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La agitación social y la pandemia golpean el sueño americano

La crisis económica y sanitaria generada por el coronavirus, sumada al hartazgo por la brutalidad policial contra las minorías raciales, llevó a las mayores protestas en mucho tiempo. Y refleja un quiebre mayor de la cultura estadounidense del siglo XX con la realidad de su población en el siglo XXI.

TED ANTHONY *


¿Qué representa Estados Unidos realmente? Un mito fundacional: los estadounidenses son parte de un relato épico de igualdad y optimismo, de una marcha continua hacia la prosperidad que abarca a todos los componentes de un crisol de razas que colaboran para crear una unión más perfecta. Lo mejor está por llegar.

Otro muy distinto: Estados Unidos fue un país brutal e injusto desde su creación, colonizado por europeos blancos que tenían poco en común aparte de la tendencia a arrasar con las culturas indígenas y a considerar a otros seres humanos como su propiedad. Lo mejor, si es que alguna vez existió, ya pasó.

Un tercer relato, a mitad de camino: muchos tonos de gris, con numerosas visiones contrastantes y superpuestas del país, incluidas las de muchos cuyas historias han sido silenciadas por mucho tiempo.

Los problemas que enfrenta la nación en el 2020 -una pandemia letal, millones de desempleados, polarización política, el revuelo causado por la muerte de George Floyd- no han hecho sino sacar a la luz algo que ya era bastante evidente: las visiones que tienen los estadounidenses de sí mismos están perdiendo sustento.

“Estados Unidos es básicamente un collage de culturas. Si pertenecías a determinado grupo, te sentías amparado por la solidez del gran relato de Estados Unidos. Era coherente’’, dice Robert Thompson, director del Centro Bleier para la Televisión y la Cultura Popular de la Universidad de Syracuse. “Ahora ese relato se ha hecho trizas”.

"No podemos respirar" parafresea las últimas palabras del asesinado George Floyd (AP )

Desde su creación, una nación que no tenía una cultura compartida forjó una identidad a partir de una serie de relatos. El carácter excepcional, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Igualdad. Destino manifiesto (el derecho divino a expandirse). El sueño americano.

“No teníamos una patria. No teníamos nada. Necesitábamos una identidad. La gente necesita sentirse parte de algo”, dice Colin Woodard, autor de un nuevo libro, “Union: The Struggle to Forge the Story of United States Nationhood” (Unión: La lucha por forjar la historia de la nacionalidad de Estados Unidos).

Estas visiones surgieron después de la muerte de los padres de la patria y fueron creciendo junto con la nación, haciéndose cada vez más fuertes y excluyendo a muchos. De hecho, hubo relatos contrastantes, dos visiones totalmente opuestas, la del norte y la del sur, que precipitaron una guerra civil.

Recién a comienzos de 1900 -primero con las películas, después con la radio, las historietas, la televisión y finalmente la publicidad- los estadounidenses empezaron a escuchar historias idénticas del país, que a veces no los incluían a todos.

Se impuso una identidad cultural que fue pronto trastrocada por la “contracultura” de la década de 1960, que ofrecía una visión diferente. De todos modos, muchos de los manuales escolares del siglo 20, por más desactualizados que estuviesen, seguían dictando la visión predominante.

Ahora, cuatro décadas después de que los canales noticiosos de cable hiciesen pasar al olvido la reconfortante y paternal expresión “that’s the way it is” (así son las cosas) de Walter Cronkite -el periodista televisivo que llegó a ser la persona que más confianza inspiraba en el país- el mensaje que ofrecen los medios de prensa se ha resquebrajado. Ya no hay una sola visión. Los acontecimientos de esta semana dejan en claro que hay visiones contrastantes que luchan por imponerse.

“¿A qué relatos o mitos de Estados Unidos nos aferramos ante tanta agitación social? Creo que estamos lidiando con eso”, dice Shilpa Davé, académica especializada en los medios de prensa de la Universidad de Virginia que dicta cursos sobre la representación de la raza y el género en la prensa y la cultura popular. “¿Quiénes pueden aspirar a estos ideales? Eso es lo que se discute”, comentó Davé.

Las mitologías estadounidenses son fuertes y persuasivas. Y llenas de aspiraciones. Después de todo, la economía más grande del mundo lo es en parte por haber promovido visiones de sí misma a través de una cantidad de plataformas. Y ahora llegan las redes sociales, algoritmos que secuestran a la gente y la confinan en comunidades virtualmente cerradas, en las que se refuerzan sus ideas en lugar de dar espacio para que evolucionen al compás de las de compatriotas de otras creencias.

Este panorama ayuda a Donald Trump, un vendedor nato que pasa mucho tiempo frente a la pantalla de televisión y en Twitter, y que sabe cómo promover un relato y cómo generar impacto.

El lunes por la noche Trump dijo que “nuestro país siempre gana. Por eso estoy tomando medidas presidenciales inmediatas para frenar la violencia y restablecer la seguridad”.

Protestas por la muerte de George Floyd, en Brooklyn (AP/Frank Franklin II)

Su rival en las elecciones de noviembre, Joe Biden, por su parte, sostuvo el mismo martes que “la historia de Estados Unidos no es un cuento de hadas que garantiza un final feliz. La batalla por el alma de esta nación ha generado un constante tira y afloja por más de 240 años. (Ha habido) una puja entre el ideal estadounidense de que todos somos iguales y la dura realidad de que el racismo nos ha destrozado”.

Lo sucedido en Estados Unidos en la última semana indica, entre otras cosas, que hay visiones ferozmente enfrentadas. Una y otra vez los manifestantes dicen que quieren ser escuchados, ser parte de la visión general, ser incluidos en el mito acerca de la vida en Estados Unidos. También están los que piden orden, calma, el derecho a estar a salvo en sus casas y sus negocios, una ambición básica del relato del país que se remonta a los primeros colonos. En estos momentos, esos dos relatos parecen irreconciliables.

Está claro que la visión predominante en el siglo 20 ya no tiene vigencia. En un país como Estados Unidos, sin embargo, es vital tener una visión de la nación. ¿Deja de existir una nación si su visión de sí misma pierde legitimidad, si quienes cuentan su historia dicen cosas distintas? Hoy por hoy, en las calles y en las instituciones del gobierno, la gente promueve su visión del país. A gritos. Insistentemente. Convencida de que su perspectiva debe prevalecer.

Lo que sabemos hoy -después de un siglo de películas, televisión, publicidad y redes sociales- es que quienes cuentan la historia más rica, más llamativa, más cautivante, más atractiva, pueden dominar el mundo. ¿Cuál será el nuevo relato estadounidense?

*Agencia AP


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