Juegos olímpicos de invierno 2014: Sochi, ciudad blindada

Por Redacción

Marcelo Antonio Angriman (*)

Los juegos olímpicos de invierno, a disputarse en la ciudad rusa de Sochi, son una causa de Estado para el gobierno de Vladimir Putin. La competencia deportiva que se llevará a cabo entre el 7 y el 23 de febrero próximos representa para el líder ruso una vidriera de alto impacto internacional, aunque sobre todo una enorme posibilidad de capitalizar rédito político. La hipótesis de un golpe terrorista luego de lo ocurrido en el maratón de Boston del año pasado y las cercanías con las montañas del Cáucaso, donde se desarrolla una insurrección islámica, ha llevado a las autoridades rusas a tomar todo tipo de recaudos en materia de seguridad. Los atentados suicidas ocurridos a fines del 2013 en Volgogrado no hicieron más que encender, aún más, la mecha proteccionista. Así se ha dispuesto la prohibición de circulación de vehículos no matriculados, el registro de visitantes –incluso de nacionalidad rusa– ante la policía y la inspección por escáner de pertenencias de quienes se desplacen por transportes públicos de pasajeros. Hay un paneo permanente de miles de puntos de la ciudad, monitoreados por cámaras de seguridad desde una central modernamente equipada. El servicio de seguridad ruso ha actualizado el sistema de escuchas para captar y, si es necesario, ingresar en cualquier tipo de llamadas. A su vez se han dispuesto baterías antiaéreas a pocos kilómetros de los principales escenarios de los juegos. En el mar hay barcos de guerra patrullando de manera constante la zona costera de la ciudad. Como si todo este maremágnum de medidas fueran pocas, se ha solicitado colaboración a los legendarios cosacos, militares de a caballo que recorrerán junto a policías de a pie las villas donde se alojarán los atletas. De tal suerte, al momento de la disputa existirán 50.000 efectivos de distintas fuerzas de seguridad abocados al evento, lo que duplica la dotación utilizada para los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Dentro de esa nómina se encuentra una treintena de integrantes del FBI norteamericano, algo inimaginable en tiempos de la Guerra Fría. Así el periodista de “The New York Times”, Steven Myers no duda en afirmar que en Sochi se ha dispuesto el aparato de seguridad más grande de la historia de los Juegos. El olimpismo, que siempre ha resaltado la paz y la libertad, hoy ve cómo estos valores se encuentran encorsetados por cuestiones extradeportivas. El clima festivo que despierta el evento poco y nada comulga con el cuasi paranoico temor que se vive por estos días en el sur de Rusia. Una suerte de Gran Hermano citadino será Sochi hasta que culmine la competencia, cuestión que resulta comprensible aunque abiertamente contradictoria con el espíritu que inspira la reunión. Necio sería desconocer que encuentros ecuménicos de semejante magnitud ya han sido blanco preferido del terrorismo internacional. Habida cuenta de ello el país anfitrión no puede, ni debe, pecar de negligente. Mas no son pocas las voces que entienden que Putin ha aprovechado la oportunidad para acallar las fuertes protestas que ha levantado su gestión de gobierno. Una suerte de doble fin, por medio del cual se esconde bajo la alfombra y a su vez se saca lustre a su superficie. “Estamos frente a un presidente que no encuentra límites a su poder en un país que nunca fue democrático. Aquí no hay cuarto poder. De hecho, no hay segundo ni tercer poder. Sólo existe el primer poder, la presidencia. Así son las cosas hoy en Rusia” dijo Vladimir Posner, uno de los más prestigiosos periodistas de Canal 1, la principal emisora nacional. El propio mandatario debió dejar sin efecto su decisión de prohibir manifestaciones, cuando obligado por la presión del Comité Olímpico Internacional permitió que las mismas se pudieran realizar recién a 11 kilómetros de la villa olímpica. Putin se prepara para ingresar en su decimoquinto año como líder político y sus críticos señalan que medidas como las impuestas en Sochi son parte de una estrategia tendiente a retener el poder, el que seguramente –dicen– se le irá escurriendo con el retroceso en las ganancias producidas por la concesión de vastas zonas petroleras. Por su parte ha levantado polvareda la “ley anti gay” que en el orden interno prohíbe todo tipo de manifestación homosexual pública, extremo que ha desatado una marcada resistencia externa y ha obligado a que el propio jefe de gobierno saliera a aclarar –con impostado gesto– que todos los homosexuales serán bienvenidos durante los juegos de Sochi. En síntesis, si bien aparecen como justificadas medidas de seguridad extremas frente a los antecedentes habidos en la materia, una justa deportiva no debiera ser utilizada como prenda para perpetuar mandatos. Extremo éste que deberá ser muy tenido en cuenta por el COI para no prestarse al juego y privilegiar a aquellas candidatas con líderes democráticos que respeten el ideario olímpico, basado en el respeto a las libertades individuales. (*) Abogado. Prof. Nac. Ed. Física.marceloangriman@ciudad.com.ar