La antorcha de la libertad






Las protestas por la muerte de Robert Floyd han superado en dimensión y profundidad a las de Los Ángeles de 1992. Eso ya está provocando algunos cambios políticos.


Imagen del documental “LA 92” 

La estatua de la libertad tiene una antorcha con la que ilumina el duro camino que tiene por delante todo el que se anima a partir en su búsqueda. La libertad no es fácil de encontrar ni su conquista es permanente. En esta constante disputa social por el acceso a una mayor libertad para todos fue que los hombres terminamos inventando la democracia.

Winston Churchill decía que la democracia es un sistema político imperfecto, al que se le podían hacer todas las críticas, pero que no habría que olvidar que todos los demás son peores. Uno de los valores centrales de la democracia es la búsqueda de la libertad. Libertad de palabra, derechos humanos esenciales, empezando por el respeto a la vida.

Más allá de todas las proclamas de la igualdad de oportunidades y de medidas que los gobiernos ha implementando en el último medio siglo para revertir esta situación, ser negro o latino es ser de segunda.

Una prueba cabal de que la búsqueda de la libertad no es una tarea sencilla (ni nunca del todo cumplida) es lo que ahora está pasando en los Estados Unidos con las marchas en protesta por el asesinato de Robert Floyd a manos de un grupo de policías.

Miles de personas mueren cada año en EE. UU. a manos de policía: solo por el uso desproporcionado de armas de fuego policiales mueren unas 1.500 personas cada año. En los últimos 20 años (con casi 40.000 personas asesinadas por las fuerzas del orden) solo fueron condenados 7 policías, de los cuales ninguno recibió una pena importante.

Casi el 100% de las víctimas de la violencia policial en EE. UU. son varones jóvenes afroamericanos o latinos. En EE. UU. los afroamericanos son el 13% de la población total y los latinos el 15%. La suma del resto de los grupos étnicos no considerados “blancos” en la discriminación racial norteamericana suman otro 10%. Aproximadamente el 65% del país se considera blanco. A pesar de que los “blancos” son las dos terceras partes de la población norteamericana, en las cárceles casi no hay blancos: de los 3 millones de presos solo unos 200.000 son blancos (un 7% del total). Todos ellos miserablemente pobres; los que llaman“white trash”, los “blancos basura”, los fracasados.

Imagen del documental “LA 92”

A vuelo de pájaro sobre estas cifras (y muchísimas otras que están en el mismo sentido) se puede ver que ser negro (o latino) aun no es fácil en los EE. UU. Más allá de todas las proclamas de la igualdad de oportunidades y de las muchas medidas que todos los gobiernos han estado implementando en el último medio siglo para revertir esta situación, ser negro o latino es ser de segunda.

En Netflix hay un excelente documental, de esos que son imperdibles, sobre este tema. Realmente imperdible. Se titula “LA 92” y narra -con un discurso excepcionalmente potente y objetivo- los disturbios raciales que incendiaron la ciudad de Los Ángeles en 1992 tras la absolución de un grupo de policías que había golpeado brutal y sádicamente a otro afroamericano, Rodney King. La indignación por la injusticia hizo estallar la ciudad: murieron 63 personas, unas 2.400 fueron ingresadas a hospitales con heridas graves (muchos quedaron discapacitados) y más de 12.000 fueron arrestadas. Se produjeron 3.600 incendios intencionales que provocaron la destrucción de más de mil edificios.

“LA 92” muestra que la denegación de justicia en el caso de brutalidad policial sobre Rodney King no fue una excepción: es la norma policial y jurídica en EE. UU. Esas luchas de 1992 contra la injusticia son el antecedente más importante de lo que ahora está sucediendo. Muestran que la brutalidad policial norteamericana no se parece a la de ningún otra democracia: es profundamente racista y sistemática. Llevada a grados extremos.

El documental “LA 92” es una obra excepcional. No tiene voz en off: solo relata exhibiendo material de noticieros y grabaciones de 1992. La narración está en la edición, en la selección de las imágenes. Trabajaron con 1.700 horas de grabación y lograron 2 horas de un documental único: muestra los hechos en estado crudo, sin dramatizaciones ni recursos estilísticos para conmover al espectador, que el racismo es una herida abierta en la sociedad norteamericana. Y que no saben cómo curarla.

Las protestas por la muerte de Robert Floyd han superado en dimensión y profundidad las de Los Ángeles de 1992. Eso está provocando algunos cambios políticos que aún es prematuro evaluar.

Pero parece haberse resquebrajado (al menos un poco) la sistemática injusticia del pasado. Por primera vez en la historia los sindicatos policiales criticaron el accionar de los policías que lo asesinaron. Por primera vez muchos policías blancos participan de las marchas que piden justicia.

De a poco, de protesta en protesta, se va iluminando el oscurísimo camino que lleva hacia la libertad.

Un camino que solo se puede recorrer siguiendo el ritmo sincopado de la Historia, un ritmo que suele parecer demasiado lento para la ansiedad humana.


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