La cítara de Maduro



Cayo Suetonio nació en el 70. Dos años después de la muerte de Nerón. Historiador y biógrafo de Roma, describió en “La vida de los doce césares” virtudes y delirios de los emperadores de su tiempo. Relató como pocos aquella noche del 19 de julio del 64, en la que Nerón harto de “la angostura e irregularidad” de las calles de Roma la hizo prender fuego. Cuenta Suetonio que “encantado de la hermosura de las llamas cantó ‘La toma de Troya’” desde un balcón de su palacio. Después, culpó a los cristianos del incendio y ordenó que algunos de ellos fueran tirados a los perros. Otros fueron quemados vivos para utilizarlos como luminarias nocturnas. Días después, hizo abrir las puertas de su palacio para quienes se habían quedado sin hogar y les entregó alimentos. La multitud lo adulaba y pedía oír todo el tiempo “su voz celestial”, al ritmo de las cítaras. Su final también fue trágico. Perseguido en una revuelta, huyó por la Vía Salaria y se hizo asesinar por un secretario. Sus últimas palabras: “¡Qué artista va a perecer conmigo!”.

A Nicolás Maduro sólo le faltan la túnica y la cítara. Por estos días, su cuenta de Twitter, en la que se presenta como “Hijo de Chávez. Construyendo la patria con eficiencia revolucionaria”, arde tanto como Roma. Desde allí, tuitea sus ataques contra la oposición y habla de un “golpe oligárquico”. Retuitea, además, a todos sus aduladores.

La Venezuela de Maduro entró en un punto sin retorno.

Ya no se trata del más de 700% de inflación anual. Ni de la falta de comida, papel higiénico o anticonceptivos. Ni de que tigres y leones de los zoológicos sean alimentados con mangos y calabazas y que centenares de animales estén muriendo de inanición. Un horror que ya casi parece convertirse en una anécdota en ese verdadero aquelarre en el que convirtieron Maduro y los suyos –toda una casta de civiles y militares privilegiados– a uno de los países con mayores reservas de petróleo en el mundo.

De lo que se trata ahora es de una grave crisis humanitaria frente a la que el mundo no puede seguir permaneciendo indiferente.

En la Venezuela de Maduro y sus acólitos, por la falta de vacunas, ha vuelto la difteria, erradicada del país hace 24 años. El paludismo estalló como epidemia hace tres años y ya hay 130.000 casos de contagiados por la enfermedad. Reapareció en las minas del estado de Bolívar, tras haberse erradicado hace 55 años.

En la Venezuela de Maduro y sus acólitos la gente se está muriendo.

Por supuesto, el gobierno niega todo. “Está todo controlado, ya se realizó el cerco epidemiológico”, dijo la ministra para la Salud, Luisana Melo, sobre quien, la Asamblea Nacional controlada por la oposición ya lanzó un pedido de sanción. Una medida más simbólica que efectiva, ya que todo lo que se hace en Venezuela lo deciden Maduro y el Ejército. La oposición venezolana se lanzó ahora a hacer lo que debía haber hecho hace tiempo: tomar las calles del país. Con uno de sus líderes –Leopoldo López– encarcelado en condiciones infrahumanas y otros, como el excandidato presidencial y gobernador del estado de Miranda, Henrique Capriles, impedido de salir del país, una multitud se manifestó por las calles primero y luego se sumó a un paro nacional que sigue menguando el poder de Nicolás Maduro.

No quedan ya salidas institucionales posibles: con un Poder Judicial bajo el yugo del chavismo, la última decisión del Tribunal Supremo de Justicia de frenar el revocatorio del mandato del presidente venezolano lo dejó en claro.

En tanto, los organismos internacionales fluctúan entre la condena al régimen y una convocatoria al diálogo que ya se ha vuelto una verdadera utopía en la castigada vida política venezolana. Ni siquiera parece funcionar la arriesgada movida del papa Francisco, que recibió inesperadamente a Maduro en el Vaticano e instó a una mesa de diálogo. A las pocas horas, el venezolano ya estaba usando a sus anchas el encuentro con el papa para fustigar a la oposición. Parece necesario volver a Nerón: “Ningún príncipe sabe cuánto puede hacerse desde el trono”, dicen que solía decir.


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