La crisis más larga
Si no queremos que nuestros descendientes vivan en un país pobre y quejoso, tendremos que acostumbrarnos a cambios más drásticos.
Según los especialistas, la recesión ya ha durado dos años pero, con un poco de suerte, es posible que el país pronto reanude el crecimiento, si bien a un ritmo muy modesto: el Ministerio de Economía acaba de confesar que el PBI aumentará a lo sumo el dos por ciento (antes había calculado el tres), un guarismo nada alentador.
Además, el FMI nos acaba de advertir sobre duros meses por venir que deberán «aguantarse».
Con todo, como hace tiempo señaló el ex viceministro de Economía Carlos Alberto Rodríguez, los análisis se basan en el presupuesto optimista de que sería normal que el PBI argentino creciera todos los años, aunque las estadísticas muestran que el ingreso per cápita actual apenas alcanza el ochenta por ciento del registrado en 1980. Para colmo, en 1980 nadie creía que el país viviera una etapa de progreso económico: en aquel entonces era habitual ubicar los períodos de auge en los años sesenta, cincuenta o aun antes. Por supuesto, todas las cifras vinculadas con la evolución del PBI pueden cuestionarse: una parte importante de la economía está «en negro», de modo que tratar de estimar su evolución es azaroso; las estadísticas nacionales no son confiables; lo que se produce hoy en día es bastante distinto de lo considerado adecuado para el mundo preinformático, etc, etc. Sin embargo, pocos dudarán de que en lo esencial Rodríguez tiene razón, y que si bien el país ha conocido algunos períodos recientes de crecimiento vigoroso luego de experimentar caídas estrepitosas, en términos generales no ha avanzado del todo sino que, por el contrario, ha continuado encogiéndose.
¿A qué se debe esta realidad deprimente? ¿Sólo es fruto de los errores de una larga serie de ministros de Economía, del corporatismo cerrado seguido por el «neoliberalismo» desprolijo, de las coyunturas internacionales? Sin duda todos estos factores han contribuido, pero acaso el problema principal consiste en el hecho evidente de que en términos económicos la sociedad argentina es todo menos dinámica. A pesar de que a casi todos los dirigentes, tanto a los políticos como a los sectoriales, les guste considerarse modernizadores convencidos, en el fondo la Argentina es un país sumamente conservador en el que los más se aferran desesperadamente a «conquistas» conseguidas muchas décadas atrás. Dadas las circunstancias, tal actitud es comprensible, pero a menos que el país logre sustraerse a la trampa así supuesta, no tendrá posibilidad alguna de abrirse camino en el mundo que está perfilándose.
El estancamiento podría resultar tolerable si se tratara de un fenómeno universal pero, obvio es decirlo, no lo es en absoluto. Los Estados Unidos, seguidos a una distancia respetuosa por la Unión Europea, están creciendo con brío, y aun cuando se produzcan crisis alarmantes en los próximos años, no podrían frenar el proceso de cambio estructural que ha desatado el progreso tecnológico.
Esto significa que, andando el tiempo, el «mercado» argentino se hará cada vez menos interesante desde el punto de vista de los grandes inversores del mundo desarrollado: al fin y al cabo, ¿por qué deberían arriesgar su dinero invirtiéndolo en una economía menor que nunca llegará a mucho, cuando podrían ganar una fortuna limitándose a aprovechar las oportunidades espléndidas que les ofrezcan los países más avanzados? Dicho de otro modo, si no queremos que nuestros descendientes vivan en un país que no sólo sea pobre y quejoso, de instituciones destartaladas y vida política corrupta, sino que tampoco interese a nadie en el Primer Mundo, salvo a los fascinados por sistemas sociopolíticos fracasados, tendremos que acostumbrarnos a cambios decididamente más drásticos que los emprendidos a partir de 1995, cuando otro período de crecimiento veloz se vio cortado por un gobierno que, como tantos otros anteriores, optó por privilegiar sus propios intereses políticos, cuando no personales, por encima de aquéllos de la comunidad en su conjunto, razón por la cual abandonó el programa de reformas destinadas a «profundizar el modelo» capitalista para que se asemejara más a aquellos que en otras partes del mundo crecían con vigor ya notable.
Según los especialistas, la recesión ya ha durado dos años pero, con un poco de suerte, es posible que el país pronto reanude el crecimiento, si bien a un ritmo muy modesto: el Ministerio de Economía acaba de confesar que el PBI aumentará a lo sumo el dos por ciento (antes había calculado el tres), un guarismo nada alentador.
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