La historia detrás de “Los días callados”, de Sara Ham
La primera novela de la cipoleña por adopción combina realismo mágico con un clima intimista.
El relato oral como rescate
En “Los días callados”, la narradora -una mujer sin edad y sin nombre- se plantea qué suerte corren las historias que se cuentan de boca en boca. “¿Podré contar tu historia, Delfina, y que se te aquiete el alma para que puedas volver a sonreír?”, se pregunta antes de desplegar el relato que, como cajas de sorpresas, va abriendo puertas clausuradas por el tiempo, la tristeza y los secretos de familia.
La novela, una singular composición sobre el crecimiento y la conciencia, supone dos niveles: una tragedia individual y otra social, no menos grave. Una niña abusada por su padre, que es un déspota también con sus peones y que se convierte en el símbolo del terror y la prepotencia para toda una zona rural.
Delfina va abriendo capas en su conocimiento sobre lo que la rodea, sabiendo más sobre su madre ausente, sobre su padre, sobre el mundo y la gente que la rodea. Secretos que han pasado de una generación a la otra, igual que los odios, las lealtades y una compleja trama de relaciones.
Primero, el silencio contribuye a sumirla en la inmovilidad de la tristeza. Después, el conocimiento y las palabras acuden a rescatarla.
La autora, Sara Ham, llegó a la escritura a través del teatro y por sugerencia de un tallerista que vio en un ejercicio de creatividad un material que necesitaba liberarse y echar a andar.
Descendiente de irlandeses y escoceses, Sara nació en un campo cerca de Cavanagh, en la provincia de Córdoba aunque se radicó luego con su familia en Cipolletti. Actualmente vive en Buenos Aires. En las noches frente al fuego, aprendió de su abuela los relatos que “se dicen”, las historias en que la realidad se mezcla con la magia de la imaginación. Es así que oxigena el sentido trágico de “Los días callados” con una lúcida incorporación de elementos del realismo mágico: la sanadora, el viento extraño que preanuncia las desgracias, la manta con el rostro de los caídos…
-Es que a mí me encanta eso. Nací en el campo y de la misma forma en que está escrito en el libro: el médico no llegó y me atendió mi abuela. Y muchas veces escuchaba las historias que contaban por ahí los peones, las cocineras… Mi abuela nos contaba relatos escoceses e irlandeses de duendes que se robaban las medias. Además, en el campo, lo natural entra en la vida de las personas, como el preanuncio de las tormentas, por ejemplo. La imagen de la muerte está presente también: no es algo que uno no puede tocar ni ver, es algo tangible, que está siempre.
-En la novela se siente esa presencia de las historias de cocinas, historias de mujeres ligadas a los niños, a las conservas, a los libros.
-Claro, y la vida de los hombres está allá afuera, ligada al trabajo en el campo, a los vehículos. Es como si una los espiara por el agujerito de una cerradura. Yo tengo hermanos varones -y otra mujer- y era algo que yo sentía cuando chica. La vida de los hombres era algo separado de la nuestra. Y se nos hacía notar así.
-”Eso es cosa de hombres…”
-Además, todas las historias que escuchábamos empezaban con el “dicen que…”. Nadie se hacía cargo de lo que contaba. Eran historias venidas de algún lugar, no vividas por el narrador sino cosas que otro le ha contado. Ahora supongo que no es así, con internet todo viene más rápido. Pero para nosotros era así. Nos sentábamos alrededor del fuego con mi abuelo y él nos contaba historias. Era un acontecimiento. Y escuchar era importante. Y esas historias familiares van quedando.
-Se dedicaba tiempo al relato. En la historia, no sólo las historias circulan. También los resentimientos van pasando de una generación a la otra, las amistades, y los secretos… La protagonista va como abriendo puertas a su conocimiento. Demora en saber más sobre su abuela, sobre su madre, su padre, sobre las personas que la habían rodeado hasta ese momento.
