Kirchner y Lula

Redacción

Por Redacción

Según el presidente Néstor Kirchner, su homólogo brasileño Luiz Inácio «Lula» da Silva se equivocó acercándose «demasiado» a Estados Unidos, error que no se ha propuesto cometer por suponer que le convendría más mantener las distancias con la superpotencia, enfrentándose esporádicamente tanto con el gobierno de George W. Bush como con el FMI, una institución dirigida por técnicos que comparten los puntos de vista de Washington. Puertas adentro, es posible que Kirchner haya acertado porque a muchos les gusta ver al presidente oponiéndose con «dureza» a las presiones foráneas, sobre todo a las estadounidenses. Sin embargo, los eventuales réditos internos que podría significarle a Kirchner la confrontación permanente con los poderosos de este mundo no necesariamente redundarán en beneficios para el país. Por el contrario, de difundirse la impresión de que «la Argentina» -es decir, su presidente- es un país difícil y caprichoso que siempre buscará la forma de provocar problemas por motivos que los demás encuentran incomprensibles, las consecuencias para todos salvo el protagonista del psicodrama así supuesto serán con toda seguridad muy negativas.

Lula, político que a diferencia de Kirchner no tiene por qué probar nada a nadie, ha entendido muy bien que al Brasil no le convendría en absoluto que procurara emular al dictador cubano Fidel Castro y al caudillo «bolivariano» de Venezuela Hugo Chávez que, si bien se granjearon una reputación envidiable entre los contestatarios por su voluntad de criticar con vehemencia a Estados Unidos por un sinnúmero de crímenes concretos y abstractos, también se las arreglaron para hundir en la pobreza a la inmensa mayoría de sus compatriotas, pormenor éste que no conmueve a sus admiradores extranjeros que dan por descontado que en última instancia los culpables de tales desgracias son siempre los norteamericanos. Puede que, como ha señalado Kirchner, la buena relación de Lula con Bush no le reporte muchos beneficios materiales inmediatos, pero indirectamente la convicción generalizada de que el Brasil es un país bien gobernado por personas que están haciendo un esfuerzo realista por superar sus muchos problemas no puede sino mejorar sus perspectivas.  Que sea así es evidente, pero debido a que los beneficios imputables a una buena imagen internacional nunca pueden medirse con exactitud, a los demagogos les es fácil suponer que no existen. Igualmente imprecisos son los costos de una reputación mala, pero el que sea imposible saber cuánto nos han perjudicado los planteos excéntricos de los sucesores de Fernando de la Rúa no quiere decir que fueron gratuitos.

Para decepción de los que imaginaban que Lula encabezaría una cruzada redentora antinorteamericana en nombre de las esencias regionales, el presidente brasileño ha preferido obrar como un estadista responsable, anteponiendo los intereses de su país a las exigencias de una claque internacional progresista poco representativa que reemplazó la fe sin límites en las «utopías» colectivistas por la hostilidad implacable hacia Estados Unidos y al «neoliberalismo». La decisión de Lula de llevarse bien con Bush le ha merecido la plena aprobación del FMI y, como es natural, del gobierno estadounidense cuya embajadora en Brasilia se permitió afirmar que el Brasil «tiene la responsabilidad de ejercer un liderazgo más activo en América Latina». Aunque la economía brasileña está en recesión y medio millón de empleados públicos siguen en huelga «por tiempo indeterminado» en defensa del régimen jubilatorio asombrosamente privilegiado al que se habituaron, Lula no ha perdido la confianza de la mayoría que entiende que su insistencia en la importancia del rigor fiscal no se deba a «las presiones» del FMI o de Estados Unidos, sino a que quienes terminan pagando el precio de la desprolijidad principista son siempre los más vulnerables. En cambio, a veces nuestro gobierno parece haberse convencido de que los méritos de una política económica determinada tendrán menos que ver con su eficacia, que con la actitud hacia ella del FMI y los «neoliberales»: si éstos la critican será claramente buena, pero si dicen que es la correcta un presidente tan orgulloso de su condición de «rebelde» como Kirchner debería abandonarla cuanto antes en favor de una que sea menos ortodoxa.


Según el presidente Néstor Kirchner, su homólogo brasileño Luiz Inácio "Lula" da Silva se equivocó acercándose "demasiado" a Estados Unidos, error que no se ha propuesto cometer por suponer que le convendría más mantener las distancias con la superpotencia, enfrentándose esporádicamente tanto con el gobierno de George W. Bush como con el FMI, una institución dirigida por técnicos que comparten los puntos de vista de Washington. Puertas adentro, es posible que Kirchner haya acertado porque a muchos les gusta ver al presidente oponiéndose con "dureza" a las presiones foráneas, sobre todo a las estadounidenses. Sin embargo, los eventuales réditos internos que podría significarle a Kirchner la confrontación permanente con los poderosos de este mundo no necesariamente redundarán en beneficios para el país. Por el contrario, de difundirse la impresión de que "la Argentina" -es decir, su presidente- es un país difícil y caprichoso que siempre buscará la forma de provocar problemas por motivos que los demás encuentran incomprensibles, las consecuencias para todos salvo el protagonista del psicodrama así supuesto serán con toda seguridad muy negativas.

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