La guerra de la polio
Para alarma de la Organización Mundial de la Salud, que acaba de declarar una “emergencia de salud pública internacional” con el propósito de obligar a todos los países miembros a tomar medidas excepcionales, el virus de la poliomielitis está propagándose nuevamente luego de décadas en que pareció haber sido virtualmente erradicado. El foco principal de infección se encuentra en la zona fronteriza de Pakistán y Afganistán, donde los talibanes han estado asesinando a enfermeros y médicos que colaboran con la campaña de vacunación emprendida por las autoridades locales; dicen que continuarán hasta que los norteamericanos dejen de bombardearlos con aviones no tripulados y que, de todos modos, las vacunas son “antiislámicas”. Se trata de un dislate pero, en sociedades habituadas a tomar en serio las teorías conspirativas, son muchos los dispuestos a creer que vacunar es una perversa práctica occidental que debería prohibirse. De todas maneras, parecería que, como resultado de los esfuerzos de los despiadados fanáticos talibanes, el virus de la polio se ha exportado desde la región tribal de Pakistán frecuentada por yihadistas de todas partes del mundo musulmán a diversos países de Oriente Medio, entre ellos Irak, Siria e Israel. También se han producido casos últimamente en Somalia, Nigeria, Camerún y Guinea Ecuatorial. Por fortuna, hasta ahora son pocos los afectados por la enfermedad –según la OMS, en el 2013 se registraron 406 casos–, pero ello no quiere decir que podamos darnos el lujo de minimizar los riesgos. Se trata de un mal sumamente contagioso que antes de desarrollar, hace medio siglo, vacunas eficaces el médico norteamericano Jonas Salk y Albert Sabin, un estadounidense nacido en Polonia, provocaba anualmente consecuencias graves a centenares de miles de personas, sobre todo a menores de edad. Desde 1994 el continente americano está libre de polio, de suerte que cualquier nuevo brote sería atribuible al ingreso de individuos que han estado en países en que la enfermedad es endémica o en que ha reaparecido, lo que, desde luego, plantea un problema mayúsculo por ser tan frecuentes en la actualidad los viajes internacionales. Los más preocupados por la advertencia serán los brasileños, ya que la OMS la difundió en vísperas del Mundial de Fútbol. En buena lógica, los brasileños deberían obligar a los visitantes procedentes de países calificados de exportadores del virus a probar que han sido vacunados, pero hay dudas en cuanto a su capacidad para hacerlo con el rigor necesario. Asimismo, de optar los brasileños por cambiar a último minuto la legislación correspondiente a fin de cumplir las exigencias de la OMS, muchas personas podrían verse constreñidas a volver a su país de origen, lo que no contribuiría a mejorar la imagen de Brasil ante el resto del mundo. Según funcionarios del gobierno nacional, con tal que mantenga “la vigilancia muy activa y las altas coberturas de inmunización”, la Argentina está bien preparada para impedir que, luego de 30 años sin registrarse un solo caso de polio, haya un eventual rebrote. Estarán en lo cierto pero, de propagarse la enfermedad en otras partes del mundo como teme la OMS, defendernos contra ella no sería tan fácil como el gobierno quisiera dar a entender. Por lo demás, no hay mucho que la llamada comunidad internacional pueda hacer para forzar a países como Nigeria, Siria y en especial Pakistán y Afganistán a hacer cuanto resulte necesario para impedir el regreso de un flagelo que hasta hace apenas un par de años se creía casi definitivamente eliminado. No sólo sería cuestión de ayudar a tales países a mejorar servicios de salud que son muy precarios, sino también de intervenir en zonas tan conflictivas que ni siquiera las potencias militares más fuertes del mundo, agrupadas en la OTAN, han sido capaces de garantizar un mínimo de orden. Por el contrario, Estados Unidos y sus aliados ya están retirándose de Afganistán, brindando así a los talibanes una oportunidad para recuperar el poder. Por ser tan escaso el interés de los yihadistas en temas como la salud, no sorprendería que pusieran fin a los programas de vacunación contra la polio iniciados por los occidentales. En tal caso, la emergencia sanitaria decretada por la OMS habrá sido sólo un preaviso de lo que podría suceder en los próximos años.
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