La hipocresía del deporte espectáculo

Por Redacción

Marcelo Antonio Angriman (*)

La Unión Ciclista Internacional (UCI) quitó al estadounidense Lance Armstrong su récord de siete triunfos en el Tour de France, después de aceptar las pruebas de doping presentadas en su contra en un extenso informe de la Agencia Estadounidense Antidoping (Usada, según sus siglas en inglés). El norteamericano, que nunca había dado positivo en un control antidoping y siempre negó las acusaciones, perderá así las coronas que logró de 1999 al 2005, luego de negarse a seguir defendiéndose argumentando ser víctima de una caza de brujas. Así, en los últimos días Armstrong no sólo ha visto colapsar su mito –tuvo incluso que renunciar a su cargo como presidente de su Fundación de lucha contra el cáncer–, sino que también perdió el apoyo de casi todos sus patrocinadores, entre ellos Nike, Rabobank y Oakley. La Usada publicó el 10 de octubre un demoledor dossier de más de 1.000 páginas de informes y apéndices documentales donde prueba las prácticas dopantes llevadas a cabo por el US Postal y el Discovery Channel de Armstrong, al que acusó de poner en pie el “más sofisticado, profesional y exitoso sistema de doping jamás visto en el deporte”. Además, once excompañeros del múltiple campeón fueron testigos de cargo declarando sobre el uso y posesión de EPO, transfusiones de sangre, testosterona, hormonas de crecimiento o sustancias enmascaradoras en los equipos del texano, además de tráfico con otros ciclistas. De dicho modo, la condena impuesta parece preservar al deporte de uno de sus principales enemigos: el doping. Ello naturalmente es acertado por cuanto la esencia del deporte conserva una lógica sustentada en valores y su práctica está basada en la disciplina y el fair play. Más tales atendibles objetivos no siempre fueron privilegiados por la UCI. Así cabe preguntarse: ¿cómo es posible que Armstrong haya sido condenado luego de trece años de su primer logro en el Tour de France? ¿Cómo no fue detectado su doping y se le permitió seguir compitiendo? Indudablemente la UCI ha fallado y hay una gran dosis de hipocresía al no admitir los propios errores y evitar buscar a otros responsables dentro de sus propias filas. ¿Por qué recién luego de tantos años y tras su retiro se activó la causa del ciclista con mayores logros de la historia? El informe de la Usada recoge incluso algunos testimonios por los cuales acusa a la UCI de connivencia con el estadounidense y de ocultar positivos. También se le enrostra haber mirado a otro lado durante los muchos años conocidos como “la era de la EPO y del doping sanguíneo”. Tanto es así que hoy se ve en una verdadera encrucijada a la hora de determinar si pondrá en manos de otros deportistas el cetro de Armstrong o si lo dejará vacante atento los numerosos casos de doping como los de los alemanes Jan Ullrich y Andreas Klöden, el español Joseba Beloki o el italiano Ivan Basso. Es evidente que Armstrong fue funcional al negocio y ahora ya no lo es. La cantidad importante de intereses que lucran alrededor del deporte espectáculo –ligas, federaciones, clubes, televisión, prensa escrita, juegos, radios, apuestas, indumentaria y sponsors en general– llevan a crear y sostener artificiosamente una necesidad vaciada en las expectativas y frustraciones del hombre común. El astro deportivo es, en definitiva, un depositario de las ilusiones de la gente y para cubrir tal rol fue necesaria la figura de una persona con las características del texano. La falta de autenticidad de Armstrong, que aniquiló aquel ideal proyectado, es y será para el resto de su vida su espada de Damocles, aun cuando muchos rescaten su valiosa colaboración personal en la lucha contra el cáncer. Así el deporte espectáculo se muestra zigzagueante entre defender su esencia y ceder a los embates del negocio. En tal orden es curioso observar como al mexicano Julio César Chávez Jr. se le aplicó una sanción irrisoria luego de probarse, y éste reconocer, que consumió marihuana al tiempo de enfrentar a Sergio Maravilla Martínez por el título mundial de los medianos. En el tenis se han visto suspensiones larguísimas a deportistas como Mariano Puerta o Guillermo Cañas –aun cuando éstos alegaron su falta de intención–, sin embargo no se conoce que a Andre Agassi –quien confesó tras su retiro en su libro “Open” haber consumido drogas– se le hayan retirado o desconocido algunos de sus títulos. En el caso más emblemático que recordemos los argentinos, Diego Maradona fue separado del plantel que participaba del Mundial 1994 sin que se le quitaran al equipo los puntos ganados con su participación. Estos simples ejemplos demuestran que el deporte espectáculo es primero espectáculo y después deporte y que las prioridades en cuanto a las sanciones a aplicar las fija el negocio. Para dar un verdadero mensaje de transparencia y seguridad jurídica las confederaciones internacionales deberían consensuar y unificar de antemano, con toda dureza, las sanciones que les caben a los deportistas, a sus equipos y federaciones en diferentes situaciones de doping. También en casos como los de la UCI, sería tan o más saludable que entregar la cabeza del pecador hacer un mea culpa y pedir perdón por los errores cometidos. Quizás así el deporte espectáculo recupere algo de la credibilidad que el negocio le quitó. (*) Abogado. Profesor nacional de Educación Física. marceloangriman@ciudad.com.ar