La Caldera
La carta destacada
A “La Caldera” nadie la llamaba caldera entonces. Era, sólo, la cancha de Independiente, el rojo, desvelo de “los negros” de Pacífico, archirrival en el fútbol y a quien nunca nadie supo si se los marcaba con ese color porque su camiseta era como la de Peñarol de Montevideo, o por puro afán discriminador de la “elite” neuquina, que eso creían ser los partidarios y socios del Independiente; o entre los Pose y los Chaneton, pongámoslo así.
Tal vez la verdad sea el reproche elitista. Una vez vino Yan Duval a Independiente, y bailó con mi madre. Después, fue el turno de Mario Clavel, pero ese sólo cantaba. Eran lujos de clase sólo asequibles a la parte más sana y principal del vecindario.
Si se va Independiente, también se va con él este recuerdo amigo: crecer en ese club con sólo una medianera de por medio, me hizo diestro a medias en el arte de la pelota a paleta (llegué a jugar, incluso, con Carlucho Castaño y con el Tito Alonso, el “Gitano”; de partenaire, claro). Y en este otro arte me educó el Rojo: el ping pong. Salí segundo, detrás de Carlitos Recio, en el único torneo que organizó el club, y aun luce en mi vitrina la Copa que gané. Lo de vitrina es una metáfora y la copa está sólo en mi memoria. Esa final la perdí – por 14-21; 21-18; y derrota en el “tie break”. Me ganó Carlitos. Pero una vez el Pete Izquierdo me dijo que yo jugaba mejor. Un amigo, el Pete. Y si se va el fútbol de Independiente, se va esta delantera que bordaba los arabescos en el césped a medio camino entre la magia y el milagro: Iturriaga, Gil, Catoira, Carrasco y Navales. Asistía Comaschi por el medio. No hubo igual, malgrado que le pese a mi amigo Willie, que era y sigue siendo de “los negros”, de Pacífico. La “barra brava” de entonces, la acaudillaba Caballero. Ni droga ni políticos, allí. Lo de Caballero era puro corazón albirrojo. La política vino después, y ya no fui feliz. Juan Chaneton DNI 4.622.487