departamento o incluso de dos, sus explicaciones podrían parecer convincentes, pero parecería que en todos los residentes se dedicaban al mismo negocio. Tales asuntos y otros han recobrado actualidad últimamente a causa del enfrentamiento de Zaffaroni, el líder de los garantistas, con el diputado Sergio Massa, el que con astucia aprovechó la oportunidad brindada por una proyectada reforma del Código Penal que, de prosperar, en su opinión favorecería a los delincuentes a costa de sus víctimas. Cuando Zaffaroni, enojado por la indignación que muchos políticos dijeron sentir por una reforma que había impulsado, trató de descalificar a Massa tratándolo de “ignorante”, “vendepatria” y “personaje políticamente lamentable”, recomendándole que “lea los libros, que no muerden”, cometió un error mayúsculo que no le será dado corregir nunca. Como entenderá mejor que nadie, para un jurista ambicioso es necesario saber adaptarse a las circunstancias políticas. Logró desvincularse del Proceso para acercarse al progresismo, pero parecería que ya es tarde para que repita la maniobra alejándose a tiempo del kirchnerismo que, tal y como están las cosas, será recordado como un movimiento autoritario y sumamente corrupto que, por razones inconfesables, intentó en vano subvertir el Poder Judicial.