La forma como obsesión

Hasta en sus días finales. En horas en que las fuerzas soviéticas, tras desmantelar Berlín a pura artillería, lo rodeaban. Cuando ya tenía decidido suicidarse y gambetear así la promesa de Josef Stalin de pasearlo por toda Rusia encerrado en una jaula. Sí, incluso en ese marco de trances que nunca había imaginado como corolario de su rabioso paso por la historia, Adolf Hilter nunca dejó de pensar en el arte, en la arquitectura, la escultura, la pintura. Pasiones que compartió con el racismo en que sustentaba su ideología. La violencia como cultura. Sí, como cuenta Albert Speer, ministro de Armamento. Encargado del trabajo forzado a que se destinaba a los prisioneros de guerra. Arquitecto. Culto. Cínico. En Nuremberg mirará a los jueces con cara de nada e, imperturbable, confesará: “Yo no sabía nada de exterminio de judíos”. En sus memorias, Albert Speer –y lo muestra muy bien la película “La caída”– comenta cómo tres días antes de suicidarse Hitler lo llamó para –maqueta mediante– analizar la nueva Berlín. Proyecto de Speer pero desplegado bajo fuerte impronta del Führer. Germania, así se llamaría la capital del “Reich de los mil años”. Con su Cancillería bajo un domo varias veces más grandes que la Basílica de San Pedro y su larga avenida con cañones y esculturas de neta raigambre helénica. Pero no había Germania para Alemania.

Redacción

Por Redacción

Ahora, en “La estética nazi. Un arte de la eternidad”, el francés Eric Michaud explora el interior del mundo nazi desde la perspectiva del arte que alentó reafirmarse en su convencimiento de poder eterno.

No es una historia del nazismo. Tampoco de su intenso líder, Adolf Hitler. Eric Michaud se corre de esos lugares tan apasionantemente en el rastrillar la historia de los ochenta últimos años.

Con “La estética nazi. Un arte de la eternidad”, Eric Michaud, director de la famosa Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, de París, se propuso y logró realizar lo que define sencillamente como “una suerte de recorrido por el interior del mito nazi, siguiendo las metáforas y sacando a la luz una estructura” del imaginario con que se movió en el mundo del arte aquel proceso.

Así, en blanco sobre negro, un mundo de sentidos. Convencimientos. Valoraciones. Dogmatismos. Visiones y fundamentalmente la épica de asumirse como el hacedor del un mundo nuevo con que fogoneó el nazismo su razón de ser.

Y así, tejiendo sus reflexiones como catalizadoras de un minucioso o casi maniático manejo de fuentes, Eric Michaud genera una obra que quizá no sea aventurado definir como única –al menos a hoy– en materia de desentrañar la estética nazi en el plano del arte.

El autor parte de un lugar común en este tipo de exploraciones: para el nacionalsocialismo, el arte del pasado era único, reconocido como “arte verdadero”. Se legitimaba en el mundo helénico y grecorromano. Una línea de aceptación que a lo sumo incorpora algunos tramos de la Edad Media.

Pero la selección por parte del nazismo de lo que es “arte verdadero” se funda en una razón religiosa. O sea tiene una motivación, encuentra su fundamento, en vinculación con la práctica religiosa.

Pero aquí Eric Michaud define claramente el sentido que acredita a lo religioso. Lo encuadra para facilitar la reflexión. Y lo hace apelando a Hannah Arendt, inefable a la hora de bucear en el nazismo. Así, el sentido de lo religioso se circunscribe por Arendt a La Roma de Cicerón: “Aquí religión quería decir literalmente re-ligare: estar ligado hacia atrás, obligado al esfuerzo enorme, casi sobrehumano y en consecuencia siempre legendario para establecer las fundaciones, edificar la piedra angular, fundar para la eternidad”.

Y eso fue el nazismo desde el arte: la fractura con la libertad de crear. Con la autonomía de criterio del creador. No se trata sólo del “arte degenerado”, aquel que persiguió. Quemó. Nadie como los nazis en su pasión por apelar a la hoguera para liquidar lo distinto. Lo que temen, claro.

Se trata fundamentalmente de lo que los nazis definieron como “arte estéril”. No direccionado nada más que al placer de quien le da forma. Vida.

El nazismo no se da espacio para la naturaleza muerta. Menos para el rostro que no diga nada. O que en todo caso aliente la imaginación, las mil lecturas sobre el significado de esos ojos. O aquella boca.

No hay en la plástica nazi una familia con canasta de picnic dominguero. Mamá, los pibes. Árboles. Y a la orilla un riacho, papá pescando.

Hay plástica de gestos duros. Con aspiraciones de proyecciones épicas. Cuerpos que transportan armas. O herramientas de trabajo. Pechos amplios, si es posible desnudos. Rostros cuadrados, miradas duras. Siempre situadas en un más allá que no es complejo definir en sus alcances: la eternidad.

El estar aquí en misión de trascender. Única elección para el humano diseñado por los nazis.

Y la mujer, hombro a hombro con el hombre. En las mismas cotidianeidades. O como simples máquinas destinadas al embarazo. Usinas de la “nueva raza”. Y, en algunos casos, resignadas a un rol que ella no define. Se lo define el sistema. Entonces, la patética imagen de la futura mamá pintada por Arthur Ressel…

Y así –claro– en la escultura. Músculos. Acción. Bronce siempre en actividad. Deporte.

Nada de figuras en tren de esa cuestión tan de vida como es la placidez…

Claro, el nazismo no tuvo nada de plácido.

Fue vértigo y más vértigo.

Historia fugaz.

Terrible…

Impecable análisis sobre “La estética nazi. Un arte de la eternidad”

Carlos torrengo

carlostorrengo@hotmail.com


Ahora, en “La estética nazi. Un arte de la eternidad”, el francés Eric Michaud explora el interior del mundo nazi desde la perspectiva del arte que alentó reafirmarse en su convencimiento de poder eterno.

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