La convertibilidad europea y la devaluación Chevron
Julio Rajneri
Un empresario de la exportación frutícola suele aludir a la inmutabilidad del precio de la manzana argentina en las góndolas alemanas. Cuando inició su actividad, hace más de cuarenta años, un consumidor alemán pagaba tres marcos con noventa y nueve centavos por kilo. Al iniciar el nuevo siglo, el precio se convirtió a su exacto equivalente en euros. Dos euros con cuatro centavos (1 euro equivalente a 1,957 marcos). El precio se mantiene hasta hoy. En teoría, este valor inalterable debió significar una gran estabilidad para la producción del Alto Valle. En realidad si tomamos la moneda de referencia de nuestro país, el dólar, hoy el precio de la manzana alcanza su mayor valor histórico de los últimos años. Ello es así porque cuando el euro comenzó a circular el 1º de enero del 2002 se cotizaba a 90 centavos de dólar. Hoy se necesitan 1,35 dólares para comprar un euro. Mientras en Alemania el marco y luego el euro han permanecido inalterables, la Argentina ha devaluado su moneda en tal magnitud que si no se hubiese suprimido periódicamente parte de los ceros, el valor de un dólar de la actualidad equivaldría a 1 seguido de trece ceros o sea un millón de millones de veces más. Son cifras difíciles de asimilar. Utilizando una comparación un tanto bizarra pero ilustrativa, si se conservara la antigua moneda con los ceros que se le fueron quitando, los billetes necesarios para comprar un dólar, apilados en los clásicos “ladrillos”, alcanzarían tres millones y medio kilómetros de altura. Mantener el valor de la moneda no es fácil para ningún gobierno. Pero en el caso de Alemania es admirable por una circunstancia especial. A fines de la década del ochenta se produjo el colapso de la Alemania oriental bajo el dominio soviético. La caída del muro de Berlín y la virtual anexión de aquélla por parte de la República Federal pareció a algunos analistas como el abrazo del oso, es decir, al asumir el costo de un país en bancarrota, Alemania podía revivir la amarga experiencia de la república de Weimar y el riesgo de desatar una inflación similar a la que condujo a la aparición del nazismo. Conviene recordar que Alemania Federal se hizo cargo de toda la deuda pública y privada del Estado oriental y sus empresas, cambió a sus habitantes todos los billetes de la moneda de la RDA por sus propios marcos y otorgó durante años un subsidio de alrededor de un 5% de su PBI en transferencias a los landers del este. Toda esta inmensa masa monetaria fue financiada con un aumento en el impuesto a la renta, sobre los combustibles, el tabaco y los seguros y, desde luego, sin emisión de moneda. El precio que Alemania debió pagar por la reunificación ante los europeos, temerosos de su inevitable ascenso, fue la creación del euro y el abandono de su poderoso marco. A su vez el gobierno de Kohl exigió y obtuvo de los demás países la garantía de un banco central independiente, hecho a semejanza del Bundesbank, con lo que países de una larga tradición de moneda inestable como Italia, España, Grecia, Portugal e incluso Francia se vieron obligados a vivir con una moneda dura, tal como ocurrió en la Argentina con la convertibilidad. En esos países, la pérdida de competitividad y, por ende, de empleo era periódicamente subsanada mediante la devaluación de su moneda, la forma más indolora de bajar los salarios y el valor de sus activos. Y por ende a proseguir con las mismas fallas que inevitablemente obligaban a repetir el remedio. En ese sentido, las devaluaciones operan a la manera de un analgésico. Eliminan los síntomas de dolor por un tiempo, pero no curan. Es fácil trazar un paralelo de la actual crisis de los países mediterráneos de Europa, con la crisis de la convertibilidad argentina y la actual. Descubriendo las ventajas de una moneda dura, a todos estos países se les abrió un mercado internacional de dinero fácil y tasas de interés reducidos. En la Argentina, al fenomenal endeudamiento de la era menemista se le sumó las ventas de las empresas estatales, con lo que el gasto público pudo expandirse y mantener oculto los desajustes presupuestarios. Cuando terminó la fiesta, la Argentina optó por el remedio clásico: la devaluación. Grecia y los demás países comprometidos por el mismo dilema han optado por planes de ajuste que harían irrisorias, por blandas, las medidas propuestas en su momento por economistas como López Murphy o Cavallo, en nuestro país algo así como los símbolos del mal. Hay en general consenso de que en aquellos países la baja de los salarios debe alcanzar un 10%, pero los economistas alemanes consideran que en España y Grecia la disminución debe ser de un 30%. ¿Por qué los países europeos no optan por la medida más fácil, la devaluación, en lugar de los dolorosos planes de ajuste a los que se ven sometidos por la disciplina teutona? Para devaluar, esos países tendrían no solamente que abandonar el euro y volver a sus monedas tradicionales, sino también al compromiso de su economía a ser competitiva a nivel mundial y a sus gobiernos a tener que respetar las reglas de disciplina fiscal y control presupuestario que el euro hace inevitable. Es como renunciar al Primer Mundo y resignarse a un destino de países de segunda categoría. Y el ejemplo argentino es probablemente el fantasma que más temen. Solamente así puede explicarse que conservadores y socialistas españoles, italianos, portugueses, franceses o griegos, cada uno a su turno, coinciden en someter a sus pueblos a duros programas de ajustes, que son aceptados, a regañadientes, pero aceptados. Es cierto, hay grupos que protestan a la manera de los “indignados” españoles o la extrema derecha francesa. Pero cuando se celebran elecciones, ninguno de los partidos que rechazan el ajuste obtiene la suficiente cantidad de votos para influir en las decisiones del gobierno. Durante la era kirchnerista, la Argentina volvió a reeditar la fiesta menemista, esta vez con el aluvión de dólares provenientes del precio de la soja y otros cereales. La moneda se mantuvo estable y las reservas crecieron. Y otra vez el despilfarro de los recursos y la emisión descontrolada terminaron con la bonanza. ¿Qué es lo que está haciendo la Argentina en este momento? Está haciendo un ajuste clásico mediante la devaluación, que significa disminuir los salarios, elevando la tasa de interés que significa disminuir el consumo y haciendo los deberes en la forma chapucera que le es habitual. No es seguramente por convicción, sino por espanto. Los últimos meses se han parecido demasiado al principio del fin. Y por otro lado ha debido ceder a las exigencias de Chevron, porque era ridículo pensar en que una empresa invierta miles de millones de dólares, cambiándolos en el Banco Central a la mitad de su valor. Recordemos el caso del gigante brasileño de la minería, Vale do Rio Doce, que optó por cancelar la inversión en el país e irse. Una vez que se digiera la etapa de ajuste a la medida de Chevron, el instinto populista del gobierno de Cristina Fernández va a intentar seguir por el mismo camino, pero le queda poco o nada de margen. Las condiciones internacionales ya no son tan propicias y las reservas se verán nuevamente acosadas por la desconfianza de la gente y de los mercados. La inflación está cobrando nuevo impulso y es la contracara dolorosa de la devaluación. Y esta vez es posible que no solamente la gente, sino también el propio gobierno autor del desaguisado, tenga que enfrentar las consecuencias catastróficas de sus decisiones irresponsables.