-Esta cosa de los secretos familiares que son inevitables. Yo siempre traté de que no pasaran, pero sucede, incluso ahora. Hablando con mis hijos ellos sienten que ha habido secretos de los que no han podido enterarse. En todas las familias pasa.
-Seguro. Son como capas. Se puede pasar tiempo sin volver a ellos pero están ahí.
-Y uno cree que es mejor no decirlo, y el que está enfrente cree que hubiera sido importante saberlo. Se vive distinto de un lado y de otro.
Desde el teatro
-¿Cómo comenzaste a escribir?
-Me fui a Buenos Aires en el 78 a estudiar, pero empecé trabajar y ya no seguí estudiando. Hice teatro muchos años. Estudié dramaturgia con Chacho Dragún. Y siempre escribí, pero no pensaba dedicarme a esto. Hasta que, haciendo un taller de teatro experimental y creatividad, las personas que nos daban el taller me dijeron: “Sara, ponete a escribir, que es lo tuyo”, y me dieron el nombre de Diana Bellessi. Ella es una poeta impresionante a nivel del país y de América. Ha estado en España, la han llamado de Turquía, de Italia, viaja mucho y es muy conocida en el exterior. Cuando la llamé, era agosto, y la llamé 22 veces.
-Eso se llama perseverancia.
-Tal vez por eso ella me respondió el llamado y me aclaró: “Te voy a decir tres cosas: no tomo alumnos en agosto, soy muy famosa y muy cara. Pero como me llamaste 22 veces, ya es mal educado de mi parte no responderte, así que mandame algo de lo que tenés escrito y voy a ver si te tomo en abril”. Le mandé algo y a los pocos días me volvió a llamar y me dijo: “Venite ahora, porque por lo que veo de cómo sos vos y cómo escribís, si yo te digo que no ahora no vas a volver en abril ni nunca”. Cuando fui, me dijo: “tu escritura es un desastre, pero tenés algo. Escribir bien escribe cualquiera, pero vos tenés un tiempo, un ritmo, que a mí me interesa”. Así empecé con ella y fuimos armando esto que eran escritos separados. Yo fui armando la historia. Todo tenía que ver pero estaba desparramado, yo iba escribiendo lo que se me ocurría.
-No lo hubiera imaginado. Lo que se ve son dos historias como en paralelo: la historia individual, íntima. Y la historia más social.
-Sí, había una historia central, y otras, pero yo no encontraba cómo armarla y hacer una sola historia. Y con Diana lo vimos.
-Es importante la ayuda de alguien que conozca las técnicas, la estructura, los recursos.
-Sí, además, como yo venía del teatro, mi escritura tenía demasiados diálogos. Y me ayudó a mezclar la parte de narrativa con los diálogos.
-Para un escritor que recién comienza, los diálogos son lo más difícil. Para vos, en cambio, resultaba lo más fácil.
-Sí, claro.
-Curiosamente, tanto el título como el espíritu de la novela aluden a la escasez de palabras. Esa sensación opresiva del silencio, de las costumbres, el peso social que hace que la protagonista no pudiera verbalizar lo que le pasaba. Es la narradora la que le pone palabras a todo en su relato. En el recuerdo.
-Yo llegué a la mitad del libro en tercera persona. Después descubrí que debía hacerlo en segunda persona y rehice todo lo escrito. Sentía que no podía narrar los climas desde una tercera persona.
-Una segunda persona te da una conexión más íntima.
-Sí, sentía que podía conocer y narrar sobre lo conocido.
-Yo llegué a pensar que la narradora es la propia protagonista mirando una foto de ella niña.
-Es que es así. En realidad, nunca lo digo, pero así lo pensé.
-Se sugiere porque sólo ella podría saber tanto de sí misma.
-La imagen que tuve el escribirlo fue esa: ella misma, a los 50 y tantos, mirando su propia niñez. Por eso es que parece una adulta la que está relatando. Pero, en realidad, los recuerdos no tienen edad. Uno los trae y se mezcla la imagen con la sensación y la mirada del adulto que recuerda.
