Juegos con el peso

Por Redacción

El presidente electo Néstor Kirchner dijo que, como a su primer ministro de Economía Roberto Lavagna, le gustaría que el peso valiera la tercera parte de un dólar estadounidense y en cuestión de horas logró lo que éste no había podido conseguir a pesar de los esfuerzos de varias semanas. Sin embargo, el éxito casi instantáneo de Kirchner no se debió a su preferencia personal sino a la inquietud provocada por una serie de comentarios característicamente «duros» destinados a descalificar a sus adversarios. Es que, como a esta altura entiende muy bien la mayoría de los financistas del mundo, la evolución del tipo de cambio de cualquier moneda depende de una multitud de factores, por lo común subjetivos, no de la voluntad del jefe de Estado o del encargado de manejar la economía local. Si bien las declaraciones de los funcionarios suelen incidir en los mercados, como acaba de ocurrir con las formuladas por el secretario del Tesoro norteamericano John Snow, a menos que se vean acompañadas de medidas concretas los efectos serán pasajeros.

Así, pues, Kirchner no tardará en verse ante la misma paradoja que tanto molestó a Lavagna. Aunque quisiera basar su estrategia en un «dólar recontraalto» por suponer decisivas las ventajas que brindaría a los exportadores, resultará que cuanto mejor sea su gestión económica más fuerte será el peso que, conforme a muchos análisis presuntamente objetivos que toman en cuenta el poder de compra, la tasa de inflación del último año y medio y también la debilidad reciente de la divisa norteamericana frente al euro, debería cotizarse hoy en día a aproximadamente dos por dólar estadounidense, no a los tres actuales. Por supuesto que de acercarse el peso a su nivel «natural», es decir, de reducirse al mínimo los temores ocasionados por la falta de confianza en la capacidad de los dirigentes argentinos para comportarse con sensatez, el gobierno, lo mismo que sus equivalentes de todos los «países serios», tendría que afrontar muchas dificultades sin contar con el colchón cambiario que fue posibilitado por la megadevaluación de inicios de la gestión de Eduardo Duhalde y por el clima de pánico que en aquel momento imperaba.

La estrategia del «dólar recontraalto» que siempre han favorecido los peronistas -antes de iniciar su primer período, Carlos Menem se afirmó resuelto a oxigenar la producción local manteniendo un tipo de cambio similar al habitual en tiempos de gran incertidumbre- se basa en una visión esencialmente negativa de las perspectivas del país. Como sus aliados proteccionistas, los partidarios de un peso baratísimo dan por descontado que para sobrevivir, y ni hablar de prosperar, en el mundo actual, las empresas argentinas tendrán que disfrutar de los beneficios que a su entender les supondrían empleados pésimamente remunerados según las normas del Primer Mundo. Puede que en ciertos países como Corea del Sur y, antes de la expansión fenomenal de los años sesenta, el Japón, sí hayan podido aprovechar tales ventajas coyunturales, pero hasta ahora nuestros «productores» no han sabido hacerlo. Por el contrario, al permitirles acostumbrarse a una combinación nefasta de mano de obra barata y mercados virtualmente cautivos, las medidas tomadas por gobiernos deseosos de ayudarlos han resultado ser contraproducentes.

Por lo tanto, una estrategia cambiaria óptima sería una que obligara a los empresarios a competir en base a algo más que salarios diez veces más exiguos que los considerados normales en los países desarrollados pero que no fuera tan severa que terminara arruinándolos. El uno a uno de la convertibilidad fue demasiado exigente en su fase final, pero a juzgar por los resultados en el país en su conjunto -aunque no en una provincia como Santa Cruz, que depende de la exportación de materias primas y productos del campo-, el tres a uno actual es excesivamente generoso. Aunque por motivos prácticos una estrategia nada exigente merecería el apoyo decidido de muchos empresarios y por razones ideológicas contaría con la aprobación de un amplio arco de militantes políticos y sindicalistas que se oponen «por principio» a las finanzas, a la larga no podría sino ser negativa para un país que tendrá que esforzarse al máximo por salir del estado nada satisfactorio en el que se encuentra.


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