La guerra de Charlie Hebdo
Al publicar una serie de caricaturas procaces de Mahoma con el propósito indisimulado de provocar la reacción airada de los integristas, el semanario satírico francés Charlie Hebdo ha planteado un desafío no sólo a aquellos musulmanes que nunca dejan pasar una oportunidad para manifestar la ira que, según ellos, les produce cualquier agravio, por indirecto que fuera, a su fe procedente del Occidente, sino también a los muchos europeos y norteamericanos que, por miedo o por paternalismo, se han acostumbrado a tratar al islam con respeto fingido. A juzgar por lo que ha ocurrido a partir de que, en febrero de 1989, el ayatolá Khomeini condenó a muerte al novelista británico de origen indio Salman Rushdie por haber escrito un libro –que el protagonista de la revolución islámica iraní nunca leyó– supuestamente blasfemo, obligándolo a vivir escondido durante años, los esfuerzos por apaciguar así a los militantes islámicos han resultado contraproducentes. Puesto que a ojos tanto de líderes religiosos fanatizados como de políticos supuestamente moderados como los presidentes actuales de Egipto y Afganistán, el primer ministro de Turquía y muchos otros, la autocensura occidental es un síntoma de debilidad, se han propuesto aprovechar el éxito de la campaña de intimidación que está en marcha pidiendo que la ONU declare la falta de respeto por el islam un crimen de lesa humanidad. Huelga decir que estos personajes no soñarían con tratar del mismo modo a los responsables de las manifestaciones de odio visceral hacia los judíos, los cristianos, los hindúes, los budistas, los ateos, los homosexuales y así largamente por el estilo que es endémico en el mundo musulmán. A juicio de los partidarios de la autocensura, la publicación por Charlie Hebdo de dibujos que son llamativamente más insultantes que los del matutino danés Jyllands-Posten, que en el 2009 sirvieron de pretexto para una ola de ataques contra embajadas escandinavas en el Oriente Medio y, desde luego, Pakistán, justo cuando en docenas de países musulmanes turbas estaban protestando con furia violenta contra un video casero producido por un copto egipcio en California, fue un acto de irresponsabilidad imperdonable que podría tener consecuencias trágicas. Con todo, si bien el gobierno del presidente François Hollande tomó la precaución de cerrar preventivamente las embajadas francesas en lugares dominados por islamistas, sus voceros no vacilaron en subrayar que la libertad de expresión es uno de los principios fundamentales de su país y que no permitirían que estallaran disturbios callejeros en Francia. En cambio, el presidente norteamericano Barack Obama y la secretaria de Estado Hillary Clinton han brindado la impresión de querer convencer a los musulmanes presuntamente ofendidos por el video de que el gobierno de Estados Unidos comparte plenamente sus sentimientos pero que, por ahora, no puede castigar a los responsables de producirlo. A diferencia de la mayoría de los políticos e intelectuales occidentales, los periodistas de Charlie Hebdo creen que sería mejor que los dirigentes islámicos y sus seguidores aprendieran, como ya han hecho los cristianos, judíos y otros, a soportar los dardos de quienes encuentran absurdas sus creencias, puesto que, les guste o no les guste, viven en un mundo que es irremediablemente pluralista. Puede que dicho ideal sea inalcanzable, ya que todo hace pensar que tendrían que transcurrir varias décadas antes de que los fanáticos que pululan en “el Gran Oriente Medio” se resignaran a respetar los derechos ajenos, pero es claramente superior a la alternativa planteada por quienes se niegan a criticar el islam por miedo, como si en su opinión los musulmanes fueran personas tan inmaduras que sería inútil pedirles acatar las mismas normas que todos los demás. Asimismo, en buena parte del mundo tanto la agresividad de grupos islamistas que amenazan con decapitar a los que no traten a su profeta con el respeto que a su juicio merece como la voluntad de congraciarse con ellos de la mayoría de los políticos e intelectuales occidentales están alimentando la hostilidad hacia las minorías musulmanas de sectores cada vez más amplios de la población que, por motivos comprensibles, no tienen deseo alguno de continuar soportando lo que muchos toman por una ofensiva contra su propio estilo de vida.
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