La energía renovable no puede salvar al planeta


Es difícil convencer a grandes poblaciones educadas emocionalmente que la energía nuclear es más limpia y segura. Pero las evidencias científicas muestran que es así.


Si los jóvenes de Europa y América votaran en un plebiscito que decidiera en qué tipo de energía invertir en las próximas décadas, más del 90% elegiría las renovables y menos de un 5% aceptaría que la nuclear es una mejor alternativa. Todas las encuestas muestran que los menores de 35 años están convencidos de que tanto la energía solar como la eólica son una promesa confiable para un futuro mejor, mientras que consideran a la nuclear la peor de las energías. Sin embargo, la evidencia científica demuestra que esa creencia no tiene base racional y que el problema energético no es algo tan sencillo de solucionar.

Michael Shellenberger es un investigador que ha sido descripto como “héroe del medio ambiente” por la revista Time por sus contribuciones en este tema. Su visión es muy crítica con las propuestas ambientalistas apocalípticas que expresan los grupos más populares y mediáticos, como la que sostiene Greta Thunberg, por ejemplo.

En un artículo Shellenberger cuenta cómo fue cambiando su posición, que era absolutamente favorable hacia las energías renovables, hasta arribar a la visión crítica que hoy sostiene debido a la evidencia que recogió en los últimos años sobre los graves problemas que surgen cuando las energías renovables se comienzan a usar masivamente.

La de Shellenberger es una nueva versión de la vieja historia del aprendiz de brujo: una vez que damos rienda suelta a las fuerzas en las que confiábamos, estas comienzan a mostrar su cara siniestra. “Desde 2002 -cuenta- me dediqué full time a la defensa del medio ambiente. Temía que el cambio climático destruyera las últimas reservas naturales que tanto nos había costado preservar. Pensaba que las soluciones eran bastante sencillas: paneles solares en cada tejado, coches eléctricos en cada entrada. Creía que los principales obstáculos eran políticos. Así que ayudé a organizar una coalición de los mayores sindicatos y grupos ecologistas de Estados Unidos para trabajar en esto. Nuestra propuesta era una inversión de 300.000 millones de dólares en energías renovables y en 2007, el entonces candidato presidencial Barack Obama hizo suya nuestra visión; entre 2009 y 2015 EE.UU. invirtió 150 mil millones de dólares en energías renovables. Pero enseguida nos encontramos con problemas”.

Lo más importante del relato que hace Shellenberger sobre los problemas que presentan las energías renovables (entre otras cosas, su incapacidad para lidiar con una real disminución de la emisión de carbono) es que él era un abanderado de estas energías y fue uno de sus principales impulsores. Además, participó de todo el proceso político de toma de decisiones: sabe perfectamente de qué habla y la evidencia que maneja es seria y bien documentada.

“Uno de los principales problemas que encontramos -sigue contando Shellenberger- fue el uso del suelo. La electricidad de los tejados solares cuesta aproximadamente el doble que la de los parques solares, pero los parques solares y eólicos requieren enormes cantidades de terreno. Además, las turbinas eólicas matan grandes cantidades de grandes aves (alrededor de un millón por año solo en EE.UU.), y son justamente las aves que están en peligro de extinción -como águilas, cóndores, halcones-”.

Por cierto, en el largo artículo de Shellenberger se mencionan muchísimos otros problemas graves (por ejemplo, cómo reciclar los paneles y baterías solares -que contienen gran cantidad de material dañino para la salud- una vez que se termina su vida útil).

Shellenberger muestra estudios (incluso varios recientes publicados en revistas prestigiosas, como Lancet) que muestran que, al contrario de la opinión masiva, la forma más segura, menos contaminante y más económica de producir energía es la nuclear. En su artículo compara dos países con consumos energéticos similares y políticas energéticas casi antagónicas: Francia y Alemania. Alemania, que se jugó completamente por las energías renovables, aumentó casi el doble que Francia sus emisiones de carbono, mientras que Francia -que apostó por la nuclear- es menos contaminante y tiene energía más barata.

Es difícil convencer a grandes poblaciones educadas emocionalmente con series apocalípticas como “Chernobyl” o con imágenes terribles de las bombas sobre Hiroshima que la energía nuclear es la más limpia y segura de todas las que tenemos a mano. Pero las evidencias científicas muestran que es así.

Shellenberger se pregunta qué haremos en esta disyuntiva. Ahora que sabemos que las energías renovables no son suficientes ni confiables para salvar el planeta, ¿dejaremos que una falsa percepción (que, además, desprecia la evidencia científica) nos lleve a destruirlo más decididamente?


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