La caravana migrante de 2018 dejó un negativo legado



Joshua Howat Berger y Jean Luis Arce*

Hace un año, miles de migrantes centroamericanos llegaron a México en caravana con la vista puesta en Estados Unidos, en momentos en que el presidente Donald Trump se preparaba para las cruciales elecciones de mitad de mandato en ese país.


Su llegada a la frontera entre México y Guatemala el 19 de octubre de 2018 era solo un presagio de lo que vendría: desafiaron a los policías enviados para detenerlos, algunos entraron forzadamente al país y otros inundaron el puente migratorio hasta que las autoridades cedieron y los dejaron pasar.
Huyendo de la pobreza y la violencia de las pandillas en sus países, viajaron juntos con la esperanza de evitar los peligros del viaje, que incluyen bandas criminales que usualmente extorsionan, secuestran y asesinan migrantes.


Su imagen impactó al mundo: cargaban sus pocas pertenencias en la espalda y sostenían a sus hijos contra el pecho o de la mano. En ocasiones, lograban subirse a vehículos para avanzar en el camino pero usualmente caminaban en columnas de cientos de personas, algunos solo calzando sandalias.


Lizeth García, migrante hondureña de 23 años, dice tener sentimientos encontrados cuando mira el camino que recorrió junto a su esposo Mauricio y su hijo, que entonces tenía un año.
“La gente nos ayudó mucho, en Guatemala, en México. Yo pedía para la comida de mi bebé, para que comiéramos y la gente me apoyaba un poquito, siempre me daba”, dice García a la AFP desde Norfolk, Virginia, donde trabaja como mucama mientras su solicitud de asilo está en la Corte.
Pero también hay malos recuerdos. “Sufrimos mucho en el camino. Dormíamos en la calle, duró mucho tiempo”, dice.


Cuando llegaron a la frontera con Estados Unidos, su hijo tenía neumonía y vomitaba sangre, por lo que fue hospitalizado. “En el hospital de Tijuana casi se me muere”, recuerda.
Ahora, ella y su esposo esperan a su segundo hijo. Si todo sale según lo planeado, nacerá como ciudadano estadounidense.


Trump convirtió la caravana en un tema de campaña de las elecciones de noviembre de 2018. Y alentó a su base conservadora con la retórica que le ayudó a ser electo en 2016.
Envió casi 6.000 soldados a la frontera con México, calificó a la caravana como “invasión” y alertó que estaba llena de “criminales” y “pandilleros”.
No era la primera caravana de su tipo. Los activistas las organizaban al menos desde 2010 para llamar la atención sobre la lucha de los migrantes.

Pero fue la más grande, pues alcanzó hasta 7.000 personas, según la ONU.
El grupo inspiró otras caravanas y por momentos pareció que cambiaría la cara de la migración en la región. De cierta forma lo hizo, pero no como mucha gente esperaba. “No se generó un nuevo patrón de migración como muchos anticipaban”, dice Leticia Calderón, especialista de migración del centro de estudios Instituto Mora. “No se generó un movimiento que haya modificado sustancialmente la experiencia”.

“México es el muro”
Lo que ha sucedido, en su lugar, es un endurecimiento en la política migratoria de todos los países involucrados.
Trump logró que México restringiera dramáticamente el paso de migrantes centroamericanos por su territorio, aunque al momento de la caravana, el país parecía suavizar su política.


El presidente Andrés Manuel López Obrador - de izquierda- hablaba de dar oportunidades a los migrantes y salvaguardar sus derechos. Pero Trump amenazó en mayo de este año con imponer aranceles a las exportaciones mexicanas si el gobierno no frenaba la migración. López Obrador cedió.


Trump aprovechó para lograr un fuerte endurecimiento en la política migratoria de los involucrados. México y otros países restringen el flujo de centroamericanos.



Su gobierno alcanzó un acuerdo para evitar los aranceles que implicó el despliegue de 6.000 soldados de la recién creada Guardia Nacional en la frontera sur. Después, la cifra aumentó a 12.000 en el sur y 15.000 en el norte. México también aceptó a 50.000 personas que esperan que sus casos de asilo sean resueltos en Estados Unidos.


En una señal de cuánto han cambiado las cosas, a inicios de este mes, las autoridades mexicanas rápidamente frenaron una nueva caravana de unos 2.000 migrantes a menos de 50 km de donde había comenzado.
“México se convirtió en un gran muro”, dice Rubén Hernández-León, sociólogo y experto en migración de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). Al usar la ayuda estadounidense como arma, Trump también alcanzó acuerdos con El Salvador, Guatemala y Honduras, que les obligan a aceptar solicitantes de asilo de otros países que entren a su territorio.


Esas políticas hacen poco probable -por ahora- que haya otra caravana como la que salió de 2018 de San Pedro Sula, Honduras, y recorrió más de 4.300 km hasta la frontera estadounidense.


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