La gran fiesta gubernamental




Hasta hace relativamente poco voceros informales del kirchnerismo, personajes congénitamente locuaces como Luis D’Elía y Hebe de Bonafini, eran los encargados de pronunciar barbaridades hirientes dirigidas contra quienes se oponían a la gestión conjunta de Néstor Kirchner y su esposa, mientras que los funcionarios del gobierno –con la excepción llamativa del jefe de Gabinete, Aníbal Fernández– solían expresarse de manera un poco menos provocativa, pero parecería que la división de trabajo así supuesta ya se ha visto consignada al pasado. Gracias a la profusión de medios electrónicos, en especial la variante conocida como Twitter, todos los integrantes del gobierno nacional, incluyendo a la mismísima presidenta Cristina Fernández de Kirchner, se han puesto a decir virtualmente cualquier cosa, disparando acusaciones tremendas contra periodistas que no comparten sus puntos de vista, además de políticos de otros países, sin preocuparse en absoluto por las consecuencias, como si participaran de una extravagante competencia interna para ver cuál de ellos puede producir el exabrupto más impactante. Por ahora lleva la delantera el ministro de Economía, Amado Boudou, a quien se le ocurrió comparar a periodistas de Clarín y La Nación con “los que limpiaban las cámaras de gas en el nazismo” por ser a su juicio “FMI-adictos”, una condición que según el ex neoliberal los hace equiparables con genocidas. Fue una afirmación tan grotesca que los más indignados no fueron los blancos de la ira del ministro sino representantes de la comunidad judía que, por motivos comprensibles, protestaron contra la banalización del Holocausto por un funcionario que, a juzgar por sus palabras, lo toma a lo sumo por el resultado lamentable de un error intelectual. Pero Boudou dista de ser el único miembro del gobierno que día tras día hace gala de un sentido del humor muy pero muy extraño. Igualmente proclive a los excesos verbales es el canciller Héctor Timerman que, para asombro a los habituados a un estilo diplomático más acartonado, califica de “payasos” a los políticos chilenos que están reclamando la extradición del terrorista retirado Sergio Galvarino Apablaza. Asimismo, la presidenta Cristina se ha sentido tan entusiasmada por las posibilidades brindadas por Twitter que ha adquirido la costumbre de enviar urbi et orbi mensajes políglotas como el ya célebre “¿Piratas for ever?”. Saber que la presidenta domina varios idiomas es con toda seguridad alentador, pero acaso convendría que encontrara otro modo de aprovechar sus dotes lingüísticas. Sea como fuere, es evidente que algo muy raro está sucediendo en el seno del gobierno kirchnerista. En lugar de pedirles a sus simpatizantes más gárrulos que por lo menos bajen los decibeles, ya que las declaraciones escandalosas que les encanta formular no ayudaban del todo al gobierno, la presidenta y sus subordinados principales han adoptado su forma rudimentaria de comunicarse con la gente. Ya no se dan el trabajo de pensar antes de hablar o twittear sino que difunden en seguida sus ocurrencias aun cuando sean tan francamente absurdas como las de Boudou. ¿Es que han llegado a la conclusión de que a fines del año que viene a más tardar perderán el poder y los privilegios correspondientes, de suerte que lo único que les queda es divertirse mientras todavía haya tiempo? Es factible. Por cierto, de continuar así, la fase final de la etapa kirchnerista podría resultar ser casi tan esperpéntica con la del gobierno de Isabelita Perón aunque, por fortuna, no existe ninguna posibilidad de que la farsa que están representando los integrantes más destacados del gobierno nacional se vea seguida por una tragedia comparable con la protagonizada por la dictadura militar. A esta altura, lo más probable es que quienes sucedan a los Kirchner procuren convencernos de que lo que el país necesita es una dosis de seriedad ya que, lo entiendan o no Cristina, Boudou, Timerman y compañía, los problemas planteados por la inflación, el aislamiento financiero, la corrupción endémica, la inseguridad ciudadana, la pobreza extrema, la cada vez más alarmante crisis educativa y la “solidaridad” que sienten por terroristas tanto nativos como extranjeros no deberían motivar chistes sino esfuerzos auténticos por encontrar soluciones.


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