-¿Esta es tu primera novela?
-Es la primera que tengo publicada. Estoy haciendo otra y tengo una que la dejé por la mitad y en algún momento la retomaré.
-De qué tema estás escribiendo ahora?
-Es la historia de un taxi boy. Un chaqueño que llega en los años 80 a Buenos Aires y empieza a trabajar en eso porque no encuentra trabajo en otra cosa. Es en los primeros años de Alfonsín. Y la persona que lo maneja a él y sus clientas son esposas de personas que han estado en grupos de tareas en los años del Proceso. No es un taxi boy como los que se ven ahora, del reviente y de la noche. Él me contó su historia y yo lo relacioné con ese otro mundo.
-Otra vez una historia individual con otra más política, más social.
-Es que para entender el gran drama de algo hay que ir a las cosas chiquitas. Y él está en una pensión de hombres solos manejada por una mujer de unos 30 y algo. Y en esa pensión hay una puerta, al fondo, que siempre está abierta, sin llave. A lo largo de la historia él se entera de que ella está esperando a su compañero desaparecido. Por eso es que siempre deja la puerta abierta. Y ahí es cuando se juntan los dos mundos. Pero yo no lo hago con un sentimiento de justificación… Muestro las dos caras y los sufrimientos de los dos lados. No justifico los grupos de tareas. Yo he militado en derechos humanos y todo. Pero creo que también allí hay unos dramas.
-Una dimensión humana.
-Hay sufrimiento, no de los protagonistas de los grupos de tareas, pero sí de quienes los rodean. Y en eso es que yo me meto con esas mujeres.
-Un tema intenso.
-Es que conocí hace unos veinte años a la hija de un militar que había estado en la represión. Y para ella su drama, su fisura en la vida, es que no podía convivir con eso.
-Implica ponerse en el lugar del otro.
-Sí, ella amaba a su padre pero no le podía perdonar eso. Uno puede empezar a descubrir otras cosas. Que la desgracia fue para todos.
-La vida, la realidad, no resiste simplificaciones. Es materia compleja.
-Tiene grietas, donde uno se tiene que ir metiendo. Hay lugares donde uno puede empezar a entender. Encontrarme con esta chica fue para mí muy revelador. Yo pensaba en que había dos veredas opuestas. Pero conocer su sufrimiento, su desgarro, me hizo ver que tenemos que pensar todo de otra manera.
Escritores solidarios
Sara Ham integra en Buenos Aires el grupo nucleado en torno al blog escritoresolidarios.wordpress.com, que el pasado 29 de mayo realizó una lectura en la Casa Drago, a beneficio de la poeta neuquina Macky Corbalán, que enfrenta un serio problema de salud.
Allí en Luis María Drago 236 de Buenos Aires, se proyectó un documental sobre la poeta Diana Bellessi dirigido por Cristián Costantini, Diego Panich y Claudia Prado.
Antes, el 9 de mayo, habían realizado una lectura literaria en el Senado de la Nación a beneficio de los afectados por las inundaciones en el Alto Valle de Río Negro y Neuquén.
Allí estuvieron leyendo sus obras los escritores Selva Almada, María Laura Decésare, Leonardo Pitlevnik, Marta Merajver Kurlat, Inés Garland, Graciela Paz, María Cristina Ramos, Carlos Dariel, Ingrid Proietto, Yaki Setton y Diana Bellessi.
Lejos de lo que puede imaginarse, vivir en Buenos Aires, epicentro del país no cambia las dificultades que enfrenta todo escritor. Sara cuenta que “Los días callados” fue una edición de autor, que logró en “Ediciones del Dock”, aunque espera que la próxima le resulte económicamente más llevadera.
“La distribución la hago con unos amigos a través de internet, en el blog escritoresolidarios.wordpress.com o a través del mail losdiascallados@gmail.com”, cuenta.
Alicia Miller | amiller@rionegro.com.ar