La guerra de Duhalde
Por tratarse de un mandatario no elegido que fue nombrado para supervisar una «transición» después de la caída en circunstancias aún no aclaradas del presidente Fernando de la Rúa, sería de suponer que Eduardo Duhalde se esforzaría por reducir al mínimo los problemas que legará a su sucesor. Sin embargo, lo mismo que el puntano Adolfo Rodríguez Saá en el curso de su interinato breve, Duhalde parece resuelto a aprovechar toda oportunidad que se presente para actuar como si se creyera una especie de caudillo popular vitalicio facultado para tomar decisiones caprichosas y formular declaraciones beligerantes que podrían incidir de forma muy negativa en el futuro del país. Además de «heredar» una economía rota, una sociedad cruelmente depauperada y una cantidad fenomenal de pagarés, el próximo gobierno tendrá que intentar reparar las relaciones con Estados Unidos que han sido dañadas por Duhalde que, por motivos electoralistas y porque, al fin y al cabo, se formó en un movimiento que nació antinorteamericano, se ha puesto a criticar al gobierno de George W. Bush con una ferocidad parecida a la manifestada por algunos voceros del Proceso militar que se quejaban amargamente del «imperialismo de los derechos humanos», acusándolo de «hipocresía» por amonestar públicamente a la dictadura cubana mientras viola sistemáticamente «los derechos humanos de miles y miles de personas indefensas». Para colmo, Duhalde se ha dado el gusto de disparar algunos misiles contra el primer ministro británico Tony Blair por el «disparate» de decir que les corresponde a ciertos países demostrar que no tienen armas químicas. Aunque uno compartiera el punto de vista de Duhalde sobre la malignidad de Bush y Blair, sería necesario tener una mentalidad bastante primitiva para creer que la mejor manera de oponérseles consistiría en solidarizarse con individuos como Fidel Castro y Saddam Hussein.
Mal que le pese a Duhalde, el presidente de la República, aun cuando esté por irse, no tiene derecho a darse el lujo de hablar como si fuera un ciudadano común. En todo momento le es forzoso medir sus palabras pensando en las consecuencias a mediano y a largo plazos. Puede discrepar con la política exterior de Estados Unidos o de cualquier otro país, pero en tal caso convendría que lo hiciera con cortesía, no en términos propios de un polemista sentado en un bar platense, a sabiendas de que cuando se hayan agotado las pasiones provocadas por la guerra contra un tirano excepcionalmente vil, la Argentina seguirá viviendo en un mundo dominado por lo que será durante mucho tiempo más el país hegemónico. Puesto que nos es absolutamente esencial una buena relación con Estados Unidos y con la Unión Europea, entidad en la que Gran Bretaña, España e Italia, países cuyos gobiernos han respaldado el derrocamiento del régimen gansteril de Saddam, cumplen papeles decisivos, la conducta irresponsable de Duhalde no puede sino ocasionar roces que con toda seguridad no preocuparán demasiado a Bush y Blair, pero que bien podrían suponernos dificultades totalmente innecesarias.
Por atractivo que sea para personajes como Duhalde el antinorteamericanismo visceral, intentar agitarlo aún más con la esperanza de ayudar al candidato oficialista Néstor Kirchner es tan miope como insensato. El gobierno que forme el eventual ganador de las elecciones se verá obligado a emprender una serie prolongada de negociaciones muy difíciles con diversas instituciones internacionales dominadas por los países contra los que Duhalde ha estado despotricando. Así las cosas, nos convendría que consideraran la Argentina un país «amigo» a pesar de las esporádicas diferencias de opinión, no como un émulo de la Venezuela de Hugo Chávez, otro mandatario que se las arregló para brindar la impresión de querer mucho más a los dictadores, siempre y cuando éstos se destaquen por su hostilidad hacia Estados Unidos, que a los dirigentes democráticos de los países anglohablantes. No es probable que Washington opte por castigar a la Argentina por lo dicho por un político que nunca ha merecido el respeto de sus interlocutores extranjeros, pero en vista de la situación delicada en la que nos encontramos, si a raíz de los exabruptos de Duhalde el clima se hace más frío que antes, los costos para nosotros podrían resultar sumamente elevados.
Por tratarse de un mandatario no elegido que fue nombrado para supervisar una "transición" después de la caída en circunstancias aún no aclaradas del presidente Fernando de la Rúa, sería de suponer que Eduardo Duhalde se esforzaría por reducir al mínimo los problemas que legará a su sucesor. Sin embargo, lo mismo que el puntano Adolfo Rodríguez Saá en el curso de su interinato breve, Duhalde parece resuelto a aprovechar toda oportunidad que se presente para actuar como si se creyera una especie de caudillo popular vitalicio facultado para tomar decisiones caprichosas y formular declaraciones beligerantes que podrían incidir de forma muy negativa en el futuro del país. Además de "heredar" una economía rota, una sociedad cruelmente depauperada y una cantidad fenomenal de pagarés, el próximo gobierno tendrá que intentar reparar las relaciones con Estados Unidos que han sido dañadas por Duhalde que, por motivos electoralistas y porque, al fin y al cabo, se formó en un movimiento que nació antinorteamericano, se ha puesto a criticar al gobierno de George W. Bush con una ferocidad parecida a la manifestada por algunos voceros del Proceso militar que se quejaban amargamente del "imperialismo de los derechos humanos", acusándolo de "hipocresía" por amonestar públicamente a la dictadura cubana mientras viola sistemáticamente "los derechos humanos de miles y miles de personas indefensas". Para colmo, Duhalde se ha dado el gusto de disparar algunos misiles contra el primer ministro británico Tony Blair por el "disparate" de decir que les corresponde a ciertos países demostrar que no tienen armas químicas. Aunque uno compartiera el punto de vista de Duhalde sobre la malignidad de Bush y Blair, sería necesario tener una mentalidad bastante primitiva para creer que la mejor manera de oponérseles consistiría en solidarizarse con individuos como Fidel Castro y Saddam Hussein.
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