La debilidad dura
Desde hace casi dos años, la relación del país -mejor dicho, de sus gobernantes- con el FMI se ha basado en el presupuesto de que por motivos inconfesables, por perversidad ideológica o por estupidez, el organismo es esencialmente maligno, razón por la cual quiere obligar a la Argentina a tomar medidas que la perjudicarían. Sin embargo, felizmente para nosotros, ni el ex presidente Eduardo Duhalde ni su sucesor Néstor Kirchner han sido personajes débiles. Lejos de dejarse intimidar por el FMI, tanto el bonaerense como el santacruceño hicieron gala de su firmeza, la que les permitió resistirse a prestar atención a sus consejos porque, como nos dijeron en muchas ocasiones, nada en el mundo haría flaquear su voluntad de priorizar el bienestar de los argentinos por encima de las obsesiones de los neoliberales foráneos. Desde el punto de vista del gobierno y de sus simpatizantes, pues, la negativa a confeccionar un programa sustentable es una forma de luchar contra las presiones ajenas, preocuparse por los números equivaldría a entregarse a la ortodoxia, la que es mala por antonomasia, mientras que tratar de pagar la deuda externa sólo serviría para frenar el crecimiento.
Si bien el jefe del FMI, Horst Köhler, se ha esforzado por entender la actitud de sus interlocutores argentinos, es comprensible que a veces haya dejado traslucir cierta frustración. Al fin y al cabo, el alemán siempre supuso que un gobierno firme sería uno que resultara capaz de formular una estrategia económica coherente, fuera ésta de derecha, de centro o de izquierda, destinada a crear condiciones necesarias para prosperar en el mundo actual, para entonces aplicarla con energía, de suerte que le parecerá extraña la noción de que la indefinición es un rasgo típico de los fuertes. Asimismo, aunque sólo fuera por la ingenuidad que según los peronistas caracteriza a los economistas extranjeros, tanto Köhler como los demás funcionarios del FMI están habituados a dar por descontado que es necesario tomar los números muy en serio y creen que a menos que un país atenúe el problema planteado por sus deudas repudiadas, le será imposible conseguir los créditos precisos para financiar un proceso de crecimiento.
Por supuesto que las exigencias fijadas por el FMI a cambio de su eventual aval son duras, pero lo son no porque sus directores sean sádicos irrespetuosos de los intereses del pueblo, sino porque el estado de nuestra economía es tan lamentable. Si sólo fuera cuestión de algunos problemas atribuibles a la situación financiera internacional, alcanzar un acuerdo sería un asunto relativamente sencillo. Asimismo, si bien es de suponer que Köhler coincide plenamente con quienes insisten en que a menos que el país crezca no le será dado satisfacer a los acreedores, de los cuales muchos no tienen ningún interés en una quita porque no son especuladores que compraron bonos ya convertidos en basura sino ahorristas que tienen buenos motivos para sentirse estafados, el que el gobierno de Kirchner no haya conseguido redactar un plan convincente les hace pensar que el crecimiento del que se habla no es más que una ilusión voluntarista.
La verdad es que la incomprensión mutua que, el intercambio de esporádicas manifestaciones de estima no obstante, subyace en el diálogo de sordos que sigue celebrándose entre los peronistas gobernantes y los voceros del FMI, no se debe a la firmeza de los primeros sino a su debilidad. Después de todo, no es que Lavagna se haya comprometido con una estrategia heterodoxa ambiciosa que requiera un gran esfuerzo por parte de la sociedad sino que, como muchos señalaron, se especializó en archivar dificultades con la esperanza de que andando el tiempo dejen de molestar. O sea, bajo la égida tanto de Duhalde como de Kirchner, el ministro de Economía ha hecho de la debilidad sistemática su principio fundamental. Puede que tal actitud le resultara políticamente muy provechosa al permitirle complacer o, cuando menos, no irritar demasiado a los resueltos a aferrarse al statu quo, pero también sirvió para demorar el día en que el país por fin haga frente a la tarea colosal de intentar superar los muchos obstáculos estructurales que le han supuesto décadas de atraso.